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edro Sánchez ha
conseguido superar la frontera de los 100 días al frente del Gobierno mal que
les pese al PP y a Ciudadanos, que no han cejado en su empeño de señalar la
supuesta ilegitimidad del gobierno socialista, olvidándose de que la moción de
censura es un mecanismo perfectamente legal contemplado en la sacrosanta
Constitución que tanto enarbolan en otras ocasiones y de que al presidente del
Gobierno, en España, lo elige el Parlamento. Y a pesar de las dificultades, dos
ministros dimitidos en tan breve tiempo, el gobierno del SOE ha llegado hasta
aquí con cierto éxito, como muestran las encuestas que, desde que Pedro Sánchez
está instalado en La Moncloa, le son cada vez más favorables. Y es que hacer
campaña desde el Gobierno tiene sus ventajas electorales.
Más
allá del pataleo de la derecha española, el cambio de gobierno supuso un soplo
de aire fresco tras los años de ranciedad del gobierno de Rajoy. Sin embargo,
una vez más, y aunque apenas hayan pasado tres meses, el SOE vuelve a
defraudar, a pesar de las encuestas, al menos a quien suscribe. Si la
declaración de intenciones de implementar unas políticas sociales que tuvieran
como objetivo la lucha contra la desigualdad y la pobreza generaron cierta
ilusión, la política de gestos, con los vaivenes que le son inherentes, resulta
decepcionante. Mas lo que lleva ya a la exasperación es que lo que se presumía
que eran unas sólidas convicciones morales sobre las que se sustentaba el
programa de gobierno se han revelado más bien líquidas, con permiso de Bauman,
y, de hecho, en el gabinete de Pedro Sánchez parece haber más moralina que
moral. La liquidez de los principios morales del Gobierno ha quedado patente
con el caso de las bombas que España finalmente venderá a Arabia Saudí, pese al
fallido intento de la ministra de Defensa, Margarita Robles, de revocar el
contrato. Seis mil puestos de trabajo bien valen unos cuantos yemeníes muertos,
habrá pensado Pedro Sánchez para desautorizarla. El exceso de moralina, por
otra parte, lo pudimos contemplar con el berrinche que se cogió la ministra de
Trabajo, Magdalena Valerio, a cuenta de la creación del sindicato denominado
Organización de Trabajadoras Sexuales (OTRAS).
Y es que moralina y no otra cosa es lo que demostró la
ministra al oponerse tan vehementemente a la legalización de OTRAS. Una
moralina que llevó a la destitución, oficialmente dimisión, de la directora
general de Trabajo, Concepción Pascual, que había dado el visto bueno al
depósito del sindicato de marras. A juicio de Valerio, eso es tanto como
legalizar la prostitución, algo que, según ella, un gobierno feminista no puede
permitir. Claro que el feminismo abolicionista de Valerio no es el único
feminismo posible, pues existen otros feminismos que, lejos de estigmatizar a
las trabajadoras del sexo, abogan por la plena libertad, sexual y de cualquier
índole, de las mujeres en tanto que individuos. Valerio y sus abolicionistas afines
parecen confundir prostitución con esclavitud sexual, y se empeñan en que las
putas sigan siendo putas, prostitutas en el mejor de los casos; OTRAS, en
cambio, y quien suscribe, creemos que para acabar con la esclavitud sexual es
necesario legalizar el trabajo sexual y reconocer a las personas que decidan
vender sus servicios sexuales como trabajadoras con los mismos derechos
laborales que el resto.
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