domingo, 13 de julio de 2014

¿Para qué sirve la filosofía?

P
ara qué sirve la filosofía? Seguramente todos los que nos dedicamos a esta milenaria disciplina, alguna vez, o muchas, nos hemos tenido que enfrentar a esta pregunta. Una pregunta que no siempre se formula con el debido respeto ni a la filosofía ni a los filósofos, pues aunque en ocasiones quien interroga es alguien deseoso de saber si la filosofía sirve de verdad para algo (actitud esta, la curiosidad ante lo desconocido o el deseo de saber, que constituye, por cierto, la más genuina actitud filosófica), muchas otras veces quien pregunta lo hace desde el sarcasmo o, lo que es peor aún, tan despectiva como retóricamente, dando por supuesto que la filosofía no sirve para nada y que, por ende, carece de valor.
            A pesar de los sarcasmos, las ironías y los aires de suficiencia basados en los prejuicios, lo cierto es que la pregunta de marras, pese a su aparente sencillez, no es baladí, y que quienes, ya sea desde el respeto, ya sea desde el desprecio, han preguntado alguna vez para qué sirve la filosofía merecen alguna respuesta, siquiera sea una respuesta filosófica. Y es que el problema de si la filosofía sirve o no para algo encierra en sí mismo cierta enjundia filosófica y sólo se puede intentar resolver desde la propia filosofía, lo cual exige un ejercicio de metafilosofía o, si se prefiere, una suerte de filosofía de la filosofía.
            Una primera respuesta bien podría centrarse en las pequeñas, o grandes, según se mire, utilidades de dedicarse al ejercicio filosófico. La filosofía sirve para aprender a pensar, hemos oído alguna vez proclamar a quienes emplean esta afirmación para reivindicar la permanencia de nuestra disciplina en los planes de estudio de la enseñanza secundaria. Y no les falta razón pues, en efecto, el estudio de la filosofía contribuye al desarrollo del pensamiento crítico, de la comprensión lectora, la expresión oral y escrita, la capacidad de argumentación y la adquisición de toda una serie de competencias, como gusta decir a los pedagogos, importantes para desenvolverse en la vida. Sin embargo, aun siendo esto así, justo es reconocer que la filosofía no es la única disciplina que sirve para aprender a pensar, pues el resto de las materias que forman parte del amplio campo del saber, desde las matemáticas hasta la literatura, contribuyen también al desarrollo del pensamiento. Y lo que es más importante para el tema que nos ocupa, no parece que esta respuesta resulte satisfactoria para nuestros interpelantes, quienes bien podrían objetar que se trata de una manera de responder que consiste básicamente en eludir la pregunta, la cual apuntaría, más bien, al para qué de la filosofía en un sentido más nuclear y no tan tangencial. En efecto, quien pregunta para qué sirve la filosofía no interpela acerca de cuánto contribuye a la adquisición y desarrollo de determinadas competencias, por importantes que éstas se puedan considerar, sino si la filosofía como tal sirve realmente para algo, es decir, si genera algún tipo de conocimiento propio o si es capaz de contribuir al desarrollo de la humanidad de alguna forma específica, al modo en que lo hacen las distintas ciencias.
            A este respecto conviene recordar que la ciencia y la filosofía son dos formas de conocimiento distintas pero estrechamente vinculadas. Se trata, en efecto, de dos formas de saber que en nuestro tiempo consideramos como plenamente diferenciadas: mientras la ciencia es una forma de conocimiento que trata de formular leyes que expliquen los fenómenos, se expresa en un lenguaje metódico y sistemático, se apoya en un sólido aparato lógico y matemático y exige que las leyes formuladas se puedan comprobar empíricamente, lo que le permite además realizar predicciones, la filosofía, en cambio, es una disciplina racional pero especulativa, que pretende reflexionar argumentativamente sobre la totalidad de lo real y lo real como totalidad (metafísica, ontología o estudio del ser), el ser humano (antropología filosófica), las posibilidades de que éste alcance el conocimiento y la verdad (epistemología), los aspectos formales del pensamiento (lógica), la acción individual desde la perspectiva del bien (ética), la praxis en el ámbito de la esfera pública (filosofía política) y la belleza (estética). Sin embargo, lo cierto es que, aunque en la actualidad concibamos la ciencia y la filosofía como modos de conocimiento distintos, es evidente que ambas están íntimamente relacionadas. De hecho, los términos ciencia y filosofía tienen etimológicamente un significado muy similar, pues el vocablo ciencia procede del sustantivo latino scientia, el cual a su vez proviene del verbo scire, que significa saber, de manera que scientia, y por lo tanto también ciencia, vendría a significar el saber, mientras que la palabra filosofía es un término compuesto que resulta de la unión de los vocablos griegos philo y sophía, es decir, amor por la sabiduría. Y es que la ciencia y la filosofía tienen un origen común pues ambas nacen como un modo de conocimiento unitario en la Grecia del siglo VI antes de Cristo.
            Mas a pesar de que en la Antigüedad la filosofía y la ciencia conformaban un solo modo de conocimiento, lo cierto es que, tal como venimos recalcando, en la actualidad, y desde hace varios siglos, constituyen formas de saber diferenciadas, lo que nos lleva a preguntarnos si la ciencia, o mejor dicho, si las ciencias, a medida que se han ido emancipando del tronco común del saber, de la filosofía, han ido dejando a la filosofía sin un campo de estudio propio. Y la respuesta a esta pregunta sólo puede ser negativa a la luz de la tradicional distinción filosófica entre el ser y el deber ser, pues parece claro que en la medida en que la ciencia trata de alcanzar un conocimiento del ser, es decir, del mundo tal como es, el mundo objetivo, el mundo de los hechos y de las cosas, se ve imposibilitada para abordar el ámbito del deber ser, es decir, el mundo no ya tal como es sino como creemos que debiera ser, el cual constituye un campo irreductiblemente filosófico. Y es que, en efecto, cuando nos referimos al ser, empleamos un lenguaje descriptivo, compuesto por juicios de hecho, es decir, por enunciados que son verificables, susceptibles de ser calificados como verdaderos o falsos, que es lo propio del lenguaje científico, mientras que cuando nos referimos al ámbito del deber ser, ya no podemos emplear un lenguaje descriptivo sino que tenemos que hacer uso de un lenguaje valorativo, compuesto por juicios de valor cuya característica más prominente es que no son verificables, pues no hay posibilidad de establecer la verdad o falsedad de los mismos, y por lo tanto no pueden formar parte de la ciencia. Y si esto es así, entonces parece claro que aquellas disciplinas que ya Aristóteles denominara ciencias prácticas, a saber, la ética y la política, desde la perspectiva de lo que consideramos hoy que haya de ser la ciencia y la filosofía y toda vez que se trata de disciplinas que no se orientan hacia el ser sino hacia el deber ser, constituyen en nuestro tiempo disciplinas irreductiblemente filosóficas. La filosofía, por lo tanto, sigue manteniendo un campo de estudio propio y exclusivo en el ámbito práctico, es decir, en el ámbito del deber ser. Pero incluso si atendemos al ámbito teórico, la filosofía sigue teniendo mucho que decir, como prueba el gran desarrollo que en el pasado siglo experimentaron disciplinas genuinamente filosóficas como la filosofía de la ciencia o la epistemología. Resulta evidente que, sin salirnos de la esfera teórica, existen problemas de gran importancia que siguen siendo irreductiblemente filosóficos, como es el caso de las cuestiones epistemológicas o metodológicas que afectan a todas las disciplinas científicas y, sin embargo, mantienen un claro cariz filosófico.
            Otra manera, acaso la más acertada, de abordar la cuestión planteada, la de para qué sirve la filosofía, es centrándonos en el sentido mismo de la pregunta y en lo que éste implica. Y es que, tal como anunciábamos al comienzo de este artículo, la pregunta por la utilidad de la filosofía parte de la premisa implícita de que lo inútil, lo que no sirve para nada, no vale nada. Y es aquí donde acaso la filosofía nos pueda ayudar a desvelar el primer gran error, pues, como en seguida habremos de ver, una cosa es la utilidad de algo y otra bien distinta su valor, por más que una y otro estén relacionados. Para dilucidar la distinción entre utilidad y valor debemos previamente aclarar la diferencia que se da entre los medios y los fines. Llamamos fines a los objetivos, a las metas que perseguimos, que pretendemos alcanzar, mientras que denominamos medios a los recursos que ponemos en práctica para alcanzar dichos fines. Sin embargo, sucede que la mayor parte de nuestros fines no los perseguimos por sí mismos sino que, antes bien, los perseguimos porque consideramos que constituyen buenos medios para alcanzar otros fines que consideramos superiores, los cuales, a su vez, tampoco se persiguen por sí mismos sino porque nos sirven para alcanzar otros más importantes, y así sucesivamente hasta alcanzar aquello que Aristóteles llamara el fin último, es decir, el que ya no constituye ningún medio para alcanzar otro fin, sino que, al contrario, todos los demás fines conducen a él, pues se trata del fin que perseguimos porque tiene un valor en sí mismo.
           Si atendemos a la distinción entre medios, fines y fin último, o fines últimos, pues no hay por qué reducirlos a uno solo, nos daremos cuenta de que el valor, aun estando relacionado con la utilidad, no puede identificarse con ella. En efecto, el valor de los medios, o de los fines que a su vez son medios para alcanzar otros fines, viene dado por su utilidad, es decir, por la eficacia de dichos medios para conseguir los fines a que han de conducir y depende, en última instancia, del valor que para nosotros tenga el objetivo que se pretende alcanzar. Se trata pues de un valor relativo: relativo a la eficacia del propio medio y relativo al valor del fin perseguido. En cambio, el valor de los fines últimos, de aquellos que no son medios para alcanzar ningún otro fin sino que constituyen fines en sí y, por lo tanto, no sirven para nada (más bien todos los demás fines-medios si sirven para algo es porque sirven para alcanzar estos fines últimos) no es ya un valor relativo sino que es un valor absoluto. Los fines últimos son los que más valor tienen porque siendo como son fines en sí se persiguen por sí mismos, porque tienen un valor por sí mismos y ese valor es, por lo tanto, absoluto. De lo que se desprende que aquello que no sirve para nada no necesariamente carece de valor, pues bien pudiera suceder que fuese lo más valioso precisamente por ser un fin en sí. ¿Será éste el caso de la filosofía? El viejo Aristóteles ya señaló en su imponente Metafísica la primacía de la filosofía entre todos los campos del saber precisamente porque no tiene a la utilidad por fin. Y sin necesidad de llegar tan lejos, diríamos nosotros ahora que, puesto que la filosofía es una disciplina, incluso una actitud, radical y crítica no sólo ante la realidad y el conocimiento que de ella podamos tener, sino también ante la acción humana, que no acepta ningún juicio ni de hecho ni de valor sin someterlo previamente al examen racional, bien pudiéramos considerarla como un fin en sí, aunque no sirva para nada, o acaso precisamente por ello.

jueves, 26 de junio de 2014

La pobreza y el interés general

C
uando el pasado mes de marzo Cáritas alertaba, una vez más, del incremento de la pobreza y la desigualdad en España, el nunca bien ponderado ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, se apresuró a señalar que los informes que la organización de marras presenta periódica y sistemáticamente no se corresponden con la realidad. El documento presentado por Cáritas se centraba entonces en la pobreza en la infancia y en él se afirmaba que España tiene el infausto honor de ser el segundo país de la Unión Europea con una mayor tasa de pobreza infantil. Y hete aquí que, para la desgracia de Montoro, tras el informe de Cáritas han venido sucediéndose las publicaciones de otros similares que reflejan datos igualmente similares. Incluso desde el propio Instituto Nacional de Estadística (INE) se han empeñado en contradecir al ministro. 
            Entre las causas de la pobreza en España, obviamente, se halla el altísimo índice de desempleo, pues el trabajo es el único medio del que disponemos la inmensa mayoría de los seres humanos para obtener los recursos económicos necesarios para llevar a cabo una vida digna, amén de los sectores de la población que por razones morales no deben trabajar, como es el caso de los niños y nuestros mayores, trabajadores potenciales los primeros y extrabajadores los segundos, en cualquier caso. Sin embargo, la falta de empleo no es la única causa de la pobreza, pues en España, según los datos publicados por el INE hace unos días, el 12 por ciento de los trabajadores que disponen de empleo cobran un sueldo igual o inferior al salario mínimo interprofesional, lo que hablando en plata significa que el hecho de tener empleo no es garantía de dejar de ser pobre.
            La pobreza constituye en sí misma un atentado contra la dignidad humana y, por ende, es una de las más atroces formas de violencia que debiera combatir un país como España que se define a sí mismo como un “Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”, tal como reza el primer artículo de la Constitución, la misma que el Gobierno defiende con tanto ahínco en según qué casos. Y la lucha contra la pobreza, que no contra los pobres, habrá de comenzar por la erradicación de los salarios de miseria y la distribución, mucho más importante que la creación, del empleo, para que todos tengamos acceso al trabajo y que éste sea realmente un medio para vivir con dignidad. Salarios dignos y reducción de la jornada laboral resultan indispensables para combatir la pobreza y avanzar en la construcción de una sociedad más justa, así como poner límites a la riqueza, pues la riqueza de unos pocos es la pobreza de muchos y, no está demás que lo recordemos, también la sacrosanta Constitución, en el artículo 128.1, establece: “Toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general”. Y digo yo que la erradicación de la pobreza y el derecho a desarrollar una vida digna bien puede ser considerado un asunto de interés general.

sábado, 7 de junio de 2014

Más allá del republicanismo

E
l todavía rey Juan Carlos I ha abierto el debate sobre la legitimidad de la monarquía, suponemos que no de forma intencionada, al abdicar del trono. Quienes en España han venido defendiendo la monarquía constitucional como la mejor forma de gobierno, ya se trate de monárquicos de toda la vida, juancarlistas o felipistas de nuevo cuño, han encontrado en la Constitución el mejor argumento para justificar su posición toda vez que, según repiten una y otra vez, se trata de la ley fundamental que los españoles se dieron a sí mismos y en ella se señala, en el artículo 1.3, que “la forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria”. Olvidan los defensores de tan vetusta como rancia institución, que cuando los españoles aprobaron la Constitución no lo hicieron artículo por artículo, sino que la ley de marras fue aprobada en su conjunto, con lo que no sabemos si en realidad estaban a favor o no de la monarquía.
            Lo cierto es, en cualquier caso, que aun si concedemos que la aprobación de la Constitución mediante el referéndum otorga legitimidad a todos y cada uno de los artículos, incluido el 1.3, justo es reconocer que tal legitimidad no puede ser eviterna, pues ni quienes a la sazón pudieron votar han de ser prisioneros de su voto durante toda su vida, ni menos aún habremos de serlo quienes entonces no tuvimos la oportunidad de decidir, algunos por ser demasiado jóvenes, otros porque ni siquiera habían nacido. Y es que, como bien señalara Kant en su célebre opúsculo ¿Qué es la Ilustración?, una generación no puede llegar a un acuerdo tal que impida a las generaciones posteriores progresar, es decir, que les impida avanzar en su propia ilustración, la cual, en suma, consiste en la autodeterminación, es decir, en decidir por uno mismo sirviéndose de su razón sin entregarse a la tutela de otro. Y si esto es así, y porque la democracia consiste en el autogobierno de los ciudadanos, entonces la ciudadanía habrá de decidir, de nuevo y cuantas veces lo requiera, si opta por mantener la monarquía o se decanta por la república.
            Por mi parte, y aun a riesgo de ser reiterativo, considero que la monarquía es una institución antidemocrática porque, a pesar de que el rey no tenga funciones de gobierno, atenta contra los pilares de la democracia, toda vez que niega el principio de igualdad de los ciudadanos que es, junto al principio de libertad, el fundamento del sistema democrático. Mas, como adelantábamos en nuestro último artículo, la república no puede entenderse únicamente como la ausencia de rey, pues el republicanismo implica el compromiso con la cosa pública, con la res publica. En efecto, el republicanismo pretende ser una alternativa al liberalismo y quienes militan a favor de la causa republicana encuentran la democracia liberal representativa demasiado limitada para garantizar la libertad de todos los ciudadanos y, en general, abogan por la construcción de espacios públicos de participación ciudadana y por formas de democracia más participativas, deliberativas y directas.
            Sin embargo, acaso sea por la herencia rousseauniana, acaso por la influencia del marxismo o quizás por la nostalgia de la vieja Atenas, lo cierto es que el republicanismo, en su defensa de lo público y la búsqueda del bien común, tiende a confundir éste con lo estatal y a poner el énfasis en la comunidad en detrimento del individuo. Y es en este punto donde comienzan mis discrepancias, pues la búsqueda del bien común no puede consistir en otra cosa que en la búsqueda del bien de los individuos que conforman la comunidad. Pues cuando se antepone la comunidad a los individuos, tal comunidad deviene en el Estado y se corre el riesgo no sólo de que se sacrifiquen los intereses de los individuos para salvaguardar los de la comunidad, es decir los del Estado, sino que se sacrifique a los individuos mismos. Y para evitar esas derivas totalitarias y superar al tiempo las limitaciones de la democracia representativa, yo abogaría por una suerte de democracia libertaria, una democracia participativa, directa y deliberativa, donde tuviera lugar un reparto igualitario de la riqueza y del poder y donde, en definitiva, los individuos tuvieran la última palabra en lo que se refiere a los procesos de toma de decisiones públicas, todo lo cual nos situaría bastante más allá del republicanismo.

martes, 3 de junio de 2014

Monarquía o república

L
a abdicación del rey ha cogido a todo el mundo con el paso cambiado. Bueno, a todos no, porque ya sabemos que siempre están los que presumen de estar más informados que nadie y a posteriori, que no a priori, se apresuran a señalar que ellos ya sabían que esto iba a ocurrir: no lo dijeron ni comentaron antes por la discreción debida, se entiende. Desde luego no es mi caso y si alguien me hubiese preguntado hace unos días le habría contestado que el rey no tenía la más mínima intención de abdicar, por más que desde diversos sectores nada sospechosos de antimonárquicos se hubiese sugerido la conveniencia de que dejara el paso libre a su sucesor para contribuir a que la Corona recuperase el prestigio perdido como consecuencia del caso Nóos, las cacerías de elefantes en plena crisis y hasta el estado de salud del monarca.
            La decisión del rey ha dado pábulo a que cada cual opine no ya sobre el hecho en sí de la abdicación, que también, sino sobre la legitimidad misma de la monarquía y la compatibilidad de ésta con la democracia. Ante semejante cuestión los monárquicos se están pronunciando como cabía esperar, esgrimiendo la Constitución como argumento legal que legitima la institución de marras; los republicanos, como también es lógico, reivindican la abolición de la monarquía; pero quienes no dejarán de sorprenderme son los que aun sintiéndose republicanos siguen defendiendo la conveniencia de la institución monárquica por razones más o menos pragmáticas. Me refiero toda esa pléyade de políticos de diversos partidos -desde la izquierda biempensante del PSOE hasta los más liberales del PP, pasando por los nacionalistas de distinto signo como Coalición Canaria, Nueva Canarias, el PNV o CIU- que durante muchos años se definieron como juancarlistas y ahora les está faltando tiempo para declararse felipistas.
             Sea como fuere, felipistas, juancarlistas o monárquicos declarados debieran tener en cuenta que la monarquía, por muy parlamentaria que sea, es una institución esencialmente antidemocrática porque contradice uno de los principios fundamentales de la democracia, a saber, el de la igualdad jurídica, aquel que Kant gustaba de llamar el principio de la dependencia de todos de una única legislación común. Y ello es así aunque el monarca respete las reglas de la democracia representativa al menos en lo que se refiere a su no intromisión en los asuntos del Gobierno. Con todo, uno puede entender que haya monárquicos que se consideren demócratas y que aboguen por esta contradictoria, por extendida que esté, combinación de monarquía y democracia, pero lo que no alcanzo a comprender es que alguien que se considere demócrata se niegue a que la ciudadanía decida por la vía del referéndum, la más directa de las formas de participación política, sobre la permanencia de la monarquía. Por lo demás, no se me escapa que la república es mucho más que la ausencia de rey, pues implica la defensa de la cosa pública, la res publica, pero sobre ese asunto hablamos otro día. 

lunes, 26 de mayo de 2014

Reflexiones postelectorales

P
asaron las elecciones al Parlamento Europeo y la gran vencedora volvió a ser la abstención, lo que supone un gran fracaso para todas las fuerzas políticas que se presentaron, lo reconozcan o no. Y es que en el conjunto de la Unión Europea la participación electoral apenas alcanzó el 43,11 por ciento del electorado, en España el 45,86 por ciento y en Canarias el 37,74 por ciento. Con tan escasa participación de los ciudadanos parece claro que cualquiera que haya sido el resultado del proceso éste adolece de un fuerte déficit de legitimidad, cuestión ésta que debieran tener en cuenta los partidos políticos en liza si de verdad les interesa la democracia y no sólo alcanzar las máximas cuotas posibles en el reparto del poder.
            Lo que tan alto grado de abstención vuelve a poner de relieve es que la ciudadanía desconfía de sus posibilidades reales de influir en las políticas europeas, por más que éstas puedan afectarle directamente, mediante el ejercicio de su derecho al voto. Y puesto que la abstención ha venido siendo protagonista en los procesos electorales de los últimos años, si bien de manera menos destacada, todo indica que nos encontramos ante una fuerte crisis de la democracia representativa tal como ésta ha venido desarrollándose hasta hoy. Empero, ello no quiere decir que necesariamente quien se abstiene se desentienda de la política ni que no tenga interés en defender la democracia, pues bien pudiera ocurrir que parte de los que deciden no acudir a votar lo hagan por no tomarse la molestia de ejercer su derecho, pero también que muchos de ellos pretendan mostrar así su rechazo no ya a las fuerzas políticas existentes, que también, sino al propio sistema representativo, toda vez que éste les sustrae su legítimo derecho a participar directamente en los procesos de toma de decisiones públicas. Razones políticas pues, más que apolíticas, para no votar.
          Más allá de la abstención, destaca el auge de los partidos de extrema derecha, ultranacionalistas y xenófobos, como el Frente Nacional de Marine Lepen, primera fuerza política en Francia en estas elecciones y caso paradigmático del retorno de lo peor de Europa. Dicen algunos analistas que en realidad se trata de una nueva forma de entender la ultraderecha y que el éxito de Lepen se debe a su insistencia no sólo en las cuestiones identitarias y racistas, sino también a haber defendido planteamientos sociales propios de los partidos de izquierdas. Nada nuevo bajo el Sol, pues también los viejos fascismos emplearon esas tácticas y hasta el partido liderado por el mismísimo Hitler llevaba el apellido de socialista acompañando al nombre de nacional. Por lo demás, el panorama parlamentario no cambia demasiado, ya que el Partido Popular Europeo volvió a ganar y presumiblemente el candidato conservador y gurú de las políticas de la austeridad, Jean-Claude Juncker, será nombrado presidente de la Comisión Europea. Y en lo que se refiere a España, igual que en Canarias, lo mejor de todo fue la derrota del PPSOE y la aparición de nuevas fuerzas políticas con representación parlamentaria. Entre ellas Podemos, que con tan sólo cinco escaños ha logrado devolver la ilusión a buena parte de la izquierda desencantada que habrá de esperar a las generales para ver si se trata de una opción real o tan sólo de un espejismo pasajero. Mientras tanto, no queda otra que prepararse para resistir los embates austericidas de Juncker y los suyos.

sábado, 24 de mayo de 2014

El candidato Cañete

M
añana se celebran las elecciones al Parlamento Europeo y lo más sonado de la campaña electoral han sido las infaustas declaraciones del candidato del Partido Popular Miguel Arias Cañete. No tuvo mejor ocurrencia el ya ex ministro de Agricultura y aspirante a comisario europeo que afirmar, al día siguiente del debate con la candidata soecialista, que no quiso mostrar su superioridad intelectual para no ser acusado de machista, lo que demuestra una doble torpeza: implícitamente reconoció haber perdido el debate, por lo demás bastante insulso, y encima quedó como el genuino machista que es, justo aquello que, según él mismo declara, había intentado evitar. En manos de semejantes lumbreras estamos y así nos va.
            Lo peor del asunto no son las declaraciones en sí, sino lo que revelan: el machismo que no sólo continúa presente en algunos sectores de la sociedad española sino que está incrustado en buena parte de la clase política que es la que se supone que debiera liderar la lucha contra la desigualdad entre hombres y mujeres. Prueba de ello es que en el seno del Partido Popular hayan seguido arropando al candidato Cañete y que éste sólo haya pedido disculpas con la boca chica y después de permanecer varios días en silencio. Al más puro estilo del líder del partido.
            Incluso hay quien, como su isleño compañero de filas Manuel Fernández, ha entendido que la mejor defensa es un buen ataque y, no sabemos si para echarle un capote a Cañete o para terminar de hundirlo, se marcó unas polémicas declaraciones que, según él, profirió en el 86 el a la sazón prócer soecialista Alfonso Guerra. “Con la economía sumergida hay que convivir como con algunas mujeres que no se las puede eliminar”, dice Fernández, en una supuesta ayuda a Cañete, que dijo Guerra en su momento y no pasó nada. Alfonso Guerra, como suele ocurrir, niega haber dicho tal cosa. Y digo yo que alguien debiera hacerle ver a Fernández que si entonces no generó tanta polémica mediática la supuesta declaración de Guerra y hoy en cambio no se toleran las manifestaciones de Cañete no es por la filiación política de uno y otro sino porque, por fortuna, la sociedad tolera cada vez menos los exabruptos machistas. El propio Fernández también ha tenido que pedir disculpas. Veremos quién es el próximo. Y de qué partido.

viernes, 16 de mayo de 2014

¿Más allá de los derechos humanos?

L

as críticas a los derechos humanos son de dos tipos: externas e internas. Las primeras insisten en la imposibilidad de la existencia de derechos humanos de validez universal, mientras que las segundas apuntan a la insuficiencia de los derechos humanos para proteger la dignidad de las personas. En este artículo se intenta mostrar que las críticas externas son insostenibles, mas no ocurre lo mismo con las internas. Y es que si la idea de dignidad del ser humano sigue resultando plausible, los derechos humanos serán insuficientes para protegerla mientras no se orienten hacia la realización efectiva de la justicia, es decir, hacia la distribución igualitaria de la riqueza y el poder. Leer artículo completo

miércoles, 19 de marzo de 2014

Con Kant de Ucrania a Ceuta

L
a crisis de Ucrania nos retrotrae a los tiempos de la guerra fría que creíamos ya superados tras el desmoronamiento del socialismo real, a una situación que podemos caracterizar kantianamente como de guerra potencial permanente y que nos recuerda la necesidad de seguir reflexionando sobre la paz. Pues aunque la paz, y por contraposición la violencia, sea hoy objeto de estudio de diferentes disciplinas del ámbito de las ciencias sociales y también tema de reflexión filosófica de primer orden, lo cierto es que no siempre ha sido considerada como un problema filosófico fundamental, hasta el punto de que el primer tratado sobre la paz sistemáticamente elaborado por un filósofo, Hacia la paz perpetua. Un esbozo filosófico, de Inmanuel Kant, fue durante mucho tiempo considerado como una obra menor del gran filósofo de la Ilustración. Sin embargo, la importancia que la paz tiene para nosotros, ciudadanos del siglo XXI, hace que continuamente tengamos que volver la mirada hacia este brillante opúsculo en el que Kant trata de establecer las condiciones necesarias para alcanzar una paz duradera, máxime cuando los tambores de guerra amenazan con volver a sonar en Europa.
            Según señala Kant, la paz es algo que debe ser alcanzado en primer lugar internamente, entre los individuos dentro del Estado, para lo cual es necesaria la constitución republicana, mas ha de ser lograda también entre Estados, es decir, mundialmente. Y para conseguir este objetivo, Kant propone la constitución de una federación de Estados libres en la que, obviamente, cada miembro ha de ingresar voluntariamente y con la única condición de que se haya constituido previamente como una república. Esta federación, que es más bien una confederación, pues Kant no aboga por un Estado mundial, sería el resultado del pacto alcanzado entre los Estados para someterse al derecho de gentes, que es el que ha de regular las relaciones entre los distintos miembros de la federación. Del mismo modo que el contrato social garantiza la paz entre los ciudadanos de un Estado, gracias al sometimiento de todos a las leyes públicas, la paz entre Estados sólo puede garantizarse mediante la fundación de la federación de marras y el consiguiente sometimiento de los Estados al derecho de gentes.
            Con la idea de la constitución de la federación de Estados libres y el sometimiento de los miembros al derecho de gentes para garantizar la paz mundial, Kant se adelantó siglo y medio a la fundación de la ONU. Mas si la ONU es de algún modo heredera de Kant, lo cierto es que no se ajusta a la propuesta kantiana para asegurar la paz perpetua, pues en la federación que Kant tenía en mente todos los miembros habrían de estar en un plano de igualdad. Y acaso el fracaso de la ONU, el cual es obvio a la luz que arroja el hecho de que en tantos años de historia no ha conseguido evitar las guerras, se deba en una parte importante a la ausencia de democracia en el seno de la institución. Ahora que la crisis de Ucrania recuerda esa situación de guerra potencial permanente de la que nos hablara Kant, urge seguir reivindicando una democratización de la ONU y el sometimiento de los Estados a un derecho de gentes, a un derecho internacional diríamos hoy, que garantice la paz mundial.
           Mas Kant entiende que para alcanzar el objetivo de la paz no basta con el sometimiento de los Estados al derecho de gentes, sino que es necesario también un derecho cosmopolita, una suerte de hospitalidad universal, en virtud del cual cada Estado miembro de la federación debe permitir el libre tránsito de los ciudadanos de los demás Estados miembros por el territorio donde cada uno ejerce la soberanía. Algo similar es lo que hoy tiene vigencia en el seno de la Unión Europea, donde existe el derecho a la libre circulación de los ciudadanos de los países miembros por toda la Unión. Sin embargo, la libre circulación es mucho menos ambiciosa que el derecho cosmopolita del que nos habla Kant, ya que éste estaba pensado para regir a escala mundial. Y mientras esto no sea así, la paz seguirá estando amenazada, ya sea por el naufragio de Lampedusa, los muertos de Ceuta, la valla de Melilla o los ahogados en Canarias, obstáculos para la paz tan graves como la crisis de Ucrania.

viernes, 14 de febrero de 2014

Entre la mayoría y la dignidad

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inalmente el Congreso, gracias a la mayoría absoluta de la que goza el Partido Popular, la cual, dicho sea de paso, fue obtenida con menos de la mitad de los votos, maravillas de nuestra democracia,  rechazó la retirada del anteproyecto para la reforma de la ley del aborto diseñada por el ministro de Justicia, el moderadísimo Alberto Ruiz-Gallardón. Tan moderado es nuestro ministro, nuestro de ellos, se entiende, que en cuanto se conoció el resultado de la secreta votación se apresuró a presentar su victoria como si de un triunfo de la democracia se tratara. Y es que en democracia, según Gallardón, hay que respetar siempre el derecho de las minorías, pero se debe acatar la voluntad de la mayoría, la cual, cómo no, se expresa a través de los representantes con sillón en el Parlamento.
            De lo dicho por el ministro se desprende, y acaso sea esa su intención, que quienes no estén dispuestos a aceptar la ley antiaborto elaborada por el Gobierno para satisfacer las exigencias del fundamentalismo católico español, actúan en contra de la voluntad de la mayoría y por ende atacan a los fundamentos mismos de la democracia. Mas olvida el ministro que del hecho de que la mayoría de los diputados haya rechazado la propuesta de retirar el anteproyecto de ley antiabortista no se sigue, en buena lógica, que la mayoría del pueblo español, el soberano, como bien recuerda el ministro, esté de acuerdo. Pues bien pudiera ocurrir que la mayoría de los ciudadanos estuvieran en desacuerdo con sus representantes en este asunto, como tantas veces sucede. Y para dirimir esta cuestión sólo se me ocurre un método: el tan legítimo como poco empleado referéndum.
          Con esto no pretendo, nada más lejos de mi intención, abogar por la celebración de un referéndum para que el conjunto de los españoles se pronuncie sobre la dichosa ley antiaborto de Gallardón, sino sólo señalar que lo que aprueba la mayoría en el Parlamento no tiene por qué coincidir con la voluntad de la mayor parte de los ciudadanos. Y si no estoy de acuerdo en que la ciudadanía se pronuncie sobre la ley de marras es sencillamente porque en una genuina democracia hay cuestiones que no se pueden votar porque no pueden quedar sometidas a la regla de la mayoría: tal es el caso siempre que lo que esté en juego sea la dignidad humana. ¿Acaso puede la mayoría aprobar legítimamente cualquier medida que atente contra la dignidad de una minoría siquiera sea que esta esté constituida por un solo individuo? Puesto que el sentido último de la democracia es la protección de la dignidad, la ley antiaborto del moderadísimo y demócrata de toda la vida Gallardón, aun si contara con el respaldo de la mayoría de los ciudadanos, cosa por lo demás harto improbable, seguiría careciendo de legitimidad porque constituye un atentado contra la dignidad de las mujeres.

miércoles, 29 de enero de 2014

Cada mujer decide

L
a ley antiaborto pergeñada por el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, tan moderado él, está tan cargada de moralina que sólo cuenta con el apoyo de los católicos más reaccionarios. Es una ley tan rancia antes de nacer que se ha ganado el rechazo no sólo del resto de los partidos, sino también de parte importante de los miembros del Partido Popular, pues ni siquiera en el seno de las filas conservadoras ha encontrado esta controvertida ley un apoyo unánime. Y es que Gallardón, una vez más, nos ha mostrado su lado más oscuro al pretender elevar a rango de ley algunos de los valores de la doctrina moral del catolicismo, lo que lo acerca más al fundamentalismo religioso que al liberalismo que presume defender.
            La razón por la cual (sandeces económicas aparte) Gallardón se ha propuesto arremeter contra los derechos reproductivos de las mujeres, en lo que supone un atentado inadmisible contra su autonomía, no es otra que la defensa del derecho a la vida de los aún no nacidos. Un argumento falaz que sólo tiene sentido si se considera que desde el momento de la concepción existe un ser humano. Mas tal afirmación carece de fundamento científico alguno y contradice al propio sentido común: una semilla germinada no es un árbol, ni un huevo un pollo, ni un embrión un ser humano. Y sólo se puede afirmar lo contrario apelando a razones metafísicas, como aquella según la cual el alma humana se instala en la materia, el embrión, desde el mismo momento en que el óvulo es fecundado. ¿Puede ser legítima una ley que encuentra su fundamento último en las creencias metafísicas, religiosas, de un sector de la ciudadanía?
          Sin duda es respetable que haya mujeres que debido a sus creencias se nieguen a abortar incluso cuando padezcan un embarazo no deseado o cuando esté en riesgo su propia vida. Mas tal actitud forma parte de su concepción de la vida buena, que, como tal, no puede ser impuesta al resto. Es lo que la filósofa española Adela Cortina denomina una ética de máximos, constituida por aquellos valores que cada uno asume pero que no puede exigir a los demás y que jamás pueden ir contra los valores de lo que sería una ética de mínimos, es decir, contra aquellos principios mínimos de justicia que cualquiera querría para sí y que, en tanto que universales, cabe exigir a todo el mundo. Y entre estos ocupa un lugar destacado la autonomía, la libertad, desde la que, a mi juicio, cada mujer ha de poder decidir, en la irreductible soledad de su conciencia, si aborta o no sin temor alguno a ser castigada por ello, sea cual sea su decisión.   

lunes, 13 de enero de 2014

Filosofía y novela negra

L
os Reyes Magos me trajeron tres novelas que yo expresamente les había pedido, así que no me puedo quejar. Un libro cada una de Sus Majestades de Oriente, supongo: El tiempo entre costuras, de María Dueñas; El héroe discreto, de Mario Vargas Llosa; y La última tumba, de Alexis Ravelo. Llevaba ya tiempo sin leer ningún libro que no fuera de filosofía y me apetecía volver a leer una buena novela, así que empecé por la de Ravelo con la certeza de que no me iba a defraudar. Y en efecto, tras su lectura entre los días 8 y 9, puedo constatar que Ravelo lo ha vuelto a lograr. Como ya me sucediera cuando leí La estrategia del pequinés, el recientemente galardonado libro del autor canario, premio de novela negra de Getafe en 2013, ha conseguido chafarme la siesta un par de días. Es empezar a leer y no poder parar.
            Me gustan los libros de Ravelo porque mantienen al lector en tensión desde el comienzo hasta el final; porque la trama, siempre intensa, con gancho, parece servir de pretexto para la crítica sociopolítica más mordaz, ésa que yo pretendo hacer con mis artículos y que Ravelo consigue a través de sus historias de manera sin duda mucho más brillante; y porque, a qué esconderlo, se desarrollan en Las Palmas de Gran Canaria, la ciudad en la que vivo y me vio nacer. Pero los libros de Ravelo me gustan también porque sus personajes, gente dura, de la calle, a veces cruel pero con cierto sentido de la ética, demuestran pasión por los libros. En las novelas del isleño siempre aparecen referencias a otros libros, incluso a libros de filosofía y eso es algo que un aspirante a filósofo como yo siempre agradece.
          Referencias como ésta: “Los libros de Filosofía le sudan la polla a todo el mundo”. Así de contundente se muestra Adrián Miranda Gil, el protagonista de La última tumba, en lo que, según yo lo interpreto, no es una crítica a la filosofía sino al mundo, es decir, a esa gran masa embrutecida que desprecia la filosofía. Miranda no se halla entre ellos, él no es universitario pero sí una persona leída y sabe de la importancia de esta disciplina. Como lo sabe Ravelo y lo muestra en este caso a través de Miranda, igual que antes lo había hecho a través de Eladio Monroy, el célebre protagonista de otros cuatro libros suyos. Miranda sabe que la filosofía es importante y Ravelo nos lo muestra no sólo cuando hace que el personaje se lleve consigo un libro de filosofía, sino, sobre todo, a través de las reflexiones del propio Miranda, quien una y otra vez insiste en la importancia del sentido, de no confundir los medios con los fines, como cuando señala tan kantianamente: “Quizá uno comienza a convertirse en criminal en el momento en que ve a las demás personas como medios y no como fines”. Filosofía pura que impregna las páginas de esta genuina novela negra.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Seguridad privada

U
no de los rasgos definitorios del Estado, según el célebre filósofo y sociólogo Max Weber, es que se trata de una institución que se reserva para sí el monopolio de la violencia legítima. En mi opinión, más que la violencia legítima, la violencia sobre la que el Estado se arroga la exclusividad es, en realidad, la legal, porque si el propio Estado, que es una entidad esencialmente violenta, carece de legitimidad, pues jamás el individuo encontrará razones morales que le lleven a entregar su libertad al Estado, la violencia que pueda ejercer no será nunca legítima. Sea como fuere, dicho monopolio parece que tiene los días contados, al menos en España. Y es que el Gobierno del PP pretende autorizar a las empresas de seguridad privada, muchas de las cuales ya operan en edificios públicos, a realizar servicios también en la vía pública, lo que hasta ahora venía siendo una función exclusiva de las fuerzas de seguridad del Estado.
            La medida de marras tiene a la progresía soliviantada porque, en su opinión, los agentes de seguridad privados no tienen ni de lejos la misma formación que los agentes de la policía o la guardia civil. Con tan escasa formación, dicen, los ciudadanos se verán perjudicados en el trato recibido y, en definitiva, habrá una menor garantía de los derechos individuales. Mas si ese fuera el problema, entonces con exigirles más formación a los empleados de las empresas privadas de seguridad el asunto estaría resuelto. El verdadero problema que se ventila radica en que poner, siquiera sea en parte, la seguridad en manos de empresas privadas deja al Estado, aún más, a merced de los intereses empresariales que muy bien pudieran ser distintos, aun contrapuestos, a los intereses de la ciudadanía. Y si ello se lleva a cabo por iniciativa del propio Estado, a través del Gobierno, entonces todo apunta no tanto a un desmantelamiento del Estado, sino a la privatización parcial de una de sus funciones principales que a buen seguro redundará en el beneficio de los amiguetes de los miembros del Gobierno que se dediquen a esos menesteres. Para decirlo con Francisco Martínez, secretario de Estado de Seguridad, de lo que se trata es de “ayudar a que se consolide un sector económico”.
            Las explicaciones del Gobierno, ya digo, deberían dejar más tranquilos a todos los que se preocupan por los derechos de los ciudadanos, mas no tanto a quienes les interese saber en qué se gasta el dinero público. Y es que si de lo que se trata es de violar derechos fundamentales, no hace ninguna falta que se privatice la seguridad. Para eso el Estado ha demostrado tener recursos más que suficientes, ya sea para espiar a los ciudadanos, desahuciarlos o agredirlos brutalmente, por poner algunos ejemplos, como se ha constatado en demasiadas ocasiones. Recursos que si nadie lo remedia se verán incrementados con la nueva Ley de Seguridad Ciudadana que prepara el Gobierno, que más bien debiera denominarse ley de inseguridad ciudadana porque deja a los ciudadanos indefensos ante el Estado. De este atentado en potencia, que diría Aristóteles, contra los derechos humanos hablamos otro día, antes de que se convierta en atentado en acto y ya no podamos hablar.  

viernes, 6 de diciembre de 2013

'Conspiranoia'


E
xisten entre nosotros bastantes personas, más de las que pudiéramos pensar a priori, que tienen cierta propensión a creer en la teoría de la conspiración. Se trata de individuos aparentemente normales en su mayor parte, no como Jerry Fletcher, el personaje interpretado por Mel Gibson en la película que lleva por título, precisamente, Conspiración, que no sólo está obsesionado con la existencia de múltiples conspiraciones que dirigen la marcha del mundo, sino que muestra su obsesión en todo lo que hace y hasta físicamente. Las personas que, entre nosotros, comparten esta afición no lo demuestran de esa manera porque llevan, en general, una vida de lo más normal. Sin embargo, cuando se sientan en las terrazas a tomar café como todo el mundo, o charlan en los bares al calor de una copa, en lugar de mantener conversaciones normales, se dedican a desarrollar las más absurdas teorías en torno a conspiraciones imposibles.
            Es así que durante años han estado afirmando, sin ninguna prueba, como buenos aficionados a la teoría de la conspiración, que el Gobierno de Estados Unidos (en realidad todos los gobiernos que dispongan de medios, dicen) se dedica a espiarnos a todos con la secreta e inadmisible finalidad de ejercer un cada vez más efectivo control sobre los individuos. ¡Menudo disparate! O que los gobiernos de los países democráticos no disponen de margen de maniobra porque actúan al dictado de los mercados, que según dicen ahora los conspiranoicos, no es sino un eufemismo para referirse a lo que en tiempos pasados se denominaba el capital: entes difusos en cualquier caso que nadie sabe quiénes son ni dónde están. ¡Como si no votáramos los ciudadanos del mundo libre a quien nos diera la gana! Y ya en el colmo de las paranoias conspirativas, les ha dado por decir que la crisis económica es un cuento que se han inventado los poderosos para favorecer a los grupos sociales más privilegiados en detrimento del resto que está siendo deliberadamente empobrecido. Una estafa, vaya.
            Los adeptos a la teoría de la conspiración, lo decíamos al principio, son más de los que creemos. Su aparente normalidad les permite pasar desapercibidos, pero cualquiera podría ser uno de ellos: médicos, albañiles, científicos, profesores, mecánicos, periodistas… están en todas partes, incluso entre los parados y pensionistas. Si hasta hay políticos que se dedican a dar pábulo a los delirios de quienes ven señales de la conspiración universal en cualquier lado: el expresidente Zapatero, sin ir más lejos, que ahora dice que si hizo lo que hizo fue porque estaba preso de los poderes económicos, sin ofrecer más prueba que una simple carta que le envió Jean-Claude Trichet en 2011, a la sazón presidente del Banco Central Europeo. Y aunque estos conspiranoicos son en principio inofensivos, más nos valdría vigilarlos de cerca, pues quién sabe lo que podría ocurrir si llegaran a convencer a la ciudadanía de la plausibilidad de sus disparatadas teorías.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Mandela

D

ice Aristóteles en su Ética a Nicómaco que la política es la disciplina más eminente y la de mayor aptitud directiva, de suerte que el resto de las materias que contribuyen al desarrollo del conocimiento humano se hallan por debajo de ésta, pues la política “opera como legisladora de lo que se debe hacer y de aquello de lo que cabe apartarse”. Nuestros políticos no están a la altura de lo que Aristóteles señala en ese libro que, como su título indica, está dedicado a la ética, aunque también habla de política. Acaso sea esa la razón por la que el ministro Wert está empeñado en que los jóvenes españoles no estudien filosofía, no vaya a ser que se enteren de que la política es algo mucho más noble de lo que las prácticas de los que viven de ella pudieran hacernos pensar. Pese a todo, el siglo XX ha dado grandes figuras de la política en el sentido aristotélico. No hablamos de esos grandes estadistas, sino de personas que con su lucha por la dignidad devolvieron a la política su nobleza, tales como Gandhi o Luther King. Hoy nos ha dejado uno de esos grandes luchadores, Nelson Mandela, uno de los nuestros, un "nuestros" que engloba a la humanidad entera que hoy llora su muerte. Esperemos que los que ya somos gente del siglo XXI sepamos estar a la altura de ese gran luchador.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

PISA 2012

A

cabamos de conocer los resultados del informe PISA 2012 y España, una vez más, no sale bien parada. Ya me imagino al ministro Wert, con su recién aprobada ley de educación, relamiéndose de gusto al contemplar los resultados negativos de los estudiantes españoles. Y es que, en efecto, nuestros alumnos continúan por debajo de la media de los países de la OCDE en matemáticas, comprensión lectora y ciencias, por más que hayan seguido mejorando con respecto a la última evaluación en 2009. Pero del hecho de que el nivel de los estudiantes no sea el deseable, no se sigue que la LOMCE vaya a ser la solución al problema. Yo diría que más bien apunta a todo lo contrario. Por lo demás, no debiéramos pasar por alto las diferencias entre las distintas comunidades autónomas, pues algunas de ellas superan la media de marras y, miren ustedes por dónde, están regidas por la misma ley educativa que las demás. Lo que viene a poner de relieve que el éxito o fracaso de la educación no sólo depende del sistema educativo. Un sistema educativo el nuestro que, por cierto, aún sigue siendo uno de los más equitativos del mundo, pero que ha retrocedido en este ámbito durante los años de la crisis. ¿Alguien cree que con la ley Wert mejoraremos en equidad? 

viernes, 29 de noviembre de 2013

Poesía y trabajo

A

yer leí en la prensa las declaraciones de un poeta que asegura que se obliga a escribir todos los días, “como un oficinista”. La afirmación del poeta, por lo demás catedrático de Literatura, me ha parecido que emana un cierto tufillo aristocrático, pues pareciera como si el oficio de escritor fuera más digno que el de administrativo. En realidad, su escritura no es la propia de quien desempeña un trabajo, pues la poesía no es ningún oficio, sino un arte. Y aunque algunas artes puedan ser consideradas profesiones, no es este el caso toda vez que el poeta no puede vivir de su poesía. Una vez más, es el mercado y no la filosofía el que determina no qué es o deja de ser arte, pero sí qué es trabajo, oficio, o deja de serlo. Y si una actividad no está remunerada, podrá ser un arte sublime, pero no es trabajo. Con todo, el poeta de marras dice que ha de obligarse a escribir todos los días, otorgándole así al arte una característica más propia del trabajo: la obligatoriedad. Acaso la afirmación de nuestro escritor no sea tan elitista como sospechábamos en primera instancia, sino, antes al contrario, constituya un gesto de humildad del artista al reconocer que el arte, lejos de ser una actividad fruto de la inspiración del genio, es tan humana como el trabajo. Que el arte, para llegar a ser, ha de practicarse a diario, como cualquier trabajo. Porque el escritor que no escribe a diario corre el riesgo de quedarse sin obra por no haberla escrito. Y en rigor, un escritor sin obra no puede ser un escritor.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Iconos del siglo XX

E

ste otoño han muerto dos iconos de la música del siglo XX: el transgresor Lou Reed y el castizo Manolo Escobar. Puede afirmarse que ambos pertenecían, biológicamente, a la misma generación, o casi, pues el español era apenas once años mayor que el norteamericano. Sin embargo, uno y otro representan dos cosmovisiones radicalmente opuestas. Lou Reed es el estandarte de la transgresión y en la España de los setenta simbolizó la ruptura con el franquismo y la entrada en la modernidad; Manolo Escobar, en cambio, aparecía como uno de los últimos vestigios de una España caduca y represiva. Por supuesto que ni uno ni otro escogieron ese rol, pero los jóvenes españoles de entonces vieron en el rockero el símbolo de la libertad y en el coplista  una de las estampas musicales de la segunda etapa de la dictadura. Los dos han muerto este otoño y los dos han sido llorados y homenajeados en los medios de comunicación, mas tengo para mí que por más respeto, incluso veneración, que pueda infundir la figura de Manolo Escobar, ya casi nadie, salvo los nostálgicos de los años grises, quiere retornar a aquella España en la que cosechó sus mayores éxitos. El espíritu transgresor de Lou Reed, sin embargo, hoy, como ayer, sigue siendo absolutamente necesario.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Irónicas coincidencias

C
ircula por el universo virtual de las redes sociales una viñeta en la que se ve una imagen de Karl Marx que espeta al lector: “¿El banco te quitó tu casa, una propiedad privada? Pensaba que eso sólo ocurría en el comunismo”. El chiste tiene su buena dosis de mala leche pero también su gracia. Es lo que tiene el humor negro, que por negro que sea no por ello deja de ser humor. Incluso me atrevería a decir que a más de un desahuciado, pese a lo terrible de su situación, la irónica viñeta protagonizada por un Marx ficticio ha conseguido sacarle una sonrisa, siquiera sea amarga. No es el único chiste que tiene como trasfondo al comunismo. Imposible olvidar aquella escena de la formidable película Los lunes al sol, en la que en un diálogo entre un ex piloto espacial de la Unión Soviética y otro viejo camarada que sobreviven en España como pueden se muestra que todo aquello que los dirigentes les contaron sobre el socialismo era mentira, pero que lo peor es que lo que les dijeron sobre el capitalismo, ay, era verdad.
            Si Fernando León, el director del filme de marras, consiguió mostrar en clave de humor uno de los lados oscuros del capitalismo, el del paro y toda la problemática a él asociada, desde la pobreza y la miseria hasta la frustración y la degradación personal de quienes no disponen de un medio para ganarse la vida y realizarse a sí mismos, algo similar llevó a cabo Florian Henckel von Donnersmarck con su también fantástica película La vida de los otros: un retrato no exento de humor en el que el director alemán muestra con toda crudeza las infames actuaciones de la Stasi, la terrible policía secreta de la antigua República Democrática Alemana que, con el pretexto de garantizar la seguridad del Estado, espiaba a cientos de miles de ciudadanos.
           Resulta irónico que la antigua Alemania Oriental se denominara República Democrática, pero más irónico resulta aún que la cuestión del espionaje de los ciudadanos por parte de sus propios gobiernos, o los gobiernos de los países amigos, constituya otra de las coincidencias entre el viejo comunismo autoritario, el llamado socialismo real, y nuestra más vieja aún democracia liberal, que bien podríamos denominar con la misma contundencia democracia real, en tanto que es la realmente existente por más que, en rigor, no sea realmente muy democrática. Y es que en una genuina democracia no tiene cabida esta intolerable violación del derecho fundamental de los individuos a la intimidad, como tampoco pueden existir lugares en los que se violan sistemáticamente los derechos humanos como Guantánamo que, por cierto, otra irónica coincidencia, se escribe también con G, igual que Gulag.

lunes, 28 de octubre de 2013

Educación y derechos humanos

P
ara valorar con justeza la situación de la educación, y de las condiciones de vida en general, no basta con ceñirnos al momento presente, sino que hay que tener en cuenta de dónde venimos. La educación en España, y por supuesto en Canarias, adoleciendo de graves problemas y siendo manifiestamente mejorable, ha dado un enorme salto de calidad en los años de democracia. Sin embargo, en muchas ocasiones, quienes se declaran más críticos con nuestro sistema educativo, personas de mi generación o de generaciones anteriores, implícita o explícitamente muestran cierta nostalgia por la escuela de su infancia y de su juventud, a la que consideran mucho mejor que la actual. Pero la realidad es bien diferente, tal como lo ha puesto de relieve el Programa Internacional para la Evaluación de Competencias de la Población Adulta (PIAAC), más conocido como el informe PISA para adultos, cuyos resultados conocimos recientemente.
            En efecto, los datos demuestran que aunque la educación en España se halla a la cola de los países de la OCDE, lo cierto es que las generaciones más jóvenes obtienen mejor puntuación tanto en comprensión lectora como en matemáticas, las competencias evaluadas, luego la formación en España no ha hecho sino mejorar en las últimas décadas: los jóvenes están mejor formados y, pese a lo que digan los nostálgicos de los años grises, en materia de educación, cualquier tiempo pasado fue peor. Sin embargo, ello no quiere decir que cualquier tiempo futuro haya de ser mejor, pues el porvenir de la educación dependerá de las leyes educativas y de los recursos que se destinen a la formación. Y si esto es así, sólo podemos pensar que las próximas generaciones, las que están ahora formándose, estarán peor preparadas que las actuales porque los recortes en educación así como la ley Wert sin duda pasarán factura.
             Si los jóvenes de ahora, siendo como son la generación más cualificada de nuestra historia, ya viven peor que sus padres, ¿qué les espera en el día de mañana a los niños de hoy si encima estarán, salvo que alguien lo remedie, peor formados? ¡Les están robando el futuro! Así lo han entendido quienes el pasado 24 de octubre secundaron la huelga general de educación, estudiantes, padres, profesores y demás personal, convencidos como están de que la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) promovida por el ministro Wert sin duda supone un ataque al derecho a la educación que, no lo olvidemos, es también uno de esos derechos humanos que el Gobierno de España dice defender y sin embargo conculca. ¿Tendrá que intervenir el Tribunal de Estrasburgo para que Wert y los suyos recapaciten y desistan de seguir vulnerando el derecho fundamental a la educación?  

viernes, 18 de octubre de 2013

La dignidad no admite la pobreza

E
l pasado jueves se celebró, como cada 17 de octubre desde 1993, el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. Esta fecha fue escogida por la ONU en conmemoración de la concentración que ese mismo día de 1987 tuvo lugar en París para rendir homenaje a las víctimas de la pobreza extrema, la violencia y el hambre. Nada menos que 100.000 personas se manifestaron entonces en el mismo sitio en el que en 1948 se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, para denunciar que la pobreza constituye una vulneración de los derechos fundamentales de las personas. Veinte años después, ese atentado contra los derechos humanos que es la pobreza sigue siendo una realidad, por lo que la conmemoración del 17 de octubre sigue teniendo pleno sentido.
            En la célebre Cumbre del Milenio los gobiernos de los países miembros de la ONU se comprometieron a reducir a la mitad la pobreza extrema en el mundo en 2015. A menos de dos años de la fecha propuesta, nos encontramos ante un nuevo fracaso de las Naciones Unidas, pues si bien es cierto que antes de la crisis la pobreza se había reducido en casi todas las regiones del mundo, según la ONU, también lo es que después de la crisis los procesos de disminución de la pobreza se han estancado y que el hambre alcanzó sus máximas cotas en 2009. Además, la crisis económica, que es también una crisis social, ha dejado a muchísimas personas sin empleo, lo que ha traído como consecuencia que más individuos se encuentren en situación de pobreza extrema.
                  El mal de la pobreza no es sólo un problema de los países en vías de desarrollo. Afecta también, y mucho, a los países más desarrollados, a los que forman parte de eso que se ha dado en llamar el mundo rico. En efecto, en el mundo rico cada vez hay más pobres. En España, según el informe de Cáritas, tres millones de personas, el doble que antes de la crisis, están en situación de pobreza severa, lo que significa que viven con menos de 307 euros al mes. Y más del 20 por ciento de los hogares españoles, sin estar en situación de pobreza severa, ingresan menos de 14.700 euros anuales, que es lo que marca el umbral de la pobreza para un hogar conformado por dos adultos y dos menores. En Canarias, la situación es aún peor, pues en 2011 la pobreza alcanzaba a casi el 34 por ciento de la población, una tasa alarmante que en 2013 seguramente se habrá incrementado. Y todo ello cuando en España el número de millonarios ha crecido un 13 por ciento en apenas un año, lo que pone de relieve, una vez más, que esta crisis que estamos padeciendo no sólo es una estafa, sino que es, sobre todo, una violación de los derechos humanos, un atentado contra la dignidad de las personas que una sociedad pretendidamente democrática no puede permitir ni dentro ni fuera de sus fronteras. 

miércoles, 9 de octubre de 2013

Lampedusa

E
uropa es la madre de la Ilustración, ese gran movimiento cultural que pone el énfasis en la razón como fuente del conocimiento y, lo que sin duda es más importante, como condición de posibilidad de la autodeterminación del ser humano. La Ilustración no sólo impulsó notablemente el progreso científico y técnico sino que también hizo emerger los grandes valores de la modernidad, libertad, igualdad y solidaridad, y trajo consigo las primeras declaraciones de derechos humanos, así como las primeras democracias modernas. Por todo ello es comprensible que los ilustrados del siglo XVIII mantuvieran una confianza ciega en la razón y estuviesen convencidos de que el progreso en el conocimiento conduciría al progreso económico, social y también moral.
            Sin embargo, el siglo XX habría de mostrarnos el lado oculto de la Ilustración al poner de relieve cómo los grandes avances tecnológicos habían servido más a la expansión de la opresión que a la emancipación de la humanidad. En efecto, las dos guerras mundiales, que bien pueden concebirse como guerras civiles entre europeos, la guerra civil española, el auge de los fascismos, el estalinismo, Aushwitz o el Gulag constituyen buenas muestras de que la razón había permanecido dialécticamente ligada a la barbarie. Esto mismo es lo que señalaron en su célebre libro Dialéctica de la Ilustración, de 1944, los filósofos Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, quienes pese a concebir que la libertad no es posible sin el pensamiento ilustrado, se hallan igualmente convencidos de que la Ilustración lleva en su seno el germen de su autodestrucción, la semilla de la barbarie. Por ello dedicaron sus esfuerzos filosóficos a evitar la repetición de Aushwitz, a salvar a la Ilustración de sí misma para que las esperanzas ilustradas se pudieran cumplir.
            Mas a pesar de los esfuerzos de los filósofos de la Escuela de Fráncfort, entre otros, el siglo XXI no ha empezado mucho mejor que el pasado. Si damos por buena la tesis del historiador Eric Hobsbawm, según la cual el presente siglo comenzó en 1989, con la caída del Muro de Berlín, sólo podemos constatar que la Europa del siglo XXI, ¡ay!, sigue instalada en la barbarie. Muestra de ello es la guerra de la extinta Yugoslavia y las secuelas de odio étnico que aun hoy perduran. Y más recientemente, el auge de partidos fascistas y xenófobos en distintos países europeos, las políticas racistas de Francia para con los gitanos rumanos, la valla de la vergüenza en Melilla, los centros de internamiento de extranjeros en España, los miles de inmigrantes muertos en las costas canarias y andaluzas y, por último, Lampedusa: los cientos de personas que murieron intentando alcanzar el sueño europeo de una vida digna. ¿Para cuándo una Europa verdaderamente ilustrada en la que la todo ser humano, independientemente de su lugar de procedencia, sea reconocido como un ser dotado de dignidad, como un fin en sí mismo, que diría el europeo e ilustrado filósofo Inmanuel Kant?

miércoles, 2 de octubre de 2013

Despotismo democrático

P
or paradójico que resulte, las democracias representativas que conocemos son muy poco democráticas, pues si la democracia ha de consistir en el autogobierno de los ciudadanos, nos digan los políticos lo que nos digan, cada día parece más claro que aquí los únicos que se autogobiernan son los mercados, eufemismo con el que en los últimos años nos referimos a eso que antes, ortodoxias marxistas aparte, llamábamos el capital. Y es que no parece que haya forma de que los dirigentes políticos escuchen a los ciudadanos a la hora de gobernar, por más que desde algunos sectores mediáticos se insista en que los líderes de todos los países democráticos del mundo son rehenes de la opinión pública, pues sólo tienen oídos para la voz de los grandes capitales que es la única que suena.
            Decía Kant que si atendemos al modo en que el Estado ejerce el poder sólo existen dos formas de gobierno: la republicana, que respeta la libertad de los ciudadanos, y la despótica, que no lo hace. Hoy vivimos instalados en una suerte de despotismo democrático, toda vez que los gobiernos son elegidos democráticamente pero ejercen el poder de manera despótica, es decir, sin tener en cuenta la voluntad de los individuos a los que gobiernan. Buen ejemplo de lo que estamos diciendo lo constituye la forma en la que Mariano Rajoy y sus muy moderados ministros gobiernan en España, quienes imponen sus decisiones apoyándose en la mayoría absoluta de la que goza el PP en el Congreso de los Diputados, en un alarde de despotismo democrático inaceptable.
            En efecto, el Gobierno desoye sistemáticamente las demandas sociales de amplios sectores de la población apelando, como viene siendo norma del PP allí donde gobierna, a una fantasmagórica mayoría silenciosa que es la que, en última instancia, vendría a legitimar sus políticas antisociales. Y es que, por más que la existencia de la mayoría silenciosa de marras se nos antoje harto dudosa, en el PP están plenamente convencidos de que existe y ofrecen como prueba los votos, convertidos así en una suerte de argumento ontológico, con los que obtuvieron una aplastante mayoría en las últimas elecciones generales. Pero sucede que si analizamos los resultados electorales, lo que se comprueba es que, en realidad, la aplastante mayoría del PP no lo fue tanto. Ciertamente, el partido que hoy gobierna fue el más votado pero obtuvo menos de la mitad de los votos. Si además tenemos en cuenta el número de ciudadanos que no votaron y los votos nulos, intencionados o no, sólo podemos concluir, porque las matemáticas no fallan, que la mayoría absoluta del PP en el Congreso se sustenta en una minoría de ciudadanos, que será todo lo amplia que se quiera, pero es una minoría al fin y al cabo. Mas aunque realmente el Partido Popular hubiera sido elegido por la mayoría de los ciudadanos, tampoco podría gobernar de espaldas a la ciudadanía, votantes suyos o no, sin incurrir en el tan execrable como extendido despotismo democrático.

martes, 24 de septiembre de 2013

A vueltas con el Estado de bienestar

E
l penúltimo capítulo de la historia del desmantelamiento del Estado de bienestar lo escribió la semana pasada el Gobierno de Holanda, cuando anunció que tal modelo de sociedad ha tocado a su fin y que será sustituido por lo que ha dado en llamar “sociedad participativa”. Lo hizo mediante el discurso de la Corona, protagonizado por primera vez por el nuevo rey Guillermo-Alejandro, con el que tradicionalmente se abre en el país de los tulipanes el curso parlamentario y sirve para que el gobierno de turno exprese a sus ciudadanos cuáles serán las directrices políticas que marcarán el año. Mas sucede que el gobierno de turno dice ser socialdemócrata, por lo que resulta cuando menos paradójico que sea el encargado de desmantelar el Estado de bienestar, emblema de la socialdemocracia europea. Como paradójico es también que denominen sociedad participativa a aquella en la que, dice el Gobierno holandés, cada ciudadano deberá responsabilizarse de sí mismo y de los que le rodean, lo cual, en la práctica, viene a significar que cada uno se busque la vida por su cuenta, lo que implica de suyo que la sociedad se volverá menos participativa al menos para los sectores más vulnerables de la población. 
            El Estado de bienestar, sin ser la panacea, ha sido el mayor logro de la modernidad en lo que a la implantación de una mínima justicia social se refiere. Pues si bien es cierto que no se propone erradicar las grandes desigualdades entre las clases sociales, que es hacia donde debería orientarse una sociedad digna de llamarse justa, al menos garantiza unas mínimas condiciones materiales de existencia a todos los ciudadanos y el acceso universal a los servicios básicos como la sanidad y la educación. Se trata de un modelo de sociedad construido en Europa sobre las cenizas de la Segunda Guerra Mundial mediante el pacto entre liberales y socialistas: los primeros reconocían los derechos sociales, mientras que los segundos renunciaban a la construcción de la sociedad sin clases.

            Es este modelo, que insisto en que es un sistema de mínimos de justicia, el que dicen sus enemigos que es insostenible. El viejo pacto social se ha roto porque los partidarios del neoliberalismo ya no creen en la idoneidad del Estado de bienestar. En realidad nunca han creído en el modelo, pero mientras existió la Unión Soviética, por la que, dicho sea de paso, no siento ninguna nostalgia, se vieron forzados a realizar algunas concesiones ante la posibilidad real de que amplios sectores de la población europea, si no se atendían sus demandas sociales, abrazaran el comunismo. Mas con la caída del Muro de Berlín, los temores del neoliberalismo se diluyeron, y se abrió la veda al acoso y derribo de la Europa social, protagonizada políticamente por los partidos conservadores, pero con la connivencia y, en ocasiones, el concurso activo de los que dicen ser partidos de izquierdas. El anuncio del Gobierno holandés, ya lo decíamos al comienzo de este artículo, es sólo el penúltimo capítulo de esta historia; el último lo está escribiendo Angela Merkel. De sus políticas y de su funesto a la vez que celebrado triunfo electoral hablamos otro día.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Los derechos sociales en el sistema educativo

E

l diario El País publica hoy un artículo de Encarna Carmona, profesora titular de Derecho Constitucional de la Universidad de Alcalá, titulado “El tiempo de los derechos sociales”, en el que la autora viene a decir que los denominados derechos positivos o derechos de la segunda generación, los derechos económicos, sociales y culturales, son también derechos humanos de primer orden y han de ser atendidos por el Estado del mismo modo en que lo son los derechos de la primera generación, es decir, los derechos civiles y políticos. Esto que con tanto acierto recuerda Carmona forma parte de los contenidos que hasta hoy han venido impartiéndose en la asignatura de Ética ‒Educación Ético-Cívica desde hace un par de años‒ , obligatoria en 4º de ESO. No es de extrañar pues que los mandamases de este país le hayan ordenado al ministro de Educación, José Ignacio Wert, que suprima la asignatura de marras, que luego salen del instituto egresados a los que se les sube la ciudadanía a la cabeza y pretenden, con la que está cayendo, la realización efectiva de dichos derechos.

martes, 17 de septiembre de 2013

Wert, la filosofía y la paz en los bares

U
n viejo amigo, Alexis Suárez, publicó esta mañana en mi biografía de Facebook el enlace de una noticia aparecida en el diario Público (luego he sabido que también otros medios de comunicación se han hecho eco de la misma), en la que se informaba de que una discusión sobre Kant en un bar de Rusia terminaba a tiros. Bueno, en realidad, uno de los que discutían, que fue detenido, le disparó al otro con una pistola de balas de goma, pero el que recibió el tiro terminó en el hospital, aunque, según señala el diario, su vida no corre peligro. El caso es que, por más que no se me esconde que en determinados sectores de la población la filosofía es capaz de levantar pasiones, el suceso de marras me ha dejado asombrado. Y puesto que, ya lo decía Aristóteles, el asombro es la raíz del pensamiento, el hecho de que una discusión sobre Kant haya terminado de ese modo me ha dado que pensar.
            En Canarias, como en el resto de España, la situación de la filosofía es bien diferente. Es cierto que en ocasiones podemos asistir a, o participar en, discusiones acaloradas sobre temas de filosofía, pero, no nos engañemos, a las actividades filosóficas no suele acudir mucha gente, ni siquiera la del gremio, y si a una conferencia asisten treinta personas, por más que el ponente de turno sea un filósofo de prestigio, ésta se puede considerar todo un éxito, aunque en ocasiones puntuales el público sea mucho más numeroso. Y si la filosofía no genera gran expectación en estos momentos, peor va a ser la situación si, finalmente, prospera la ley Wert y se reduce drásticamente el número de horas dedicadas a esta secular disciplina en ESO y Bachillerato.

            Hasta ahora pensaba yo que el ataque a la filosofía pergeñado por el ministro de Educación tenía como objetivo impedir que los jóvenes españoles tuvieran, además de una buena instrucción técnica, una sólida formación filosófica que les permitiera en el futuro ser sujetos autónomos, ciudadanos con criterio propio. Sin embargo, tras leer la noticia con la que comenzaba este artículo, lo veo más claro. Y es que, si tal como recoge el diario Público, los rusos son aficionados a discutir sobre filosofía, a veces mientras se toman unas cuantas copas, aunque, eso sí, no sea habitual que las discusiones lleguen a esos extremos, entonces no podemos sino pensar que el nunca bien ponderado José Ignacio Wert y sus compañeros del PP sólo quieren evitar que esta insana costumbre arraigue entre los españoles, para lo cual nada mejor que sacar a la filosofía de los institutos y garantizar así la paz en los bares. O al menos que las discusiones sean motivadas por asuntos más serios, como el fútbol o los propios del programa Sálvame.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Los tiburones de Canarias

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ace un par de semanas, la prensa se hacía eco de un hallazgo científico relacionado con Canarias: el megalodón, el mayor depredador marino que haya existido, vivió en aguas del Archipiélago, tal como demuestra el descubrimiento en La Graciosa de restos fósiles de este enorme tiburón extinguido hace dos millones de años que da pavor sólo de imaginarlo. En la actualidad, existen en las Islas diversas especies de tiburones a las que no debemos temer, pues no sólo son esenciales para el sostenimiento del ecosistema marino, sino que son, al decir de los expertos, económicamente beneficiosas, ya que constituyen un importante reclamo para el turismo de buceo. A los que sí debemos temer, en cambio, es a los de esa otra especie de tiburones, los más abundantes en Canarias, que no son marinos sino terrestres, tienen forma humana y son unos auténticos y voraces depredadores de derechos. Éstos son más peligrosos que ningún megalodón que haya existido jamás.

viernes, 13 de septiembre de 2013

La corrupción y la lentitud de la Justicia

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ice Silverio Matos, en una entrevista publicada hoy en La Provincia, que la culpa de que parezca que todo el mundo es corrupto la tiene la Justicia, que es muy lenta. Y no le falta razón al todavía alcalde de Santa Lucía –dejará de serlo esta tarde, cuando se haga efectiva su dimisión– en lo que se refiere a la lentitud de la Justicia. Claro que cuando Matos habla de todo el mundo, se refiere a todos los políticos, y hombre, ciertamente los ha habido que han sido denunciados y que sólo al cabo de muchos años, precisamente por la lentitud de marras, ha quedado probada su inocencia; pero también los hay, y muchos, que aprovechan esa lentitud para salir de rositas en los casos más escandalosos. Por lo demás, a nadie se le escapa, y a un veterano político como Matos tampoco, que el responsable del funcionamiento de la Justicia, el Ministerio Fiscal, en última instancia depende del Gobierno. Y que se sepa, ningún partido que haya gobernado ha hecho nada para que la Justicia sea más ágil y los casos de corrupción se resuelvan más rápidamente. Sus razones tendrán.

La fundamentación de la moral y la ética del respeto igualitario en el pensamiento de Ernst Tugendhat

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ugendhat señala que la única forma de fundamentar racionalmente la moral consiste en que el individuo pueda ofrecer, tanto a los demás como a sí mismo, buenas razones para observar las normas morales, mientras que la fundamentación de las normas por sí mismas carece de sentido. Tugendhat considera que las normas morales están fundamentadas si son igualmente buenas para todos, pero reconoce que esta concepción moral debería ser asimismo fundamentada. Este segundo nivel de fundamentación lo afronta Tugendhat a través de su discusión con Habermas. Leer el artículo completo.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Cataluña y las dos Españas

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xiste todavía una España reaccionaria y arrogante que se pasea por el mundo como si aún existiera aquel temible imperio donde nunca se ponía el sol. Es la España del “ y tú por qué no te callas” espetado por el rey a Hugo Chávez, a la sazón presidente electo de Venezuela, o la que se expresaba por la boca del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cuando éste señalara que gracias a su presión los europeos habían tenido que concedernos lo que él denominó eufemísticamente línea de crédito y no rescate, o, sin ir más lejos, la que se apresuró a celebrar antes de tiempo la elección de Madrid como sede de los Juegos de 2020 y no tardó en tachar de corruptos a los miembros del Comité Olímpico Internacional por haber elegido a Tokio. Se trata de una España intolerante que se cree la guardiana de la pureza de la esencia patria, una España que muchos creían moribunda y que sin embargo ahí está, con una salud (y mano) de hierro, la misma que hace oídos sordos a la gran masa social que ayer se manifestó en Cataluña y prefiere escuchar a esa “mayoría silenciosa”. Pero existe también otra España, plural, moderna y verdaderamente demócrata, que esperemos que pueda erigirse en interlocutora de los catalanes, independentistas o no, para que impere el sentido común, el diálogo racional y el respeto a la voluntad de los ciudadanos.