martes, 28 de julio de 2015

Amores inconfesables

S
i yo fuese un gran escritor podría decir sin menor reparo que la literatura ha marcado mi vida, ya que aunque se tratara de una evidencia, sería la evidencia propia que se espera que todo gran escritor diga algún día, o que repita en cada entrevista que concede. Si yo fuese un gran escritor, podría incluso decir que alguna obra completa leída en mi juventud, o aun en la infancia, ha sido determinante para el devenir de mi existencia, por más que ello pudiera ser falso, porque éstas son el tipo de sentencias que los grandes escritores gustan de proferir en los círculos intelectuales repletos de personajes esnobs que frecuentan y también a través de los medios de comunicación. Por lo demás se trata generalmente de libros de una densidad abrumadora, obras que casi nadie ha leído y que, paradójicamente, todos coinciden en calificar como genuinas obras de arte, libros que, en suma, forman parte de eso que se ha dado en llamar la gran literatura.
            Pero como yo no soy un gran escritor sino que trabajo como redactor en la sección cultural de un periódico local de estas islas que dejaron de ser colonia para transformarse en ultraperiferia, se considera que todo lo que escriba poca trascendencia puede tener, así que cuando digo entre mis amistades que la literatura ha marcado mi vida, ello no deja de percibirse como una pedantería más de un escritor frustrado; cuando además señalo una obra concreta como el libro cuya lectura ha sido determinante para el devenir de mi existencia, al menos en los últimos dos años, no falta quien afirme que desde que trabajo en el periódico no hay quien me aguante; cuando encima el libro que propongo como el causante de un giro copernicano en mi modo de aprehender la realidad es De Madrid al infierno, de Guacimara Robayna, hasta los compañeros de la redacción se descojonan de risa y creen que lo digo de coña, por más que yo hable totalmente en serio, porque este libro no forma parte de los clásicos. Y es que la propia autora es la primera que ha bregado por desmitificar el mundo literario, huyendo siempre de los tópicos y del lenguaje que por mor de querer ser poético se torna en la mayoría de los casos en verborrea empalagosa y vomitiva. Ella misma ha expresado públicamente su discrepancia frente a quienes se consideran instalados en el tribunal superior de la literatura, desde donde se erigen en jueces para dictaminar qué es arte y qué no, qué puede ser considerado una obra literaria y qué no pasa de ser un folletín o un mamotreto con ínfulas.
            Seguramente fue esa actitud ante los convencionalismos de los ambientes literarios lo que me atrajo hacia sus libros. La primera novela suya que cayó en mis manos fue Un paseo por Madrid y tengo que decir que desde entonces me enganchó. Fueron muchos los ingredientes de su forma de hacer literatura que me cautivaron: la manera desenfadada con la que narra sus historias, los saltos en el tiempo sin que ello sea obstáculo para garantizar la cohesión de la narración, los temas que aborda donde el sexo, las drogas, las inestabilidades emocionales, las relaciones familiares, amorosas y entre amigos ocupan siempre un lugar central, como ocurre en la vida real a las personas de su generación que es también la mía... Supongo, en definitiva, que el hecho de compartir generación fue determinante para que me gustara tanto esta narrativa sin duda original, aunque lo cierto es que mucha gente treintañera como yo repudia sus libros y que más de un jubilado se ha sentido fascinado con Guacimara Robayna.
            El caso es que, dejando los gustos personales al margen –porque en literatura al final todo se reduce a una pura cuestión de gustos- tras haber leído Un paseo por Madrid, me propuse seguirle la pista a esta autora, de lejos, no es que fuera a hacer una tesis doctoral sobre ella, pero sí estar expectante ante las nuevas novelas que fuera publicando. Fue así que al cabo del tiempo me hice con La noche, título que le valió el premio Nadal, el cual, dicho sea de paso, no le sirvió para quedar eximida de las críticas de los veladores de la gran literatura ni para que los moralistas más recalcitrantes vieran en ella la misma encarnación de la transgresión en el sentido más peyorativo que se pudiera imaginar. No me defraudó, aunque si he de ser sincero, reconozco que me gustó más la primera. Pero, como les decía, se trata de una cuestión de gustos. Finalmente llegó a mí el libro que ya les advertía había dado un giro total a mi vida, De Madrid al infierno, que aun siendo merecedor del premio Planeta no ha conseguido sacar a su autora de ese grupo de escritores que tienen un halo de malditos, a los que rara vez se les invita a leer una conferencia precisamente porque arrastran siempre consigo la polémica.
            A estas alturas, aquellos que no hayan decidido abandonar la lectura de este relato, es posible que estén pensando que la finalidad del mismo es sencillamente homenajear a esta autora, o que simplemente pretendo expresar mis opiniones en torno al mundo literario, opiniones que, por otra parte, son ciertamente subjetivas y no tienen más valor que las de cualquier otro lector. Antes de que decidan ustedes también no terminar de leer la historia que me propongo narrarles, quiero aclararles que si me he entretenido contándoles cómo me enganché a la literatura de esta canaria afincada en Madrid y cuáles son mis fobias en lo que al mundo de las letras se refiere, es porque he considerado que así podrán entender mejor por qué De Madrid al infierno marcó indefectiblemente mi vida. Por lo demás, no quiero desaprovechar la ocasión para advertir a aquellos que no estén de acuerdo con las valoraciones que aquí se expresan, que centren sus críticas única y exclusivamente en tales opiniones y no en quien las profiere, pues de lo contrario me estarían dando irremisiblemente la razón en mis planteamientos. O sea, que no vale decir que esta crítica contra los veladores de la gran literatura no tiene valor porque quien la hace carece de prestigio alguno, ya que de esa forma, como es obvio, sólo se conseguiría descalificar al que opina, es decir, a mí, pero no a las opiniones.
            A medida que fui adentrándome en De Madrid al infierno fui experimentando unas sensaciones que jamás había sentido al leer ninguna otra novela. Sabido es que ante cualquier narración el lector suele identificarse con el protagonista y que ello le produce un rechazo con respecto a los personajes con los que aquél mantiene algún tipo de conflicto. Cierto es que en obras de mayor complejidad, en las que los personajes se asemejan más a las personas reales, el lector desarrolla una relación con los actores distinta, pues se siente atraído por algunos aspectos de los personajes y repele otros. Pero lo que me ocurrió a mí es algo diferente y difícil de explicar: mientras más iba conociendo a Lucía, la protagonista de la novela, es decir, mientras más nos iba revelando Guacimara Robayna sobre la persona de Lucía, más iba aumentando mi fascinación por ella. Y es que Lucía, con todas sus contradicciones, era una mujer apasionante, capaz de amar como pocas personas son capaces, y se vino a encoñar con un imbécil que ni siquiera tuvo el valor de amarla, porque aun estando perdidamente enamorado de ella, prefirió volver al lado de su novia de toda la vida, haciéndole un flaco favor, para complacer a su madre.
            El tipo, candidato a convertirse en uno de esos veladores de la gran literatura, no veía el momento de acariciar la gloria y de que los periodistas lo acribillaran a preguntas cuando sus libros se convirtieran en referentes de la nueva literatura nacional; era tan idiota y soberbio que en lugar de alegrarse por los éxitos que Lucía cosechaba en su carrera como escritora, se sentía dolido porque nadie se fijaba en lo que él consideraba su enorme talento literario; hasta le molestaba que Lucía se convirtiera casi siempre en el centro de atención de una manera tan espontánea. Es por ello que, acomplejado ante la imponente personalidad de Lucía y para mitigar su rencor, la hacía sentirse mal y eso era algo que a mí me ponía de los nervios, porque no entendía cómo era posible que una mujer de la fuerza vital de Lucía no mandara al carajo a semejante tipejo y se arrastrara por él de esa manera. 
            Estas sensaciones, lógicamente, no pasaban de ser exaltaciones de un lector apasionado, similares a las que sufren los espectadores de esos culebrones que se pueden ver en la tele a la hora de la sobremesa, pero en otro contexto. O quién no ha oído a alguien insultar al malvado que le ha destrozado el corazón a la protagonista de alguna de esas series interminables. Sin embargo, la fascinación que sentía por Lucía no me la había producido ningún otro personaje de ninguna otra novela o película; llegué a sentir tan tremenda atracción por ella que hasta se podría decir que me enamoré perdidamente de la creación de Guacimara Robayna. Supongo que Lucía encarnaba, o más bien representaba, todo lo que yo esperaba de una mujer y que ello, unido a mis dificultades para entablar relaciones estables, había hecho incrementar mi pasión por una mujer que en realidad no era más que un personaje de ficción. Yo era plenamente conciente de eso pero al mismo tiempo pensaba que no tenía nada de malo este extraño sentimiento, al fin y al cabo no hacía daño a nadie y tampoco nadie tenía por qué enterarse nunca.
            Pero miren por dónde un día, concentrado en plena lectura, me encuentro entre las páginas del libro la dirección del correo electrónico de Lucía, con una nota de Guacimara Robayna en la que nos exhortaba a los lectores a escribir a la famosa escritora. Eso sí que no me lo esperaba. Como comprenderán no iba a dejar pasar la oportunidad y enseguida solté De Madrid al infierno para ponerme con el ordenador. Le escribí a sabiendas de que no existía ningún destinatario, pero mantenía la esperanza de que al menos Guacimara Robayna recibiría mi carta; en ella me sinceré casi totalmente, como nunca lo había hecho con ninguna mujer real, le expresé cuánto la admiraba y hasta me permití el lujo de aconsejarle que pasara de aquel mediocre que sólo pensaba en sí mismo y en la manera de convertirse en un gran escritor; en fin, que me extendí escribiéndole todo lo que se me había pasado por la cabeza y lo que le hubiese querido decir mientras leía la novela y la iba conociendo. Incluso le dije que me moría de ganas de conocerla personalmente aunque sabía que ello no tenía ningún sentido, pero, ya puestos a escribir una carta a un ser de ficción, por qué habría que considerar el sentido de lo que le dijera.
            Una semana después de enviar la carta, me llevé una agradable sorpresa al abrir el correo electrónico y encontrar una carta de Lucía. Desde que envié la carta supuse que a esa dirección habrían llegado miles de mensajes y que no serían contestados, pero allí estaba aquel correo para contradecir mis infundadas sospechas. Después de leerla varias veces, sobre todo aquellos párrafos en los que Lucía me agradecía mis elogios y donde me decía que estaría encantada de conocerme personalmente, me puse rápidamente a escribirle de nuevo.
Desde entonces hemos seguido carteándonos y con el paso del tiempo llegamos a intimar muchísimo, tanto que puedo asegurarles que, al menos por mi parte, yo nunca había intimado tan profundamente con nadie. Durante todo este tiempo he estado amándola en la distancia y aunque ella nunca me lo ha dicho, yo creo que también, a su manera, me ama, porque si no habría dejado de responder a mis apasionadas cartas hace ya mucho tiempo. Pensarán ustedes que había llevado demasiado lejos mi pasión por un personaje, pero a mí me parecía un juego inocente, aunque, si he de ser franco, debo reconocer que encontraba algo oscuro en ello, pues sólo así se explica que no le contara a nadie la correspondencia mantenida con Lucía.
Llevaba ya varios meses escribiéndome con Lucía, cuando me enteré de que Guacimara Robayna venía a la isla a dar una conferencia invitada por el área de literatura y mujer de la Universidad. Era evidente que una visita de este calibre no podía pasar inadvertida en el periódico, así que le supliqué al redactor jefe que me encargara hacerle la entrevista. Al principio se mostró reticente, pues siempre que viene algún escritor importante es él quien se encarga de entrevistarle, pero como mi insistencia fue tanta y sobre todo porque sé que a él la literatura de Guacimara Robayna no le gusta demasiado, incluso tengo para mí que la considera una escritora procaz, prepotente y encima isleña, finalmente me concedió el honor de que fuera yo quien la entrevistara. Concerté la entrevista con la autora canaria que era la revelación de la narrativa en español de los últimos años el día anterior a su conferencia, por la tarde, en la cafetería del hotel donde se hospedaba. Como aquel lugar le pareció demasiado sobrio, fue ella quien me propuso irnos a otro lugar más cálido, así que cogimos mi coche y nos dirigimos a Las Canteras, a una de las tantas terrazas que hay con vistas a la playa. Me parecía increíble verla sentada en el sillón desvencijado de mi cochambroso y sucio coche, pero ella no pareció darle a esto ninguna importancia.
La entrevista transcurrió con normalidad, ella se mostró tan segura de sí misma como habitualmente, arremetiendo contra los mitos creados en torno a la literatura, contra los excesos de conservadurismo de la ortodoxia literaria y, sobre todo, contra los gestores culturales que apartan a todos aquellos autores discrepantes de lo que ellos consideran que deben ser los cánones estéticos universales. A pesar de su elocuencia y afabilidad, al principio se mantuvo bastante distante, supongo que porque tampoco le resultaban demasiado simpáticos los medios de comunicación, pero con unas cervecitas y unas tapas, mientras contemplábamos cómo el sol se sumergía en el mar, ambos nos fuimos relajando, el ambiente se fue distendiendo y entre nosotros se entabló una fuerte empatía que percibíamos incluso cuando, después de dar por finalizada la entrevista, quedamos los dos en silencio.
Era ya de noche cuando la alcancé de nuevo a su hotel; antes de que se bajara del coche quise aprovechar la ocasión, probablemente no volvería a tener otra y estaba convencido de que ella también lo deseaba, de darle las gracias por haber respondido las cartas que yo le había enviado a Lucía a la dirección que aparecía en la novela. Entonces me miró con cara de sincera sorpresa, me dijo que no sabía de qué cartas le estaba hablando y me aseguró que aquella dirección en realidad no existía, que sólo había sido un guiño a los lectores, una pequeña trampa sin importancia. Me quedé durante unos instantes, que a mí me parecieron eternos, sin capacidad de reacción y luego, para salir de aquella situación tan embarazosa, le dije que se trataba de una broma un tanto mal intencionada, que sólo quería saber si de verdad se había tomado la molestia de responder a los lectores que habían escrito a Lucía y que ésa era la única forma que tenía de averiguar la verdad, pero que si le molestaba podía estar tranquila porque no lo publicaría. Ella me miró con desprecio, me espetó que la había defraudado, que era igual que el resto de los periodistas y se alejó del coche después de dar un soberano portazo. Definitivamente, la empatía entre nosotros se había ido al carajo por mi culpa, pero cómo decirle que el agradecimiento era del todo en serio y que no sólo le había escrito cartas a Lucía sino que efectivamente éstas habían tenido respuesta.
Aquella noche salí tarde de la redacción terminando la entrevista y cuando llegué a casa lo primero que hice fue mirar en el ordenador el archivo en el que guardaba todas las cartas que Lucía me había enviado para comprobar algo de lo que ya estaba seguro, que las cartas estaban allí. Como supondrán, no pude conciliar el sueño y me pasé toda la noche dándole vueltas a aquel embrollo, tratando de encontrar una explicación racional que no hallé. Así que al día siguiente acudí a la conferencia con la esperanza de poder aclarar aquella situación con Guacimara, iba dispuesto a decirle toda la verdad, incluso le iba a proponer que fuera a mi casa y comprobara la lista de correos enviados y recibidos en los últimos meses si no me creía. Pero ella estaba realmente ofendida y ni siquiera me concedió un minuto, con lo que me fue imposible darle ninguna explicación.
Desesperado, esa misma noche volví a escribir a Lucía para contarle lo que me había sucedido. Un par de días más tarde recibí respuesta de ella donde me hizo saber que se había enfadado bastante porque, en su opinión, yo no tenía que haberle dicho nada a Guacimara sobre nuestra correspondencia, que aquello era un asunto entre nosotros dos y que nadie tenía por qué saberlo. Por lo demás, el resto de la carta mantenía el tono vitalista y alegre habitual, e incluso me felicitó por la entrevista. Ante la insistencia de Lucía en que mantuviera en secreto nuestra relación, supuse que en realidad era Guacimara quien me respondía a las cartas, que no quería que su relación conmigo saliera a la luz, pero no alcanzaba a comprender por qué entonces había actuado de una manera tan extraña la noche en que le hice la entrevista, tal vez no se fiaba enteramente de mí, o quizás no fuera ella quien me estuviera respondiendo. Sea como fuere estaba dispuesto a averiguar quién estaba recibiendo las cartas que yo le escribía a Lucía y quién era la persona que me escribía a mí.
Tenía un amigo en el periódico que a su vez tenía otro amigo que trabajaba no sé exactamente dónde, ni quería saberlo, el cual podía facilitarme el nombre del titular de cualquier dirección electrónica, cosa que ya había hecho en otras ocasiones. Esto me costaría cubrir un par de ruedas de prensa más y hacerle un par de trabajos a mi colega, pero merecía la pena porque además, como les decía, ya me había dado buenos resultados en otras ocasiones en las que, por motivos de trabajo, había tenido que echar mano de estas artimañas. Al cabo de un par de días llegó la información requerida por mí: el amigo de mi compañero de trabajo le había confirmado que la dirección que yo le había dado no existía. Insistí en que hablara de nuevo con él, que tenía que haber algún error, pero no había posibilidad de que esto sucediera, de hecho mi amigo me sugirió que lo más probable es que la dirección que yo le había dado no fuera correcta, quizás alguna letra... Pero yo sabía que le había dado la dirección de Lucía, estaba completamente seguro, así que le hice los trabajos acordados y le pedí que se olvidara del tema, que no tenía importancia.
Desde entonces he seguido carteándome con Lucía, no sé qué clase de ente es, o si en efecto el mundo literario que inventamos tiene una existencia real paralela, lo que sé es que nunca antes había amado tanto y no estaba dispuesto a renunciar al amor de mi vida, a mi amor platónico en todos los sentidos, por temor a lo desconocido. Yo no era un cobarde como el novio de Lucía y no la iba a defraudar. Poco me importa que cuando comento que la literatura cambió mi vida nadie me escuche, o que cuando alguien lo hace sea para reírse o para tratarme de pedante; sé que no puedo contar a nadie a qué me refiero cuando digo que leer a Guacimara Robayna ha sido determinante para mi existencia porque me tomarían por loco, tal vez si algún día llego a ser un gran escritor me decida a contar al mundo lo que sé, porque sólo a las estrellas se les permite decir estas cosas en serio sin encerrarlas, ya que en esos casos se consideran extravagancias de genios.


domingo, 7 de junio de 2015

Una democracia fraudulenta

L
a democracia no es sólo aquella forma de organización política en la que a los ciudadanos se les permite votar, porque lo fundamental de la democracia es la capacidad de la ciudadanía para autogobernarse. El autogobierno de los ciudadanos, pues, y no sólo el derecho al voto, es lo que constituye lo esencial de la democracia, que deviene así en el modo de organizar políticamente la sociedad en el que los individuos tienen reconocido su derecho a participar en los procesos de toma de decisiones públicas, ya sea directamente, ya sea a través de la elección de sus representantes. El reconocimiento de tal derecho es precisamente lo que hace que, en democracia, los individuos sean ciudadanos y no meros súbditos sometidos al poder del Estado y sin capacidad para ejercer el más mínimo control sobre él.
            Si el autogobierno de los ciudadanos es el rasgo definitorio de una democracia, entonces resulta razonable pensar que de los distintos modelos de democracia que conocemos, la directa y la representativa, el primero satisface mucho mejor que el segundo las exigencias que debe cumplir una democracia para ser considerada como tal. De ahí las críticas a los sistemas representativos propios de las democracias modernas en las que el poder político que teóricamente recae en el conjunto de los ciudadanos queda delegado en los representantes electos, a diferencia de lo que ocurría en la democracia de la antigua Atenas en la que los ciudadanos participaban directamente en la gestión y el gobierno de los asuntos públicos. Empero, quienes defienden el modelo representativo aducen con frecuencia la imposibilidad fáctica de aplicar el sistema asambleario propio de una democracia directa a las modernas sociedades de masas. Mas dejando a un lado las cuestiones de viabilidad técnica y el hecho de que en una democracia representativa se puede dar cabida a un grado mucho mayor de participación ciudadana del que acostumbramos, quisiera ahora detenerme en que lo mínimo que se debe exigir es que a la hora de elegir los representantes todos los ciudadanos tengan la misma capacidad de elección, para que todos estén igualmente representados en las instituciones.
            Es ese principio el que no se cumple en Canarias por mor de nuestra -nuestra de ellos, se entiende- antidemocrática ley electoral. Y es que la famosa triple paridad, junto a los topes del 6 por ciento regional o el 30 por ciento insular, conculca el principio democrático básico según el cual todos los votos han de tener el mismo valor y hace posible que aunque en Canarias los partidos más votados hayan sido el PSOE, el PP y Coalición Canaria, por ese orden, sean los nacionalistas los que hayan obtenido la mayoría parlamentaria. La misma ley permite, asimismo, que Ciudadanos, con casi 55.000 votos, no tenga ningún diputado y la Agrupación Socialista Gomera, con algo más de 5.000, cuente con tres escaños. O que Coalición Canaria, con un 18 por ciento de los votos, ocupe 18 asientos en la cámara regional, mientras que Podemos, con un 14 por ciento, sólo cuente con 7. Y así las cosas, más allá de las legítimas objeciones que se le puedan plantear a la democracia representativa en general, sólo se puede concluir que mientras perdure esta injusta ley electoral, dudosamente se podrá considerar que el Parlamento de Canarias es representativo de la voluntad popular, lo que hace que en Canarias, más que una democracia imperfecta, que también, tengamos una democracia fraudulenta.

martes, 26 de mayo de 2015

Siempre mandan los mismos

L
os indignados clamaban contra lo que dieron en llamar, acertadamente, el PPSOE. Era una manera de señalar que aunque se trate de dos partidos políticos distintos representan los mismos intereses, que no son precisamente los de la mayoría. De ahí la proclama “No nos representan”, que si bien era un grito contra la clase política en general y una denuncia de los déficits democráticos del sistema representativo, apuntaba más que nada a los dos grandes partidos y a la falta de diferencias entre ellos, sobre todo en lo que se refiere a las políticas económicas y, ¡ay!, también sociales. Tenían razón los indignados, como quedó probado tras la reforma de la Constitución pactada por el PPSOE en el verano de 2011, elevando de ese modo a principio constitucional las políticas de austeridad que tanto daño habían causado ya e iban a seguir causando. Estábamos en la antesala de las elecciones generales y el aquelarre del austericidio apenas había comenzado.
            Podemos es en buena medida heredera del 15-M, lo que explica que sus líderes no hayan cesado de arremeter contra lo que, también acertadamente, han venido denominando la casta, para referirse a la clase política en general. Esa estrategia contribuyó a los buenos resultados cosechados en las elecciones al Parlamento Europeo hace un año, cuando sin ser aún un partido obtuvieron 5 escaños, y a que los andaluces los premiaran con 15 diputados el pasado marzo: un resultado que ilusiona a un partido que se presentaba por primera vez, pero a todas luces insuficiente para liderar la transformación social en Andalucía, donde el PSOE y el PP siguen siendo la primera y segunda fuerza política respectivamente. De un tiempo a esta parte, sin embargo, la estrategia ha cambiado y ya no oímos al líder de Podemos, Pablo Iglesias, arremeter contra el PPSOE, sino que, lejos de ello, no ha cesado de insistir en que su adversario es el Partido Popular, la derecha.
           Acaso Pablo Iglesias le quitó las siglas SOE al adversario consciente de que sin los soecialistas sería imposible desbancar al PP de las instituciones. Mas si PP y PSOE, junto a otros, conforman la casta, entonces no parece que tras las elecciones autonómicas y municipales celebradas el pasado domingo haya habido ese gran cambio que la progresía española, salvo los militantes y simpatizantes de Izquierda Unida, se ha apresurado a aplaudir. Y es que el PP sigue siendo el partido más votado en España aunque haya perdido buena parte del poder territorial del que ha gozado y abusado durante los últimos cuatro años. Además, la debacle pepera sólo es posible con el concurso del PSOE y si, como hemos venido apuntando, no se distinguen entre ellos, entonces el cambio no será tal. Así las cosas, por más que Podemos haya conseguido entrar en las instituciones y que cuente con un importante respaldo popular, de momento, como siempre, seguirán mandando los mismos. De cómo ha ido la cosa en Canarias y de su antidemocrática ley electoral hablamos otro día.

viernes, 22 de mayo de 2015

La hora del disenso

C
uando hace apenas un año las elecciones al Parlamento Europeo estaban a punto de celebrarse, yo estaba decidido, una vez más, a no votar. Mi decisión de no entregar mi voto a ningún partido, por supuesto, no estaba vinculada a ningún tipo de desidia ni tampoco encontraba su fundamento en una supuesta condición de apolítico que yo desde luego no recuerdo haber suscrito nunca. Antes al contrario, mi negativa a votar, ni siquiera en blanco, como en otras ocasiones pretendía ser un ejercicio ético y político del disenso. Respondía más bien a mi intención de denunciar los problemas de legitimidad de nuestra democracia, toda vez que en ella se les sustrae a los ciudadanos su legítimo derecho a participar en la elaboración, o cuando menos en la aprobación, de las normas que luego habrán de cumplir, con lo que la democracia deja de consistir en el autogobierno de los ciudadanos para convertirse en una suerte de oligarquía en la que unos pocos, por más que sean electos, deciden por todos.
            Y sin embargo voté. Ejercí el disenso votando a Podemos. Un par de semanas antes de las elecciones, lo reconozco, ni siquiera sabía de su existencia. Había escuchado a Pablo Iglesias en el programa de los sábados por la noche de la Sexta un par de veces, siempre de pasada, y aunque no me gustaba su ‒a mi juicio‒ educada arrogancia, compartía buena parte de sus planteamientos, pero no me había enterado de que se presentara a las elecciones al frente de una nueva formación política. Tuvo que ser una compañera del IES Carrizal, el instituto en el que me ganaba los garbanzos como profesor sustituto de Filosofía en esos meses, la que me informara. Le agradezco a Ana Gloria Sánchez Ruano, una de las pioneras de los círculos en Gran Canaria, que me hablara de Podemos. Y les estoy igualmente agradecido a los compañeros con quienes en esos días compartí tertulias improvisadas sobre democracia en la sala de profesores. Tertulias de recreo, cortas pero intensas.
           Mis ideas acerca de la democracia no cambiaron después de conocer a Podemos ni han cambiado a día de hoy. Si les entregué mi voto fue porque creí que era la única fuerza política que apostaba por una democracia participativa, deliberativa y directa, en la que cada individuo se representara a sí mismo. Herederos en buena medida del 15-M, se habían constituido de forma asamblearia y eran un ejemplo de democracia interna. Sólo por eso ya merecían mi voto. Y aunque sus propuestas sociales no pasaran de ser las mínimas que cualquier socialdemócrata habría de suscribir, su apuesta por una renta básica universal y por el reconocimiento de los derechos económicos, sociales y culturales de los individuos como derechos fundamentales con el mismo estatus que los civiles y políticos bien merecían el apoyo de alguien como yo, un libertario que considera que la justicia no puede consistir en otra cosa que en la distribución igualitaria de la riqueza y del poder. Un año después estas líneas programáticas siguen siendo el eje de Podemos y por eso volverán a tener mi voto. Porque es la hora del disenso.

jueves, 7 de mayo de 2015

A vueltas con la libertad de expresión

E
stá claro que en España casi nadie es, ideológicamente, quien dice ser. Ni siquiera entre los nuevos partidos. Ahí tenemos a Podemos, que afirma no ser ni de derechas ni de izquierdas, como proclamaban los indignados del 15-M, cuando son claramente identificables con la izquierda tanto si atendemos a sus propuestas como si nos fijamos en la procedencia de sus líderes y militantes. Lo mismo sucede con Ciudadanos, que también presume de no ser ni de derechas ni de izquierdas, aunque en este caso no se trata tanto de situarse más allá de las ideologías sino de ocupar el centro ideológico. Un centro ideológico bien escorado hacia la derecha, claro está, y en el que cabe gente procedente de la mismísima Falange. ¡Menudo centro!
            El fenómeno no es nuevo y, por supuesto, afecta también a los viejos partidos: Izquierda Unida gira en torno al Partido Comunista y, sin embargo, hace ya tiempo que renunció a la revolución social, de suerte que sus propuestas son las propias de la socialdemocracia; en el PSOE, que desde que renegaron del marxismo se declaran socialdemócratas, sostienen un discurso más afín al liberalismo, siquiera sea de corte igualitario, que al socialismo democrático; los partidos nacionalistas, por su parte, tampoco han sido nunca muy claros en lo que se refiere a sus aspiraciones nacionales, sobre todo en lo que respecta a Canarias; y en el Partido Popular, por más que presuman de liberales y hasta de ser un partido de centro reformista cuando Aznar era su presidente, lo cierto es que el liberalismo que dicen defender muchas veces brilla por su ausencia dejando a la luz el rancio conservadurismo de sus esencias.
             Buen ejemplo de esto último son las distintas leyes que el Gobierno ha promulgado, desde la nonata ley del aborto del exministro de Justicia Alberto Ruiz-Gallardón, hasta la ley mordaza que ya estamos padeciendo por obra y gracia del ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, o la funesta ley Wert de educación, la Lomce, que tan pretenciosa como falsariamente dice, desde su propio título, promover la mejora de la calidad educativa. Mas el último escándalo que revela el escaso apego del PP a los principios liberales lo ha protagonizado el actual ministro de Justicia, Rafael Catalá, quien recientemente se mostró partidario de sancionar a los medios de comunicación que difundan información sobre casos que se hallen bajo secreto de sumario. Un ataque en toda regla a la libertad de expresión y al derecho a la información que, no lo olvidemos, más allá de formar parte de los principios definitorios de la mejor tradición liberal, son derechos humanos fundamentales y constituyen algunos de los pilares sobre los que debe sustentarse cualquier democracia digna de ese nombre.

viernes, 24 de abril de 2015

La sombra de Hobbes

C
ada vez que se produce un atentado terrorista vuelve a salir a la palestra el debate entre libertad y seguridad. La discusión no es nueva y se remonta, al menos, hasta el siglo XVII, cuando el filósofo Thomas Hobbes desarrolló su funesta teoría del contrato social. El autor del Leviatán consideraba que los seres humanos somos malos por naturaleza, razón por la cual en el estado natural, es decir, cuando los hombres aún disfrutaban de libertad plena, antes de que se fundara el Estado y se instaurara la autoridad pública, los individuos vivían en una situación de guerra de todos contra todos. Y es para salir de tal situación que perjudica a todos por lo que los hombres habrían decidido fundar el Estado mediante el pacto social, un acuerdo en virtud del cual los individuos se comprometen a ceder totalmente su libertad al soberano a cambio de que éste les brinde su protección y garantice su seguridad. El contrato social es para Hobbes, pues, el fundamento del Estado absolutista que él pretende justificar.
            La concepción hobbesiana del Estado, al menos en lo que se refiere a la relación entre libertad y seguridad, es la que se halla detrás de todos los intentos de justificar los recortes de libertades bajo el pretexto de ser más eficaces en la lucha contra el terrorismo y, por ende, en la defensa de la seguridad. Mas  se trata, en realidad, de un falso dilema, porque, como ya hemos señalado en otras ocasiones, no es cierto que la libertad constituya una amenaza contra la seguridad. Y es que en la modernidad, a pesar de Hobbes, la legitimidad de las leyes descansa en la libre aceptación de las mismas por parte de los afectados, lo cual hace que los individuos no sean simples súbditos sino ciudadanos y que el Estado tenga como principal función garantizar los derechos y libertades de los individuos. Tal es la seguridad a la que aspiramos, la de ser libres, y por ello recortar la libertad para salvaguardar la seguridad se revela una contradicción.
           Esta contradicción no ha impedido, sin embargo, que periódicamente aflore el falso dilema entre libertad y seguridad. Ocurrió tras los atentados del 11-S en Nueva York, el 19-J en Londres y el 11-M en Madrid, y todos sabemos las infaustas consecuencias que para la libertad y los derechos humanos en general tuvieron las políticas pro seguridad diseñadas desde entonces: la guerra de Afganistán, la guerra de Irak, la infamia de Guantánamo… y hace un par de años supimos lo que ya sospechábamos: la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos se dedica al espionaje masivo de ciudadanos y gobernantes de todo el mundo. Ahora, unos meses después de la barbarie de Charlie Hebdo, es Francia la que ha anunciado que sus agentes podrán espiar a los sospechosos sin necesidad de una autorización judicial. Y ante tanto ataque a la libertad y a los derechos humanos por parte de los gobiernos de los países democráticos, no puede uno dejar de sospechar que por más que el Estado se haya redefinido como social, democrático y de derecho, la sombra de Hobbes siempre está ahí y el Estado es siempre más Estado que social, más Estado que democrático y más Estado que de derecho.

viernes, 27 de marzo de 2015

Lo que la gente no quiere oír

E
l derecho a la libertad de expresión es uno de esos derechos fundamentales de los individuos que se recogen en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en las constituciones de los países democráticos. Se trata, obviamente, de uno de los pilares de la democracia y así es reconocido por todos los demócratas. Es por ello que el atroz atentado contra los humoristas de Charlie Hebdo fue percibido, justamente, como más grave aún que otros actos de barbarie precisamente porque atacaba al derecho a la libertad de expresión, lo que llevó a multitud de ciudadanos espontáneos, así como a hipócritas y oportunistas mandatarios, a proclamar aquello de “Je sui Charlie Hebdo”. Pero no todos somos Charlie. No lo son, no quieren serlo, quienes en su cortedad de miras proclamaron inmediatamente después no identificarse con una revista satírica a la que consideran grotesca y ofensiva sin percatarse de que ser Charlie, entonces y ahora, no implica identificarse con su línea editorial sino sólo con su derecho a tenerla.
            Desde entonces y a pesar del compromiso formal con la libertad de expresión de nuestros demócratas de toda la vida, no paran de sucederse los ataques a este derecho fundamental que todo el mundo dice defender pero que no terminamos de tomarnos en serio, como si no nos percatáramos de que lo que está en juego es la dignidad humana. Un caso flagrante es el tristemente célebre acaecido hace unos días en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba), cuando el ya exdirector del centro, Bartomeu Marí, se empeñó en que una de las obras que formaban parte de la exposición La bestia y el soberano debía ser retirada por resultar ofensiva. Los comisarios no consintieron la censura y la exposición fue inicialmente cancelada. El escándalo ante tal ataque a la libertad de expresión fue tal que Marí reconsideró su postura y un par de días más tarde accedió a que la exposición se mostrara íntegra, y así los visitantes del Macba han podido contemplar la escultura de la discordia en la que se ve al rey Juan Carlos sodomizado por una mujer a la que, a su vez, está sodomizando un perro o un lobo. Pero el mal ya estaba hecho y Marí se vio obligado, ¡menos mal!, a dimitir.
           No es este el único caso en el que la libertad de expresión se ha visto atacada últimamente. Hace unas semanas el Ayuntamiento de Madrid prohibió la actuación de la banda Soziedad Alkoholica después de que un informe de la Policía Municipal señalara que si se celebraba el concierto se corría el riesgo de que se produjeran alteraciones del orden público, como en los años grises, cuando los Rolling Stones no podían venir a España. Ahora le ha tocado el turno al fútbol, o mejor dicho, a aquellos aficionados que gustan de pitar al himno y al rey de España, algo que, gente tan demócrata como el presidente de la Liga de Fútbol Profesional, Javier Tebas, o la secretaria general del PP y presidenta de Castilla-La Mancha, Dolores de Cospedal, no pueden concebir en sus respectivas y biempensantes cabezas. Y es que, como tan acertadamente afirmara George Orwell en el prólogo a su excelente obra Rebelión en la granja, “si algo significa la libertad es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír”.

jueves, 12 de marzo de 2015

Hacia una ciudadanía europea

L
a filosofía moral y política nos enseña que la ciudadanía es la condición de los ciudadanos, es decir, lo que distingue a determinadas personas como tales y los diferencia de los súbditos. Y es que los ciudadanos, en rigor, antes de ser meros habitantes de un país, por más que esa sea también una acepción del término, son sólo aquellas personas a las que se les reconoce una serie de derechos, aquellos seres humanos que son reconocidos como sujetos de derechos. Ello significa reconocer al individuo su derecho a tener derechos, en definitiva, que se le reconozcan sus derechos fundamentales, aquellos que éticamente consideramos que son inherentes a la dignidad humana. Es pues el reconocimiento de los derechos humanos lo que otorga la carta de ciudadanía y puesto que existen diferentes tipos de derechos humanos existen también diferentes clases de ciudadanías, todas ellas igualmente importantes.     
            Como acertadamente ha mostrado Javier Muguerza, tales derechos humanos sólo son exigencias morales hasta que son recogidos en el ordenamiento jurídico, pero una vez incorporados son derechos de los individuos precisamente porque son exigibles, lo cual supone que debe haber alguna instancia a la que el individuo, el ciudadano en tanto que portador de derechos, pueda exigir que cumpla con su obligación de garantizar el respeto de sus derechos. Esta instancia, desde las revoluciones americana y francesa que dieron origen a las democracias modernas, ha sido por lo general el Estado nación, pero nada hay que obligue, desde una perspectiva teórica, a que tenga que ser así. Por lo demás, esa es la razón de que los ciudadanos lo sean siempre de un país, es decir, de un Estado, pues este está obligado a garantizar que los derechos de sus ciudadanos son respetados, pero no está obligado para con el resto de los individuos pues, de hecho, no les reconoce la ciudadanía.
            El ideal cosmopolita que uno suscribe abogaría por una ciudadanía mundial, por que todos los seres humanos fuésemos considerados como ciudadanos del mundo. La existencia de una ciudadanía mundial obligaría a que existiera asimismo una instancia global que garantizara el cumplimiento de los derechos universales de los individuos, una instancia a la que, sin ser un macro Estado mundial, los Estados hubieran de rendir cuentas. Se trataría de una suerte de ONU pero verdaderamente democrática y con auténtica capacidad para que sus resoluciones fueran acatadas por todos, individuos y Estados; en suma, algo similar a lo que Kant apelara en Hacia la paz perpetua cuando se refería a la necesidad de que se constituyera “una federación de pueblos que, sin embargo, no debería ser un Estado de pueblos”. Y en ausencia de una institución de esas características se me antoja exigible que la Unión Europea pudiera operar como tal aunque fuese sólo vinculante para los europeos. Pues el reconocimiento de la ciudadanía europea implicaría la existencia de unas instituciones europeas plenamente democráticas que habrían de garantizar los derechos de todos los europeos por igual. Y puesto que estos derechos no sólo son los civiles y políticos sino también los económicos, sociales y culturales, una Unión Europea digna de ese nombre habría de garantizar la ciudadanía en todas esas dimensiones de sus ciudadanos, sin importar si estos son griegos o alemanes, españoles o franceses.

viernes, 27 de febrero de 2015

El argumento 'boelógico'

E
l hecho de que el Partido Popular se negara sistemáticamente a condenar en el Parlamento la dictadura franquista hasta el año 2002 da una muestra de cuál es la herencia ideológica de la derecha española, esa que se pretende la representativa del liberalismo y se halla, ¡ay!, tan lejos de los principios defendidos por autores como Locke, Kant, Stuart Mill o el mismísimo Adam Smith. Sus reaccionarias ideas en contra de los derechos reproductivos de las mujeres y del papel de la religión en la sociedad revelan que los principios del nacionalcatolicismo siguen siendo constitutivos del ideario pepero. Ahora, el nuevo currículo de la asignatura de Religión Católica publicado en el Boletín Oficial del Estado (BOE) vuelve a poner de manifiesto la añoranza del PP de aquella España que se veía a sí misma como la reserva espiritual de Occidente.
            Y es que el BOE viene a señalar que Dios existe, en serio. En la historia de la filosofía, como bien saben nuestros alumnos de bachillerato y pronto dejarán de saber por obra y gracia del ministro Wert, ha habido distintos intentos de demostrar racionalmente la existencia de Dios, los cuales se resumen en tres: el argumento ontológico, el argumento cosmológico y el argumento físico-teológico, también llamado físico-teleológico. Sin entrar en detalles, me gustaría recordar que el propio Kant, por lo demás creyente, se encargó con gran lucidez de desmontar cada uno de estos argumentos y concluyó que la razón teórica es incapaz de probar que Dios exista, pues el conocimiento no puede traspasar los límites de lo empírico. Sin embargo, Kant no podía contar con la aparición de un nuevo argumento, el argumento boelógico podríamos llamarlo, el cual viene a consistir en derivar la existencia de Dios de afirmar y publicar en el BOE que Dios existe. Porque lo que se publica en el BOE es lo que es, si no ontológicamente, al menos sí oficialmente. De ahí la gravedad del asunto.
         Que el Estado afirme de manera oficial, a través de su propio boletín, que Dios existe no es una cuestión baladí. Al menos no lo es para quienes creemos que el Estado, si es social, democrático y de derecho, tiene que ser laico o aconfesional, que es lo mismo; es decir, tiene que ser independiente de cualquier confesión religiosa. Pues la laicidad del Estado no sólo no atenta contra la libertad religiosa, la libertad de culto, sino que es la única garantía, la mayor al menos, de que se respetan las creencias o increencias de cada cual, tal como se recoge en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero esto es algo que ni la Conferencia Episcopal ni el Partido Popular acaban de entender, acaso porque confunden Estado democrático de derecho con Estado teocrático de derechas.

domingo, 22 de febrero de 2015

Monedero en un país de broma

P
agan con dinero fotocopiado a los vendedores de un goya falso”. Así reza el titular de una noticia que ha salido publicada estos días. Semejante texto bien podría figurar en la portada de El Mundo Today, pero no es el caso: la noticia de marras aparece en la sección de Cultura del muy serio diario El País. A uno personalmente, que no se dedica a invertir en arte más que nada porque no tiene nada que invertir, poco habría de importarle cómo se las ventilan los compradores y vendedores de cuadros y cómo intentan estafarse mutuamente, pero no deja de llamarme la atención que tanto los hermanos que intentaban colar el falso goya como el intermediario del supuesto jeque que lo compró hayan resultado ser unos auténticos timadores. La noticia, qué quieren que les diga, ilustra a la perfección el país en el que vivimos: un lugar donde no sólo este tipo de noticias sino también las más serias, las del mundo de la política, parecen las propias de un país de broma.
            Es este, en efecto, un país extraño en el que tradicionalmente a los que roban, sobre todo si roban mucho y nos roban a todos, los convertimos poco menos que en héroes nacionales. Dicen algunos que la corrupción es algo inherente a la cultura española y argumentan que la existencia de la picaresca, ese género literario tan arraigado entre nosotros, es buena prueba de la veracidad de su afirmación. Mas yo tengo para mí que las argucias de los pobres para llevarse algo a la boca, que es lo que se ensalza en la picaresca, poco tienen que ver con la desvergüenza con la que las élites nos han ido sumiendo en la pobreza en los últimos años. Por lo demás, la aceptación de la corrupción guarda mayor relación con la incultura que con la cultura, pues las sociedades educadas, los pueblos ilustrados, no aceptan de buen grado que se les robe sin más ni que les pisoteen sus derechos. Y acaso sea esa una de las razones, el hecho de que los españoles de hoy son, en general, mucho más cultos que los de antaño, por las que la corrupción ya no se ve de la misma manera: hoy la corrupción ya no causa gracia, más bien al contrario, genera indignación.
          Es esa indignación ante la corrupción la que, en buena medida, alimenta a Podemos, de ahí que el caso Monedero haya generado tanta expectación, con la ayuda, claro está, de los grandes medios de comunicación, siempre fieles a las élites, que pretenden hacernos creer que los ERE de Andalucía o la trama Gürtel son comparables a la declaración complementaria de Juan Carlos Monedero. Y, sin embargo, aun no siendo comparable, es suficiente para sembrar la desconfianza. Pues el hecho de que Monedero haya presentado una declaración complementaria y, consecuentemente, haya tenido que desembolsar 200.000 euros sólo puede significar que en la declaración original no había declarado todo lo que debía. Y así las cosas, por más que al presentar voluntariamente la declaración complementaria sin que se la haya reclamado Hacienda ya no haya delito ni fraude fiscal, Monedero debería apartarse de Podemos, porque ha dejado de ser digno de confianza. Y si se mantiene en su puesto, Podemos no se podrá presentar a sí misma como la alternativa para que las noticias de política dejen de ser las propias de un país de broma, como la de los timadores a la que aludíamos al comienzo de este artículo. 

sábado, 14 de febrero de 2015

La nueva política

D
icen los de Podemos que ellos no son de derechas ni de izquierdas porque los polos en el debate político han cambiado. Ahora la contienda se da, Podemos dixit, entre los de arriba y los de abajo, o entre los partidarios de la vieja política y los que apuestan por la nueva política. Más allá de si este nuevo dualismo resulta excesivamente simple, tampoco es que la dicotomía tradicional fuese muy sofisticada, lo cierto es que los postulados de esta nueva formación política la sitúan claramente en el lado izquierdo del universo ideológico. Incluso si nos atenemos a su terminología, parece bastante claro que la izquierda ha pretendido siempre representar los intereses de los de abajo, frente a la derecha que defiende los privilegios de los de arriba, para lo cual ha reivindicado nuevas formas de hacer política, más progresistas, frente a las viejas políticas conservadoras propias de la derecha.
            El no querer identificarse ni con la derecha ni con la izquierda responde, según creo, a la pretensión de Podemos no tanto de situarse más allá de las ideologías, sino más bien de desligarse de los partidos políticos tradicionales, pues todos ellos forman parte de lo que Podemos denomina la casta, una suerte de estamento superior constituido por la alianza entre las élites económicas y políticas. Incluso es una forma de mostrar su disconformidad con la manera en que se ha venido entendiendo la democracia y de mostrar su, en principio, clara apuesta por una democracia más participativa y directa, por una verdadera democracia, tal como reclamaban los indignados del 15-M y la plataforma que dio lugar a dicho movimiento, Democracia Real Ya. Y es que Podemos es en buena medida heredero del 15-M, un movimiento que también decía no ser ni de derechas ni de izquierdas, pero cuyas proclamas lo situaban igualmente en el lado siniestro de la política. ¿Acaso la derecha ha reivindicado alguna vez como suya la apuesta por la democracia radical?
           Es por su por su decidida voluntad de arremeter contra las élites económicas y gubernamentales para avanzar hacia una mayor igualdad social, por su clara apuesta por la horizontalidad en las formas de hacer política, por lo que Podemos contó desde que se presentó a las elecciones al Parlamento Europeo con mis simpatías. Mas es también por lo mismo por lo que me resultó más atractiva la candidatura de Pablo Echenique que la de Pablo Iglesias, por lo que lamento que en elecciones a los consejos ciudadanos como las de Barcelona, a pesar de que el resultado fue muy igualado, la candidatura vencedora no integrara en el consejo a nadie de la lista alternativa. Ahora se acaban de celebrar elecciones a los consejos ciudadanos de Canarias y aunque he apoyado la candidatura de Contigo Podemos en la Comunidad Autónoma y en Gran Canaria, espero que, gane quien gane, en el consejo resultante estén representados todos. Lo contrario sería una extraña manera de empezar a hacer nueva política en Canarias.

domingo, 1 de febrero de 2015

La conquista de la democracia

C
uando se inició la crisis que todavía hoy estamos padeciendo, allá por el año 2007 o 2008, no fueron pocos los que se apresuraron a tratar de encontrar el lado positivo de la misma. Es cierto que la crisis  tiene multitud de efectos negativos, pero también podemos verla como una gran oportunidad, venían a decirnos en un intento de persuadirnos de que gracias a la crisis nuestro abotargado ingenio iba a tener que ponerse en marcha. En el fondo era otra manera de decir que la sociedad en su conjunto era responsable de la situación y que si bien había sido el hecho de mantener una actitud acomodada lo que nos había llevado a perseverar en hacer las cosas mal y lo que, finalmente, había desembocado en la mayor crisis después de la del 29 a este lado del mundo, en lugar de sumirnos en la desesperación debíamos estar contentos con el desmoronamiento al que estábamos asistiendo porque tal catástrofe constituía algo así como la condición de posibilidad de que los ciudadanos empezáramos a hacer las cosas bien.
            Han pasado ya 7 u 8 años, según la fecha que fijemos de inicio, y aquella crisis sigue causando estragos, por más que Rajoy y compañía se empeñen en decirnos lo contrario. Así que si alguien creyó alguna vez que la crisis abría un tiempo de nuevas oportunidades supongo que a estas alturas ya habrá dejado de creerlo, como tampoco quedarán muchos que piensen que la debacle económica y social que hemos venido sufriendo durante todo este tiempo se debe a que durante los años anteriores a la eclosión de la crisis vivimos por encima de nuestras posibilidades. La crisis se ha revelado como la gran estafa que es, como atestiguan el incremento de los índices de desigualdad y el progresivo, más bien debiéramos decir regresivo, deterioro de las condiciones de vida de la mayoría: la pérdida de derechos laborales, la disminución de los ingresos, las cada vez mayores tasas de paro, el incremento de la pobreza, la precariedad laboral, los desahucios, el empeoramiento de las condiciones en la asistencia sanitaria, la maltrecha situación de la educación son buenas muestras de lo que digo. Y todo ello mientras los más favorecidos de la sociedad no han hecho sino aumentar su riqueza.
           Hoy es difícil mirar al futuro con optimismo y aunque resultara cierto el pronóstico de los más optimistas, por lo demás harto improbable, de que saldremos de esta crisis más reforzados, lo cierto es que la gran cantidad de víctimas que ya se han quedado por el camino nos impedirían recordar estos años como un simple tiempo de tránsito. Y, sin embargo, si algo bueno han traído tantas desgracias es la progresiva toma de conciencia de que es necesario un cambio: no un cambio que incremente nuestra competitividad, eleve nuestra productividad, mejore la calidad, haga subir la rentabilidad y, en fin, consiga que crezcan los índices de todos esos términos que gustan tanto a los adalides del pensamiento único, sino un cambio genuino que conlleve una transformación profunda en la manera de organizar la sociedad, la polis, en la forma de hacer política: un cambio hacia la conquista de la democracia. Y acaso ese cambio se haya iniciado ya. 

lunes, 26 de enero de 2015

Contra la 'mamanza'

P
ertenezco a una generación en la que, mal que bien, todos hemos jugado al fútbol alguna vez, al menos los hombres. En efecto, los que nacimos en los 60, pasábamos buena parte de nuestro tiempo libre jugando a la pelota, una práctica que, sin saberlo, nos fue adiestrando en el ejercicio de la democracia, pues en ella las decisiones públicas, las que afectan a todos, deben ser tomadas entre todos, algo que sin mayores elaboraciones teóricas hacíamos cada vez que jugábamos un rato. Por supuesto no hablo ahora de quienes jugaban en un equipo federado ni nada por el estilo, que ya sabemos todos que se organizan de un modo más bien poco democrático, sino que me estoy refiriendo a cómo los chiquillos de entonces nos organizábamos para llevar a cabo una acción colectiva, jugar un partido de fútbol, que requería someterse a unas reglas sin que hubiese ningún tipo de autoridad que las impusiese, ya que lo de los árbitros quedaba, y queda, para otras esferas de la práctica futbolera.
            En efecto, cuando echábamos aquellos memorables partidos, sólo era necesario que alguno de los jugadores gritara “¡falta ahí!” para que se detuviera el juego y se atendiera la solicitud del jugador de marras. Ciertamente un sistema tal daba pie a discusiones pero, en general, funcionaba bastante bien. Entre las excepciones más sonadas al buen funcionamiento de este sistema se encontraba la tan conocida como denostada por todos, o casi todos, consistente en las pretensiones del dueño del balón de ser el juez supremo en todo lo referente al partido. ¿Quién no concedió nunca un penalti para que el susodicho no cumpliera con su amenaza de llevarse la pelota? Claro que las concesiones tienen un límite. Y aunque en ocasiones estuviéramos dispuestos a dejar que el propietario de la pelota hiciera los equipos, éstos debían guardar un cierto equilibrio, porque si el dueño del balón o algunos otros listillos pretendían que en un equipo jugaran sólo los buenos y en el otro los peores, éstos rápidamente protestaban al grito de “¡ustedes lo que quieren es la mamanza!” y se negaban a jugar. Y tal es y era el poder de la negación, del disenso frente a consensos injustos, que normalmente se conseguía que los equipos estuvieran compensados recurriendo al célebre método del capitán de uno y capitán de dos: los capitanes iban eligiendo a los jugadores alternativamente y aunque el capitán de uno, que bien podía ser el dueño del balón, tenía cierta ventaja porque elegía primero, los equipos resultantes eran ciertamente equilibrados.
           Hoy en día la mamanza en Europa la tiene la alianza entre las élites políticas y económicas y para ponerle freno a dicha mamanza sólo cabe, como cuando éramos niños, el disenso. Esto es lo que ha entendido la ciudadanía griega dándole un voto de confianza a Syriza que se ha revelado como la gran esperanza no sólo de los griegos sino de buena parte de la Europa empobrecida que se reparte por toda la Unión Europea pero, ciertamente, abunda más en los países del sur, no digamos en regiones ultraperiféricas como Canarias. Y para decir No con más fuerza a las políticas de austeridad que sólo han traído más deuda y más pobreza a los ciudadanos será necesario que la fórmula del disenso frente a la mamanza se extienda y que las izquierdas de Europa accedan a las instituciones. Porque aunque quienes quieren seguir teniendo la mamanza frente al resto amenacen con llevarse el balón, ha llegado el momento en el que los ciudadanos les digamos tan pacífica como firmemente que sin nosotros no se puede jugar el partido europeo. 

sábado, 17 de enero de 2015

¿Qué va a quedar de la democracia?

A
ntes de que los islamistas llevaran a cabo el atentado terrorista contra la libertad de expresión en París, Europa ya había dado muestras de una incipiente y a la vez preocupante islamofobia. Prueba de ello son las manifestaciones que con anterioridad a los asesinatos de los humoristas gráficos de la revista satírica Charlie Hebdo tuvieron lugar en Berlín y otras ciudades alemanas bajo el no menos satírico lema: “Contra la islamización de Occidente”. En realidad, el lema de marras no era nada satírico porque iba completamente en serio, si no, a lo mejor habría tenido hasta gracia. Pero la imagen de multitud de personas clamando por la esencia de Occidente, algunas de ellas portando cruces de fuego, lejos de causar risa lo que genera es preocupación, y hasta miedo, máxime tratándose de un lugar como Alemania con un pasado no tan remoto impregnado por la barbarie.
            Por fortuna, son muchos los que toman conciencia de que los islamistas que amenazan a la libertad, siendo como son ciertamente peligrosos, no pueden ser representativos de los 1500 millones de musulmanes que hay en el mundo. Son los mismos que saben que tan sagrado es el derecho a la libertad de expresión como el derecho a la libertad de culto, pues ambos son derechos fundamentales de las personas y como tales se hallan recogidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. Y es que todos los derechos humanos tienen el mismo valor y no se puede conculcar unos con el pretexto de salvaguardar otros. Son en ese sentido inseparables e interdependientes, como, por cierto, saben bien nuestros alumnos de secundaria gracias, entre otras, a la asignatura de Educación para la Ciudadanía y Derechos Humanos que el ministro Wert, sus compañeros del PP y el fundamentalismo católico español, que haberlo haylo, encuentran tan peligrosa. Quienes no estamos dispuestos a ceder un ápice a la islamofobia sabemos también que ésta no consiste, ni mucho menos, en la crítica, ni siquiera en la mofa de las creencias religiosas de los musulmanes, pues una cosa es que todos tengamos derecho a la libertad de culto y otra bien distinta que las distintas creencias e increencias no puedan ser sometidas al juicio crítico y, por qué no, convertirse en objeto de la sátira.
            Con todo, y aunque los brotes islamófobos me parezcan ciertamente preocupantes, más alarmante me resulta la respuesta de los líderes europeos a la amenaza islamista. Y es que el atentado contra Charlie Hebdo ha servido de pretexto para volver a sacar a la palestra, como ya ocurriera tras el 11-S o el 11-M, el debate entre seguridad y libertad. Se trata, como ya afirmara entonces, de un falso dilema, porque en realidad, las sociedades más seguras del mundo son aquellas en las que los ciudadanos son más libres. Y es que en el siglo XXI la seguridad no puede consistir en otra cosa que en la mayor garantía posible de que no se violan los derechos fundamentales de los individuos. Por ello defender la seguridad a costa de la libertad es un sinsentido. Un sinsentido que, no obstante, los gobernantes europeos parecen haber asumido en lo que constituye un nuevo ataque contra la dignidad de la ciudadanía: la crisis les sirvió de pretexto para deteriorar los derechos económicos, sociales y culturales, y ahora la amenaza terrorista les sirve para arremeter contra los derechos civiles y políticos. ¿Qué va a quedar de la democracia?      

martes, 13 de enero de 2015

¿Todos somos 'Charlie Hebdo'?

E
l atroz atentado perpetrado la semana pasada contra los periodistas de la revista satírica francesa Charlie Hebdo ha hecho correr ríos de tinta. La mayor parte de los comentaristas asimila la matanza a los atentados del 11-S en Nueva York, del 11-M en Madrid o del 7-J en Londres, mas tengo para mí que por mucho que el integrismo islámico esté detrás de los atentados terroristas y del asesinato de los periodistas, se trata de cuestiones diferentes. Y es que la barbarie cometida por los islamistas en las Torres Gemelas, los trenes de Atocha o el metro londinense constituye un ataque del islamismo a Occidente, sin matices, similar por cierto a los ataques con drones realizados por Estados Unidos contra civiles en diversos lugares del mundo o a los bombardeos contra la población civil de Gaza a los que Israel nos tiene acostumbrados. Pero el atentado terrorista contra los humoristas de Charlie Hebdo no tiene un objetivo indiscriminado, sino que constituye un atentado contra la libertad de expresión, lo que lo hace aún más grave.
            Atentar contra la libertad de expresión reviste de mayor gravedad a los asesinatos porque, de repente, nos podemos sentir amenazados. No es que los otros atentados terroristas no nos hayan atemorizado, pero no tienen capacidad por sí mismos para hacer cambiar la conducta de las personas: la gente, con miedo o sin él, no deja de acudir a su puesto de trabajo, de viajar en tren o de coger el metro por temor a un atentado. Pero si matan a humoristas gráficos por mofarse de Mahoma cabe la posibilidad de que los columnistas, tertulianos y las personas en general se lo piensen dos veces antes de expresar sus opiniones con libertad y eso es, a mi modo de ver, muchísimo más peligroso. Porque el derecho a la libertad de expresión es uno de los derechos humanos fundamentales y, por ende, es uno de los pilares básicos de la democracia. Sin libertad de expresión no hay dignidad posible.
            Es por ello que uno no puede sino alegrarse de la contumaz respuesta de los principales medios de comunicación a la barbarie islamista: “Todos somos Charlie Hebdo”, a la que, espontáneamente, se han sumado multitud de personas.  Sin embargo, no deja de ser sorprendente que los progresistas más cortos de miras se hayan rasgado las vestiduras porque algunos medios conservadores que en ocasiones han publicado editoriales críticos con revistas satíricas como El Jueves o Mongolia, cuyas portadas han encontrado ofensivas o desmesuradas, se hayan sumado a la campaña de solidaridad con la revista francesa. Es la misma confusión de quienes se han apresurado a escribir “Yo no soy Charlie Hebdo”, para dejar claro que en absoluto comparten el sentido del humor de la revista de marras.
          Ni unos ni otros parecen entender que ser hoy Charlie Hebdo no significa necesariamente identificarse con su línea editorial, sino sólo solidarizarse con su derecho a tenerla y que defender el derecho a la libertad de expresión implica, también, defender el derecho de los medios conservadores a criticar las portadas de las revistas satíricas que quieran, así como el derecho de las revistas satíricas a mofarse de quien deseen. Cuestión distinta es la inadmisible hipocresía de algunos líderes políticos como Mariano Rajoy, que después de aprobar la Ley Mordaza en España acude a la manifestación de París contra el terrorismo y en defensa de la libertad de expresión, o el secretario general de PSOE, Pedro Sánchez, que ya no recuerda que en 2007, cuando aún gobernaba el ZuperPresidente, la Audiencia ordenó el secuestro de una edición de la revista El Jueves a instancias de la Fiscalía General del Estado. 

miércoles, 7 de enero de 2015

Sin razones para el 'oPptimismo'

D
ice Mariano Rajoy que el año 2014 ha sido el de la recuperación económica y que el que ahora comienza va a ser el año en el que la economía española despegue definitivamente. Tal afirmación recuerda bastante a los brotes verdes de los que en su día hablara el ZuperPresidente, aquellos que nunca llegaron a pegar y que tan rápidamente fueron devorados por la insaciable crisis. Pero ahora las cosas son distintas, Rajoy dixit, porque los números macroeconómicos avalan la tesis mariana. Y es que según el Ppresidente, por primera vez desde que empezó la crisis, España cierra el año con cuatro trimestres consecutivos de crecimiento económico, lo cual ha permitido que comience a crearse empleo, como prueba el hecho de que el número de afiliados a la Seguridad Social se haya incrementado un 2 por ciento. Claro que el empleo generado no ha servido aún para que España, con una tasa de desempleo del 23.9 por ciento, deje de ser el país con más paro de la Unión Europea después de Grecia.
            Este crecimiento sostenido de la economía es el que lleva a Rajoy a mostrase tan optimista de cara al futuro, pues en 2015, siempre siguiendo las previsiones del Gobierno, la economía española crecerá por encima del 2 por ciento. Y digo yo que si esto es así, cabe esperar que las condiciones laborales mejoren de forma ostensible: si en 2014 el Gobierno se desmelenó y subió el salario mínimo interprofesional la exorbitante cantidad de 3 euros, igual este año nos vuelve a sorprender y lo suben 5 euros más y llegamos a los 653 eurazos. ¡Ahí es nada! Para que luego digan que la derecha no mira por la clase trabajadora. Aunque para optimistas el ministro de Economía, Luis de Guindos, quien aseguraba hace unos días en la cadena Ser que entre los que han mantenido su empleo se ha perdido el miedo a perder el puesto de trabajo. Y si a esos les sumamos los millones de trabajadores en paro, añado yo, pues ya tenemos un montón más sin miedo a perder el curro.
            Mas el optimismo del ministro De Guindos no termina ahí, porque también asegura que en 2015 se crearán, como mínimo, 800.000 puestos de trabajo. Ojalá tenga razón, pero ojalá que no sea como el empleo generado este año que acaba de terminar que no sirvió para mejorar el bienestar social tan sensiblemente como presume el Ppresidente. Y es que el empleo creado en 2014 ha sido, por lo general, de mala calidad: sólo el 8 por ciento de los nuevos contratos son indefinidos, se han incrementado los contratos a tiempo parcial y ha seguido creciendo la denominada pobreza laboral, fenómeno que se da cuando el trabajador, aun teniendo un puesto de trabajo, sigue siendo pobre, que es la prueba más fehaciente que se puede encontrar de que la explotación laboral, por si alguien aún lo dudaba, sigue siendo tan real como la vida misma. Y así las cosas no encuentra uno razones para tanto oPptimismo.

jueves, 11 de diciembre de 2014

A vueltas con la violencia

L
a violencia ha sido el tema estrella en los círculos mediáticos en las últimas semanas, a raíz del enfrentamiento entre los miembros del Frente Atlético y los del Riazor Blues que, como se sabe, se saldó con el fallecimiento de un hombre. La tan absurda como trágica muerte del hincha del Deportivo ha dado pie a múltiples reflexiones sobre la violencia en el mundo del fútbol, así como en otros ámbitos de la sociedad. Y aunque en la última entrega de LUCES DE TRASNOCHE ya mostraba yo mi disconformidad respecto a cómo se ha enfocado, por lo general, este asunto, pues, en mi opinión, nuestra sociedad, aun siendo violenta, lo es menos que en otras etapas de nuestra historia reciente, no digamos ya de la historia más remota, lo cierto es que en la actualidad muchas personas siguen siendo víctimas de la violencia, razón por la cual finalizaba el artículo con la promesa de volver a hablar sobre este tema, más concretamente sobre esas formas de violencia que se siguen sufriendo en el presente.
            Si hablamos de formas de violencia, lo primero que habría que señalar es que, en efecto, existen distintos tipos: violencia directa, por una parte, y violencia estructural, por otra, por más que ambas puedan darse a la vez. La primera es la violencia que tiene lugar cuando se produce una agresión, ya sea física o psíquica, de forma inmediata, es decir, sin mediación alguna entre el agresor y el agredido: golpes, maltratos físicos, humillaciones, degradaciones morales serían ejemplos de este tipo de violencia que es fácilmente identificable como tal. La segunda, en cambio, suele darse más bien de manera mediata y es la violencia que consiste en la violación de los derechos humanos. Se trata de una forma de violencia, la estructural, que no siempre se identifica como tal, pues puede ejercerse sin que haya agresiones directas.
           Acaso la máxima expresión de la violencia directa sea la guerra y por ello mismo nuestra sociedad es en ese sentido mucho menos violenta que en otras etapas de nuestra historia reciente. Incluso si atendemos a otras formas de violencia directa que van desde los asesinatos motivados por espurios intereses a las simples peleas callejeras, parece claro que no es ésta una forma de violencia que sea especialmente preocupante en la actualidad. Mas si atendemos a la violencia estructural, a la conculcación de los derechos humanos y, por ende, a la falta de respeto a la dignidad humana, sólo podemos concluir que por más que con la llegada de la democracia tal violencia haya menguado, nuestra sociedad sigue soportando unos niveles de violencia inadmisibles. Así lo atestiguan, por ejemplo, los datos relativos a los niveles de pobreza y de desigualdad que constituyen una de las más claras expresiones de la violencia estructural a la que nos estamos refiriendo. 

martes, 9 de diciembre de 2014

¿Una sociedad más violenta que 'antes'?

L
a muerte de Francisco Javier Romero Taboada, el hincha del Deportivo de La Coruña que falleció en la batalla campal protagonizada por el Frente Atlético y los Riazor Blues el pasado 30 de noviembre, ha hecho que en España se disparen las alarmas ante la presencia de la violencia en el fútbol y en otros ámbitos de la vida social, con el consiguiente eco mediático o, quizás, gracias precisamente a la atención prestada por los medios de comunicación a este asunto. Y es que, en efecto, durante días no ha habido tertulia radiofónica o televisiva ni sección de opinión en la prensa escrita en la que no se haya tratado una y otra vez el problema de la violencia. Desde luego parece claro que la muerte de un hombre de forma tan absurda bien merece una reflexión colectiva, pero tengo para mí que en muchas ocasiones el enfoque con el que se pretende analizar esta cuestión no es del todo adecuado.
            Mas antes de entrar en este asunto no quisiera dejar de señalar mi sorpresa ante la atención mediática que esta cuestión ha concitado. Y no porque el tema no lo merezca sino porque en España llevamos mucho tiempo viendo cómo la violencia machista se ceba sobre las mujeres y son ya muchas las que han muerto a manos de sus maridos, parejas o exparejas sin que ello haya ocasionado nunca tal revuelo mediático. Todos sabemos que cuando se ha perpetrado un crimen de estas características los medios de comunicación informan del suceso pero no le dedican un lugar central en todas las tertulias políticas ni espacios informativos durante tantos días. Y así las cosas la indignación de muchas mujeres ante la diferencia de trato es absolutamente razonable. Será que el fútbol sigue siendo cosa de hombres.
          Lo que acabamos de decir con respecto a la violencia de género bien podríamos extrapolarlo a otras formas de violencia que están presentes en nuestra sociedad diariamente, con sus víctimas y sus victimarios, y que sin embargo no suelen constituir el objeto de análisis de nuestros sesudos tertulianos. Sin embargo, no es sobre eso sobre lo que yo quisiera hoy mostrar mis discrepancias, sino sobre otro asunto en el que todo el mundo parece estar de acuerdo, siquiera sea de forma tácita. Y es que cuando uno presta atención a los planteamientos de los analistas y las informaciones pretendidamente objetivas relativas a la violencia se queda con la sensación de que no sólo nuestra sociedad es violenta sino que es más violenta ahora que antes. Un antes que, por descontado, no se concreta nunca a qué momento histórico se refiere. ¿Es nuestra sociedad más violenta que en los años 30, cuando los españoles se enfrentaron entre sí en una cruenta guerra civil? ¿Acaso la España franquista fue menos violenta que la actual? ¿Y la de los inicios de la democracia, cuando, por poner un ejemplo, todavía los profesores pegaban en los colegios? Nuestra sociedad es violenta, sí, pero menos que antes. De esas violencias del presente hablamos otro día.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

No a la guerra, una vez más

C
uando a finales de 2010 y principios de 2011 estallaron las que se dio en llamar las primaveras árabes, muchos fuimos los que, desde este lado del mundo, pensamos que con estas revueltas ciudadanas, pacíficas, en contra de los regímenes autoritarios y a favor de la democracia y los derechos humanos, se abría una senda de progreso y esperanza en los países del Magreb. La marea revolucionaria no tardó en expandirse por todo el norte de África y llegar a Oriente Próximo. Incluso el movimiento 15-M en España, que luego llegaría a otros lugares de Europa y de Estados Unidos, es en buena medida heredero de las primaveras árabes. Sin embargo, la esperanza de un cambio pacífico que trajera un tiempo de progreso político y social se vio pronto truncada cuando las protestas en Libia devinieron en cruenta guerra civil por el empecinamiento de Gadafi en aferrarse al poder. Fue el principio de la degeneración de un movimiento que, insisto, nos ilusionó a muchos.
            Lo ocurrido en Egipto fue el siguiente paso. Tras el derrocamiento de Mubarak se abrió un proceso constituyente y se celebraron elecciones libres. Pero entonces ocurrió lo que nadie esperaba: vencieron los Hermanos Musulmanes y, nada más hacerse con el poder, redactaron una constitución a su medida, lo cual es contrario a los principios democráticos más elementales y moral y políticamente inaceptable. Sin embargo, la solución al problema fue aún más deleznable: un golpe de Estado militar, liderado por Abdul Fatah al-Sisi, derrocó al presidente electo, Mohamed Morsi, y derogó la constitución. Se abrió así una época de ilegalización y persecución de los Hermanos Musulmanes, con detenciones, torturas y hasta ejecuciones. Y todo ello con el visto bueno de las potencias occidentales.
           Mas probablemente donde la barbarie que siguió a las primaveras árabes causó más estragos, y sigue causándolos, fue en Siria. Las protestas pacíficas, en principio, en contra del presidente Bashar al-Asad obtuvieron una represión brutal como respuesta por parte del tirano, que no dudó en perpetrar un genocidio con tal de seguir en el machito. Desde entonces Siria se halla sumida en una guerra civil que ha costado la vida a más de 190.000 personas, según la ONU. El último capítulo de esta sinrazón lo está escribiendo el denominado Estado Islámico, una escisión de Al Qaeda que ha fundado un califato y controla un territorio repartido entre Siria e Irak en donde, según parece, ha materializado aquello que hasta ahora Al Qaeda sólo prometía. Las atrocidades cometidas por el Estado Islámico y difundidas a través de las redes sociales y los medios de comunicación, con torturas, crucifixiones y muertes a cuchillo, son una buena muestra del proceder de estos bárbaros. Sin embargo, no estoy tan seguro de que ello justifique una intervención militar por parte de Estados Unidos y sus aliados árabes y occidentales en la zona. No más al menos que los niños muertos en Gaza a causa de las bombas de Israel, los ejecutados por el gobierno golpista de Egipto o los miles de asesinados por el genocida declarado Bashar al-Asad, que será, no lo olvidemos, el gran beneficiado. ¿A cuántas personas inocentes matarán las bombas de la coalición internacional, nuestras bombas? Hoy, una vez más, creo que debemos decir No a la guerra.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Pujol y el derecho a decidir

E
l pasado jueves se celebró, como cada 11 de septiembre, la Diada en Cataluña, con un nivel de participación espectacular, a pesar de los casos de corrupción que rodean a parte del nacionalismo catalán y el interés de la derecha española en vincular una cosa y otra. Ya decíamos hace unos días que uno de los hechos noticiables acaecidos este verano ha sido el descubrimiento de que el otrora honorable Jordi Pujol, pretendido padre de la patria catalana, es un chorizo, o una butifarra si se prefiere, pero un corrupto al fin. Hablo de descubrimiento porque la mayor parte de nosotros desconocíamos esa faceta pujoliana que, por lo visto, es cosa de familia. Claro que siempre aparecen los que, a posteriori, por supuesto, ya lo intuían. Pero los que verdaderamente me llaman la atención son quienes, pese a la confesión hecha por el propio Pujol, siguen clamando la inocencia del gran hombre del nacionalismo catalán.   
            Tal es el caso de uno de nuestros más famosos pluriasalariados, que no pluriempleados, Felipe González, quien niega la mayor y se empeña en afirmar la inocencia de Pujol. Y es que al decir de González, el bueno de Jordi no sólo no es corrupto sino que es casi un santo, pues se inculpa a sí mismo para proteger a sus hijos. ¡Qué conmovedor! González, con la lucidez que le caracteriza, considera la confesión poco creíble porque, se plantea, quién en Cataluña iba a entregar toda su herencia a uno solo de sus hijos sin dejar nada para su hermana. Un argumento de lo más sólido que en adelante habrá que incluir en los manuales de Lógica. Silogismo felipélico, podríamos llamarlo. Claro que la hermana del ex honorable no las tiene todas consigo y lo primero que hizo al enterarse de la herencia millonaria en el extranjero es preguntarle públicamente a Jordi: “¿Pero de qué herencia hablas?”, imaginamos que más preocupada por lo que su querido hermano le ha robado a ella que por lo que ha defraudado a Hacienda.
           También pudiera suceder que la antes secreta y ahora famosa herencia millonaria sea una invención y que el dinero de las cuentas de Andorra tuviera otro origen distinto, acaso ilegal, lo cual, para desgracia de González, no haría sino agravar la situación de Jordi Pujol. Algo así es lo que insinuó el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, en el Congreso de los Diputados, al señalar que no se podía descartar que se hayan cometido uno o varios delitos. Pero Montoro, que también tiene una lógica muy peculiar, fue bastante más lejos y aprovechó el escándalo del caso Pujol para arremeter contra el nacionalismo catalán. “No deja de ser significativo que se haya convertido, además, de repente, en un adalid del independentismo, radicalizando discursos políticos y sacando partido personal”, dijo Montoro refiriéndose al ex president. Unas declaraciones de lo más desafortunadas porque incitan a pensar, invirtiendo la argumentación, por qué ahora que el independentismo catalán tiene más fuerza que nunca es cuando salen a la luz las corruptelas pujolianas y no, por ejemplo, en los tiempos en que Aznar, que hablaba catalán en la intimidad, fue presidente del Gobierno. Porque si grave es que Jordi Pujol se haya revelado un corrupto, más grave aún sería si nos llegáramos a enterar de que durante años se hizo la vista gorda por conveniencia política. Mas como quiera que sea, a Montoro parece haberle salido el tiro por la culata, al menos a la luz de los cientos de miles de personas que participaron en la Diada, que es posible que no sean todos independentistas, pero cuesta creer que no estén todos a favor del derecho a decidir, a pesar de Pujol.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

¡Menudo verano!

H
ubo un tiempo en el que durante el verano los periodistas que no estaban de vacaciones tenían verdaderos problemas para encontrar hechos noticiables con los que dotar de contenidos informativos a los distintos medios de comunicación en los que trabajaban. De ahí que en los meses estivales en los periódicos y otros medios abundaran las entrevistas y reportajes ligeros, frescos, propios para el verano, como gusta decir a los profesionales de la prensa. Sin embargo, parece ser que ese tiempo se ha acabado. Al menos eso es lo que indica este último verano que ya toca a su fin, en el que las noticias, ¡ay!, han proliferado. Y no se extrañen ustedes de mi lamento, pues sabido es que los acontecimientos dignos de ser publicados en los medios de comunicación no suelen ser buenos.
            En efecto, la barbarie no ha dado tregua ni siquiera en verano. Tan sólo en lo que a conflictos bélicos se refiere, en estos meses hemos tenido que estar al tanto de demasiados. Siempre son demasiados. La expansión del Estado Islámico en Siria e Irak, la obscenidad de Gaza o la guerra -o lo que quiera que sea- de Ucrania son algunas muestras de la capacidad humana para hacer positiva, directamente, el mal. Una capacidad que tiene su aspecto negativo en la incapacidad, igual de inmensa, para hacer el bien, como ha quedado reflejado en la insolidaridad occidental ante la expansión del virus del Ébola en África. Mientras los que mueran sigan siendo africanos no parece importarle a nadie. Como a nadie parece importarle las violaciones sistemáticas de los derechos humanos que se comenten a lo largo y ancho del mundo, tal como no se ha cansado de denunciar Navi Pillay, quien hasta agosto fuera la alta comisionada de la ONU para los derechos humanos.
              Tampoco el patio interior ha estado escaso de malas noticias durante este verano. Desde los casos de corrupción, con la incorporación estelar de Jordi Pujol, padre de la patria catalana que no sólo es un defraudador confeso sino que hasta que lo trincaron tenía la desfachatez de presidir una fundación con su propio nombre donde se dedicaba a hablar de ética y de valores, a la crisis social que padece España, que no afloja ni en verano, por más que la economía, según el Gobierno, se esté recuperando. Y es que los números macroeconómicos habrán mejorado, pero los pobres siguen siendo pobres y cada vez son más. La pobreza, ya saben, no se va de vacaciones. Y Canarias no es ninguna excepción. En las Islas la miseria y el paro siguen pegando duro, pese a que el número de turistas no pare de aumentar y la economía crezca a un ritmo superior a la media. Lo de siempre, unos los beneficios y los demás los sacrificios. Como con el petróleo que se nos viene encima del que ya hablaremos. Y para colmo, la vuelta al cole con la ley Wert, un auténtico atentado contra la igualdad que todos dicen defender. ¡Menudo verano hemos tenido y qué curso nos espera!