martes, 22 de agosto de 2017

La cruzada contra el reguetón

T
ras las desafortunadas y criticadas declaraciones del presidente del Gobierno de Canarias, Fernando Clavijo, a quien, después del último asesinato machista cometido en las Islas, no se le ocurriera otra cosa mejor que reducir la violencia de género al ámbito de las decisiones individuales, su compañero de partido y presidente del Cabildo de Tenerife, Carlos Alonso, decidió retirar la subvención al concierto de Maluma arguyendo que las letras de las canciones de la estrella de reguetón son machistas. Se trata, qué duda cabe, de un nuevo alarde de oportunismo político, tal como acertadamente señalara la consejera de Igualdad del Cabildo de Gran Canaria, María Nebot. Lo que no me queda claro es si tal oportunismo buscaba lavar la cara del presidente Clavijo o tenía por objeto mostrar la superioridad moral de Alonso y su mayor sensibilidad ante la violencia de género de cara a la galería.
        Elucubraciones aparte, la decisión de Alonso no ha estado exenta de polémica, no tanto por su inoportuno oportunismo sino por el hecho de que actos de este tipo constituyen un nuevo modo de censura, postcensura que se dice ahora, que no casa bien con el derecho a la libertad de expresión que, en general, se reconoce como un pilar básico de las sociedades que se pretenden democráticas y respetuosas con los derechos humanos. Y es que acciones como la de Alonso responden más a un intento de satisfacer las exigencias del imperio de la corrección y la dictadura de los ofendidos de uno y otro signo, desde la Iglesia hasta la gente progre, que a una verdadera apuesta política por la lucha contra la desigualdad. Sin duda, algunas de las letras de Maluma rezuman un machismo execrable, pero algo más tendrá para que esté en el punto de mira de los nuevos biempensantes de la sociedad, habida cuenta de que el machismo que sirve de pretexto a los martillos del reguetón está también presente en otros géneros musicales como el rock, tan aplaudido por los que se rasgan las vestiduras ante este nuevo demonio musical, no digamos ya el bolero o el tango, que tanto arraigo tienen en Canarias, o incluso el propio folclore canario.
         Y es que un día criticamos el machismo de Maluma o Daddy Yankee y al siguiente damos rienda suelta a nuestros cuerpos al ritmo del buen y genuino rock’n roll de los Mojinos en Arucas, con toda su carga de humor ácido en el que las mujeres desde luego no salen bien paradas. O nos vamos de romería y todos juntos cantamos ese himno a la servidumbre doméstica de la mujer que tiene por estribillo “pobrecillo novio, ¡ay pobre Rafael!”. Así las cosas, tengo para mí que la cruzada contra el reguetón tiene más de conflicto intergeneracional que de lucha contra la violencia de género. Por lo demás, la censura, en cualquiera de sus formas, se ha revelado ciertamente ineficaz e incluso, en ocasiones, consigue el efecto contrario del perseguido, como creo que pasa con las estrellas de reguetón, que serían auténticos desconocidos para quienes peinamos canas si no fuera porque los guardianes de la moral y las buenas costumbres se han encargado de señalarlos. Por cierto, que tengo un par de libros de filosofía publicados y aún albergo la esperanza de que alguno de estos nuevos adalides de los ofendidos del mundo les coja ojeriza y me haga famoso.

jueves, 10 de agosto de 2017

La gallina de los huevos de oro

Y
a no se puede uno ni ir de vacaciones. Se escapa uno una semanita a Fuerteventura, en realidad cinco días, que la cosa no está para demasiadas alegrías, y a la vuelta, después de ese tiempo bajo el sol majorero sin tan siquiera abrir un periódico, se encuentra con el país patas arriba porque, de repente, ha estallado un brote de turismofobia: así que en los escasos días que hemos sido turistas hemos estado expuestos, sin ni siquiera enterarnos, a los peligros de esta nueva forma de protesta que, según dicen, amenaza con acabar con la que es la primera actividad económica de España. Y es que los últimos actos en contra del turismo en Cataluña y Baleares han despertado las alertas de las élites económicas y políticas que temen que aquellos a quienes acusan de turismofobia consigan matar la gallina de los huevos de oro.
Desde luego no seré yo quien aplauda determinado tipo de actos violentos como los ataques a una guagua de turistas o a las instalaciones de una empresa de alquiler de bicicletas, por citar algunos de los altercados más sonados en los medios de comunicación en estos días, según he podido saber tirando de hemeroteca. Pero que uno esté en desacuerdo con este tipo de actuaciones no significa que deba aceptar acríticamente los desmanes de este motor de la economía que, sigamos con la metáfora, es más bien un motor de escasa cilindrada. Y es que el turismo, precisamente por su importancia, más aún en Canarias, merece ser objeto de reflexión crítica sin que por ello se nos tilde a quienes así pensamos de turimófobos. Pues si bien es cierto que el turismo constituye el pilar de la economía en las Islas y en buena medida ha contribuido a que la sociedad canaria actual sea mejor, desde prácticamente cualquier punto de vista, que la que era a mediados del siglo pasado, también lo es que no está exento de problemas.
El modelo desarrollista que se implantó en Canarias desde la década de los 60, similar al de otras zonas costeras de la Península o Baleares, es altamente agresivo y ha tenido como consecuencia, entre otros efectos negativos para el medio ambiente, la depredación del territorio, que es nuestro principal recurso. Además, a pesar de la riqueza y el empleo que genera, el turismo se ha revelado incapaz de sacar a las Islas de la pobreza, no consigue que el paro baje significativamente y, por lo general, los puestos de trabajo que crea son de poca calidad y, en muchas ocasiones, vinculados a la construcción, que es un negocio paralelo que vive del turismo y, paradójicamente, puede acabar con él. Así que, no nos engañemos, la gallina de los huevos de oro también defeca y los huevos que pone no son para todos: la clase trabajadora isleña mantiene con los grandes empresarios del turismo una relación similar a la que otrora mantenía con los caciques y exportadores agrícolas. Por ello urge que nos replanteemos el modelo de turismo que queremos, el modelo productivo, ¡y distributivo!, en general, si de verdad queremos que en Canarias se puedan alcanzar unas condiciones de vida propias de un país desarrollado. 

viernes, 7 de julio de 2017

¿Nuestra democracia se ha hecho cuarentona?

A
lguien podría pensar que la cuestión que da título a este artículo es en realidad una pregunta retórica, pues es un hecho que la democracia española acaba de cumplir 40 años, como los medios de comunicación, diferentes instituciones y personas diversas nos han recordado en estos días con distintas celebraciones, homenajes y hasta críticas. En efecto, si se toman la molestia de buscar el término cuarentón en el Diccionario de la lengua española editado por la Real Academia Española (RAE), verán que este nos remite a la palabra cuadragenario, la cual es definida como sigue: “Dicho de una persona: Que tiene entre 40 y 49 años”. Y si esto es así, ahora que se cumplen 40 años de la celebración de las primeras elecciones en España, lo que daría lugar a la Constitución del 78, entonces parece claro que nuestra democracia es cuadragenaria o cuarentona.
Sin embargo, la definición del Diccionario de la RAE señala, como hemos visto, que el término de marras tiene ese significado cuando se aplica a personas: nada dice de instituciones, regímenes políticos o períodos históricos. Por lo demás, y aunque la RAE no señale nada al respecto, tengo para mí que el adjetivo cuarentón se emplea siempre con un cierto desdén, para enfatizar que ya no se es joven, el cual deriva, qué duda cabe, de cierta sobrevaloración de la juventud. Una sobrevaloración de la que solo somos conscientes, claro está, los que ya no somos tan jóvenes, aquellos que en público señalamos con impostada autosuficiencia que la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo, pero por las noches no podemos dejar de evocar los versos de Rubén Darío: “Juventud, divino tesoro…”.
Nostalgias aparte, y volviendo a la cuestión que nos ocupa, lo cierto es que nuestra democracia es objetivamente cuarentona, si se nos permite aplicar este adjetivo a algo como una democracia, que no es en sí una persona, pero sólo puede estar constituida por personas, toda vez que tiene 40 años de vida y las matemáticas son testarudas. Empero, para dar respuesta a nuestra pregunta, no bastan las matemáticas, sino habrá que tirar también de hermenéutica, pues para ser propiamente cuarentona, ya lo decíamos, será necesario que nuestra democracia haya dejado de ser joven. Y es en este punto donde los 40 años dejan de ser objetivos, pues sin en un ser humano, según el célebre tango, 20 años no es nada, referidos a un período histórico, 40 años son menos. De lo que se desprende que, pese a sus cuatro décadas, nuestra democracia sigue siendo, desde este punto de vista al menos, decididamente joven.
Mas si atendemos al desdén que implica el término cuarentón y a que, sobrevaloraciones aparte, vinculado al término juventud se halla el verbo rejuvenecer, que, en la acepción que ahora nos interesa, significa renovar, dar modernidad o actualizar, debiéramos pensar si nuestra joven y a la vez cuarentona democracia no debiera ser rejuvenecida. Y es que por más que estos 40 años bien puedan ser concebidos como un tiempo de progreso, y sin necesidad de poner en cuestión el que se ha dado en llamar el régimen del 78, lo que tampoco habría de ser obstáculo para examinar críticamente nuestra historia reciente y lo que supuso la transición en tanto que pacto de silencio y de olvido de las víctimas de la barbarie franquista, lo cierto es que nuestra democracia comienza a mostrar síntomas de agotamiento. Por ello, más allá de fastos y conmemoraciones, lo que necesitamos es repensar nuestra democracia para avanzar hacia nuevas formas más genuinamente democráticas que den cabida a una mayor participación de la ciudadanía en los asuntos públicos, donde tenga lugar una distribución de la riqueza y del trabajo más igualitaria, si es que no queremos que nuestra democracia se convierta definitivamente en una cuarentona sin remedio. 

martes, 27 de junio de 2017

Educación contra el terrorismo

E
l terrorismo islamista ha vuelto a golpear cerca de casa, y ya van demasiadas veces. Tantas que cada día cuesta más seguir pensando que, en realidad, el islamismo, desde la perspectiva que nos proporcionan las estadísticas, no es una amenaza. Y es que el número de víctimas mortales en la vieja Europa a manos de los yihadistas es cuasi insignificante si lo comparamos con los muertos en accidentes de tráfico o, lo que aún resulta más terrible, con el número de suicidios o, a qué negarlo, las víctimas de la violencia de género. Pero las estadísticas son frías y el dolor de las víctimas y sus seres queridos es caliente. Y para el que sufre un atentado, o para aquel a quien le han arrancado un ser querido, las estadísticas no sirven de consuelo.
            Sin embargo, ciertas dosis de frialdad son necesarias para comprender mejor el problema al que nos enfrentamos, su dimensión real y las medidas necesarias para afrontarlo: la indignación en caliente es comprensible, pero ayuda poco en este sentido. Por ello debemos huir de soluciones y análisis exprés como los de Theresa May y Jeremy Corbyn, que en la vorágine de la carrera electoral se rinden al populismo, tan denostado por los partidos de bien. Competir públicamente por quién ha recortado más la financiación de la policía o quién tiene menos escrúpulos para emplear la mano dura, lo que se traduce en la lesión de derechos de la ciudadanía, sirve para contentar a las masas enfurecidas, pero no para luchar eficazmente contra el terrorismo; antes al contrario, se diría que lo alimenta y le ayuda a conseguir sus objetivos. Y es que contra lo que se ha dicho, el terrorismo islamista es más una guerra contra la democracia y los derechos humanos que contra Occidente, como muestra el hecho de que el Estado Islámico atente sobre todo en países de población mayoritariamente musulmana.
          Así pues, no se trataría tanto de defender a Europa y a la cultura occidental de la agresión del Islam, como tan interesada y perversamente se insiste desde la derecha más reaccionaria, sino de defender la democracia y los derechos humanos frente al fundamentalismo, así como frente a cualquier forma de totalitarismo. Y en lo que a Europa se refiere, deberíamos empezar por preguntarnos por qué algunos europeos deciden abandonarse a la barbarie y arremeter contra la vida de sus conciudadanos. Por supuesto que la primera responsabilidad de los asesinatos la tienen los propios asesinos, pero algo debe estar fallando en nuestras sociedades para que algunos de sus miembros se radicalicen hasta el punto de estar dispuestos a sacrificar sus propias vidas sin otro objetivo que sembrar la muerte y el odio. Es por ello que en la lucha contra el terrorismo islamista, una de las claves es evitar los procesos de radicalización y ahí la educación juega un papel determinante, pero, lamentablemente, en España la Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos no está entre las prioridades del Gobierno.

viernes, 26 de mayo de 2017

Más allá de 'La internacional'

H
ay que ver las sorpresas que puede dar la democracia a quienes se apresuran a ganar referendos y elecciones antes de que se celebren. Y es que últimamente no hay manera de que las urnas satisfagan a las élites: primero fue el Brexit, luego Colombia, después Trump y ahora, salvando las distancias, Pedro Sánchez. Quién iba a decir que el dimitido, más bien depuesto, secretario general del PSOE emergería de sus cenizas cual ave fénix para hacerse de nuevo con la secretaría general del partido de la rosa. El mismo que el pasado octubre tuvo que dejar el cargo después de que 17 miembros de la ejecutiva federal de su partido dimitieran en bloque para impedirle intentar formar un gobierno alternativo. El mismo que hubo de abandonar su escaño para no quebrantar la disciplina de partido frente a la abstención pergeñada por la gestora que hizo posible que Mariano Rajoy fuera investido, ¡ay!, presidente del Gobierno.
            Cuando Pedro Sánchez alcanzó por primera vez la secretaría general del PSOE, en el verano de 2014, se enfrentó también a otros dos candidatos: Eduardo Madina y José Antonio Pérez Tapias. Susana Díaz no concurrió a esas primarias y entonces se dijo que era una estrategia del aparato, que se nombraba a Pedro Sánchez secretario general para que se quemara él y no desgastar a la elegida por las élites del partido. Tanto fue así que columnistas y tertulianos del más diverso pelaje ideológico no tuvieron ningún reparo en apodarlo el Breve, los mismos que, imagino, se apresuran ahora a referirse al flamante nuevo secretario general del PSOE con el sobrenombre de Pedro Sánchez el Renacido. El tiempo dirá si el renacimiento de marras, tan celebrado por la militancia como denostado por la vieja guardia, se consolida o resulta ser efímero. Y es que en política, a diferencia de lo que ocurre en la vida, se puede morir dos veces y por muchos llamamientos a la unidad que se hagan por parte de unos y otros, la reconciliación no parece muy creíble y la rosa desprende un inconfundible aroma a conspiración.
        Sea como fuere, hay que concederle a Pedro Sánchez que tenía razón cuando decía ser el candidato de la militancia. Ahora hay que exigirle al recién elegido secretario general de los socialistas coherencia con las siglas y con el izquierdismo que dice defender, por más que resulte llamativo que el que fuera considerado el menos izquierdista de los tres candidatos de 2014 haya sido, finalmente, el que haya hecho que La internacional vuelva a sonar en Ferraz. Tal izquierdismo no se puede limitar a entonar himnos con el puño en alto y debe traducirse en un intento serio de liderar un pacto con otras fuerzas políticas de izquierdas que constituya una alternativa real para desalojar al Partido Popular del Gobierno, si es que Pedro Sánchez aspira a que su partido pueda diferenciarse nítidamente del PP y deje de tener sentido que nos refiramos a ambos como el PPSOE. 

sábado, 20 de mayo de 2017

A propósito de las primarias del PSOE

M
añana se celebran las primarias del PSOE y aunque en principio se pudiera pensar que se trata de un asunto interno del partido que afecta exclusivamente a los militantes, lo cierto es que, a poco que reflexionemos, es fácil darse cuenta de que lo que está en juego nos afecta a todos, incluso a los que ni tenemos carnet del PSOE ni albergamos mayores simpatías hacia el partido de la rosa. Y es que el SOE no sólo es el partido que durante más tiempo ha gobernado en España, sino que, a día de hoy, sigue siendo la segunda fuerza política y aspira, cómo no, a volver a ejercer la hegemonía. De los resultados de mañana dependerá, en buena medida, que los socialistas recuperen los votos perdidos y, si ello llegara a suceder algún día, es seguro que el rumbo de sus políticas, así como de sus pactos, será bien distinto en función de quien tome las riendas del partido.
            A tenor de los avales presentados, sólo Susana Díaz y Pedro Sánchez tienen posibilidades de ganar las elecciones, pero quién sabe, quizás Patxi López dé la sorpresa y finalmente se erija en el nuevo secretario general: después del brexit y Trump quién se atreve a descartar al exlendakari. Si los militantes otorgan la secretaría general a Susana Díaz, la candidata del aparato, no cabe esperar grandes cambios. Si, por el contrario, el depuesto Pedro Sánchez vuelve a tener mando en Ferraz, entonces es de suponer que hará lo posible por desalojar al PP del Gobierno y formar, esta vez sí, un gobierno de progreso, un gobierno de cambio. En cuanto a Patxi López, ya gobernó en coalición con el PP en el País Vasco, pero también formó parte del equipo de Pedro Sánchez, así que, visto que el eje central de su programa no va más allá de estar en medio de los otros dos candidatos, de esta tercera vía puede esperarse cualquier cosa, aunque el talante del personaje no invita a pensar en giros revolucionarios, sino más bien en adaptaciones ad hoc, en aras de la unidad del partido y la paz interna, por supuesto.
          Así las cosas, todos debemos estar expectantes ante lo que decida la militancia. Es fácil suponer que en el PP esperen que gane Susana Díaz, pues su continuidad en el Gobierno depende en buena medida de ello. Incluso de cara al futuro resultaría más sencillo entenderse con la candidata de la vieja guardia que con Pedro Sánchez. Algo similar estarán pensando en Ciudadanos, pues tengo para mí que su acuerdo con Pedro Sánchez fue en realidad el pacto que el aparato del PSOE pergeñó para no llegar a un entendimiento con Podemos. Y son los de Podemos precisamente, y con ellos todos los que se consideran de izquierdas y no son votantes del SOE, los que a estas alturas se estarán ahogando en un mar de dudas: ¿será preferible que gane Pedro Sánchez y así poder formar ya un gobierno del cambio, o a medio plazo es mejor que gane Susana Díaz y que ello propicie en el futuro una desbandada de los votos de izquierdas que haga que el PSOE siga la misma suerte que otros partidos socialistas de Europa?

viernes, 5 de mayo de 2017

Un artículo por analogía

E
n la edición de La Provincia del pasado sábado, Javier Durán nos obsequiaba a los aficionados a leer artículos de opinión con una entrega de Reseteando en la que, con la maestría que le caracteriza, planteaba una analogía entre la naturaleza y el hombre. La aparición de los llamados cabellos de Venus, unas bacterias que además de la belleza de su nombre prometen la renovación de la vida, constituían el motivo de la analogía de marras. Y es que el surgimiento de estos filamentos blancos llevaba a Durán a preguntarse si, del mismo modo que en el orden natural, tras la erupción del volcán submarino de El Hierro, había sido posible la regeneración, no sería igualmente viable, en el orden humano, la regeneración después del torrente de corrupción al que hemos venido asistiendo en los últimos tiempos.
Un par de páginas más adelante (o más atrás, según se mire), eran otras las bacterias protagonistas. Ahora se informaba del cierre de El Confital debido a la contaminación de sus aguas, si bien no quedaba clara la causa del elevado nivel de las bacterias fecales, los enterococos: un vertido en la Cueva de los Nidillos o los pozos negros de las antiguas chabolas son las hipótesis barajadas por los técnicos. Y el caso es que la analogía de Durán me ha inspirado a mí para elaborar otra, sin duda más chapucera, en virtud de la cual, y sin entrar en muchos detalles, aconsejaría a los técnicos que investigaran a ver cuántas sedes de partidos políticos encuentran en la zona, no vaya a ser que sea ésa la causa de la infección, que ya se sabe que el índice de enterococos en los partidos políticos es directamente proporcional a la cuota de poder que se haya ejercido multiplicada por el número de años.
Al hilo de su analogía, Durán planteaba cuatro cuestiones de las que a mí ahora me interesa destacar la tercera, aquella en la que el articulista se preguntaba: “¿Será recuperable la confianza en los tres poderes del Estado? ¿O siempre nos quedará la duda de que hay fuerzas misteriosas, desconocidas, que arrinconan la democracia?”. Hoy más que nunca resulta complicado confiar en los poderes del Estado, cuando precisamente la corrupción funciona como el cemento más eficaz para mantener unidos esos poderes que, desde Montesquieu y Kant, pensamos que debieran permanecer siempre separados; cuando las puertas giratorias nos revelan hasta qué punto economía y política forman parte de una y la misma cosa, el poder, se nos hace ciertamente más fácil mantener la suspicacia que la confianza. Y es que si el Estado, por mucho que se defina como social y democrático de derecho, es siempre un instrumento de dominio de unas clases sobre otras; si la democracia ha de consistir en el autogobierno de los ciudadanos y ello resulta incompatible con las desigualdades sociales y el modo de producción que las genera, el capitalismo, se me antoja que la pregunta de Durán, cuya pertinencia está fuera de toda duda, acaso sea una pregunta retórica, aun si por un momento pudiéramos dejar la corrupción fuera de nuestra reflexión.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Democracia y derechos humanos

D
emocracia y derechos humanos no son exactamente lo mismo pero están estrechamente vinculados. Ciertamente la democracia se remonta, al menos, a la antigua Grecia, mientras que los derechos humanos tienen una historia mucho más corta, pues las primeras cartas surgen en el siglo XVIII, al socaire de la Ilustración. No obstante, la democracia moderna nace también en el Siglo de las Luces y a pesar de que para algunos se trata de una cuestión meramente procedimental, de un mecanismo para la toma de decisiones colectivas, tengo para mí que la democracia es mucho más que un procedimiento formal, que también, pues hemos de considerarla como una exigencia ética que deriva de los derechos humanos, los cuales no serían otra cosa que, para decirlo con Javier Muguerza, las exigencias morales de libertad, igualdad y dignidad de los individuos.
            En efecto, los primeros derechos humanos reconocidos fueron los derechos negativos, los derechos civiles y políticos, que son derechos de libertad. El derecho a participar en los procesos de toma de decisiones públicas es pues lo que da sentido a la democracia y la razón por la que ésta, si los derechos humanos son exigencias morales, es una exigencia ética. Mas los derechos civiles como la libertad de expresión o de pensamiento van indefectiblemente ligados a los políticos, pues lo que tratan de proteger es la libertad, de ahí que sean considerados, con razón, como genuinos pilares de las democracias contemporáneas. Empero los derechos humanos no se agotan en los derechos de libertad sino que tratan de proteger también la igualdad entre los individuos. Ello es así al menos desde 1948, año en que se proclamó la vigente Declaración Universal de los Derechos Humanos que añade los denominados derechos positivos, es decir, los derechos económicos, sociales y culturales, tales como el derecho a la educación, al trabajo, a una vivienda digna, etc. Y si el fundamento de la democracia se halla en los derechos humanos, entonces también debe garantizar los derechos humanos de la segunda generación, con lo que la democracia, además de procedimental, habrá de ser asimismo sustantiva.
              Que la democracia deba proteger por igual los derechos humanos positivos y los negativos no es algo universalmente aceptado. De hecho, entre los partidarios del liberalismo más conservador, esos que en el mundo anglosajón se autodenominan libertarians, una especie de anarcocapitalistas o anarquistas de derechas, los derechos positivos no serían propiamente derechos humanos pues constituirían un atentado contra el sagrado derecho a la propiedad, que, ese sí, es para ellos un derecho fundamental. Esa es la lógica que en buena medida inspira al Gobierno, por lo que no es de extrañar, por más indignante que resulte, que las políticas lideradas por Mariano Rajoy y su equipo hayan estado orientadas al desmantelamiento del ya de por sí maltrecho Estado de bienestar hasta convertirlo en una suerte de Estado de malestar. Lo que además de indignante resulta sorprendente, viniendo de presuntos liberales, son los ataques a los derechos civiles que se están perpetrando en España últimamente. ¿Cómo entender la ley mordaza o los atentados contra la libertad de expresión que suponen el caso de los titiriteros, la drag Sethlas o los tuits de Cassandra? ¿Puede nuestra democracia ser merecedora de tal nombre si no garantiza los derechos de igualdad, ni tan siquiera los derechos de libertad? Los derechos humanos constituyen, digámoslo una vez más, el fundamento de la democracia y si ésta no es capaz de garantizarlos, sencillamente, deja de ser una democracia genuina. 

domingo, 26 de marzo de 2017

La filosofía no sirve para nada

E
n alguna otra ocasión me he referido al hecho de que quienes nos dedicamos profesionalmente a la filosofía nos hemos tenido que enfrentar a la pregunta, a veces insidiosa, de para qué sirve nuestra disciplina. Más allá de la conocida respuesta de Deleuze, para quien la filosofía no sirve ni a nada ni a nadie, soy de los que piensan que quienes nos interpelan, independientemente de sus intenciones, merecen una respuesta. Merecen una respuesta quienes formulan la pregunta con desdén, pero también la merecen quienes, desconociendo de qué va eso de la filosofía, se acercan a nosotros con respeto y verdadera curiosidad. Y es que ciertamente una de las cuestiones que han ocupado a la filosofía secularmente ha sido la necesidad de dar razón de la propia filosofía, del sentido que puede tener, todavía hoy, el ejercicio del filosofar.
            Tanto para responder a unos como a otros, permítanme que me remita a lo que hace ya mucho tiempo dijera Aristóteles, uno de los grandes filósofos de la Antigüedad que en el siglo XXI tiene aún mucho que enseñarnos. A los curiosos, a los que tienen verdadero interés en averiguar para qué sirve la filosofía, les convendrá saber que Aristóteles abre la Metafísica, una de sus grandes obras, afirmando que “todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber”, con lo que esa curiosidad suya, ese interés por aprender, respondería bien a las inclinaciones naturales de todo hombre al decir del Estagirita. Y es que si, tal como señala Aristóteles, “lo que en un principio movió a los hombres a hacer las primeras indagaciones filosóficas fue, como lo es hoy, la admiración”, la curiosidad de nuestros interpelantes bien puede ser considerada como este sentimiento originario que conduce al filosofar.
A los primeros, a quienes preguntan con un desprecio no exento de autosuficiencia, a quienes interrogan con la única y maliciosa intención de hacer ver la inutilidad de la filosofía, también les recomendaría que, siquiera por una vez, escucharan lo que el viejo Aristóteles aún tiene que decir. Pues, en efecto, en la obra de marras nuestro filósofo define la filosofía como “la ciencia teórica de los primeros principios y de las primeras causas”. Y el hecho de que sea una disciplina teórica, es decir, que no tenga una utilidad concreta, es lo que le da, precisamente, más valor del que puedan tener todas aquellas formas de conocimiento que tengan a la utilidad por fin. Los despreciadores de la filosofía ponen el énfasis en la inutilidad de la misma, queriendo hacer ver que, por inútil, la filosofía carece de valor. Cometen el grave error de confundir utilidad con valor. Y es que las cosas útiles lo son en tanto que medios que conducen a fines, de manera que no pueden ser valiosas en sí mismas: su valor es siempre relativo a los fines perseguidos y radica en su eficacia y eficiencia para la consecución de los mismos. La mayor parte de nuestros fines los perseguimos no porque tengan un valor en sí mismos sino porque constituyen buenos medios para alcanzar otros fines más importantes, y así sucesivamente hasta llegar a lo que Aristóteles, en otra obra capital suya, Ética a Nicómaco, denominó los fines últimos: aquellos que se persiguen por sí mismos, que son fines en sí y tienen un valor en sí mismos y no un mero valor relativo; aquellos que ya no constituyen un simple medio para alcanzar otro fin, inútiles por definición, y precisamente por ello los más valiosos. Y acaso la filosofía, cuyo sentido último no es otro que dar respuesta al afán de saber de los hombres, debiera ser considerada un fin último, cuyo extremo valor radique precisamente en que, digámoslo sin ambages, es perfectamente inútil.
Entre los despreciadores de la filosofía de los últimos años ocupan un lugar destacado, qué duda cabe, los que pergeñaron e impusieron la ley de educación en vigor, la funesta Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE). No hay sino que ver la reducción horaria que ha sufrido la materia en el Bachillerato y en la ESO para constatar que la filosofía no entraba entre las prioridades del ya exministro José Ignacio Wert. Mas con lo que no contaba yo, cándido que es uno, es con el maltrato que los responsables de las dos universidades públicas canarias le iban a dispensar a la ya de por sí maltratada filosofía. Y es que, como ha sido publicado en la prensa en estos días, la Historia de la Filosofía, en el itinerario de Ciencias Sociales, ponderará en la nueva prueba de acceso a la universidad, si nadie lo remedia, la mitad de lo que ponderarán las otras dos asignaturas troncales de opción en el itinerario de marras. Una agresión en toda regla a la filosofía y al millar de alumnos que escogieron la asignatura sin saber lo que les tenían reservado los dirigentes de la Universidad de La Laguna y de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, siempre tan magníficos. Esperemos que los guardianes de esos templos del saber recapaciten y no persistan en el error de restarle valor a la filosofía por más que ésta, como ya se ha dicho, no sirva para nada.

martes, 6 de diciembre de 2016

Podemos hacer lo que queramos


E
n alguna otra ocasión me he referido a los economistas como una especie de ideólogos del capitalismo disfrazados de científicos sociales que tratan de convencernos a los legos en economía de que determinadas decisiones políticas responden a una suerte de leyes económicas tan inevitables como las leyes de la naturaleza. Sin embargo, existen excepciones, como la del catedrático de Política Económica de la Universidad de Barcelona, Antón Costas Comesaña, quien, en una entrevista publicada el pasado domingo en La Provincia / DLP, denuncia esta tendencia del pensamiento político-económico a justificar determinadas políticas como si, en efecto, no hubiese alternativas, aunque dirige su crítica más contra las autoridades gubernamentales que hacia los propios economistas: “Es muy frecuente que los gobiernos, cuando quieren llevar adelante una política económica con fuerte contenido ideológico, abracen esa idea de que no hay alternativa, de que la economía no da otras opciones. Eso no es verdad. Hay que distinguir entre lo que conocemos los economistas y lo que después se aplica en condiciones concretas con un fuerte sesgo ideológico”, se puede leer en la entrevista de marras.
            Mas por mucho que Costas Comesaña trate de atribuir el mal del fundamentalismo económico a la clase política y pretenda eximir a los economistas, lo cierto es que las decisiones políticas que se pretenden inevitables suelen venir respaldadas por alguna teoría económica de lo más solvente suscrita por alguno de los gurús de la economía internacional. No en vano, es en el campo de la economía donde más se han acercado las ciencias sociales a las ciencias naturales, en lo que se refiere a la aplicación del método y a los resultados obtenidos, lo que las ha revestido de un halo de cientificidad que los economistas suelen exhibir ante los profesionales de otras ciencias sociales con una petulancia más propia del glamur del cine, la música o el deporte de élite que de espacios académicos, aunque, bien pensado, tal vez esos espacios sean precisamente los más apropiados para el despliegue de tales mañas.
     Sea como fuere, lo que parece claro es que el estatus epistemológico de las ciencias sociales, la economía incluida, dista mucho de acercarse al de sus envidiadas primas las ciencias naturales, habida cuenta del grado de falibilidad de sus predicciones. Buena muestra de ello sería la crisis económica que venimos padeciendo desde 2008, la cual no solo no fue prevista y evitada sino que no termina de ser superada, por más que haya sido, eso sí, sobradamente explicada a posteriori. Y qué decir de las nunca bien ponderadas predicciones de los sesudos sociólogos y politólogos, sobre todo de aquellos que proclamaron la cuasi imposibilidad del triunfo del Brexit o de la victoria de Donald Trump y no paran de rasgarse las vestiduras sin dejar de seguir haciendo pronósticos sobre cualquier asunto de la actualidad social. Ante este panorama de confusión, quizás lo más sensato sería recordar lo que ya nos enseñaron los primeros filósofos, a saber: que una cosa son las leyes de la naturaleza, physis, y otra las normas que los seres humanos nos damos a nosotros mismos, nomos. Y en este último ámbito podemos hacer lo que queramos, pues no existen leyes económicas universales ni leyes invariantes por las que se rija el curso de la historia.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Contra la democracia real

A
ntes de la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de la Unión Soviética era frecuente el uso de la expresión “socialismo real” para referirse a los regímenes de los países del denominado Bloque del Este, en un intento de diferenciar las elaboraciones teóricas de Marx y otros autores socialistas del modo de organización social que se había implantado al otro lado del Muro. Se trata, a mi modo de ver, de una expresión acertada que servía para distinguir las ideas socialistas de su implantación real bajo el régimen soviético, a la vez que podía ser útil para los críticos del socialismo de uno y otro signo: a los liberales les permitía enfatizar la diferencia entre las promesas del paraíso en la tierra del socialismo y su aplicación efectiva, al tiempo que a los más afines al socialismo les posibilitaba afirmar que la crítica al comunismo autoritario de la Unión Soviética y sus países satélites no tenía por qué ser extensiva a los principios socialistas.
            Casi tres décadas después de la caída del Muro, la expresión de marras está en desuso, pero puede servirnos de inspiración a quienes, considerándonos demócratas, no renunciamos a la crítica a los sistemas democráticos actuales, para que no se confunda nuestra crítica a la “democracia real”, es decir, a las democracias realmente existentes, con la crítica a los principios democráticos. Y es que la democracia real parece haber entrado en clara contradicción con los principios sobre los que habría de sustentarse una democracia genuina. Tales principios serían  fundamentalmente tres: el principio de libertad jurídica, según  el cual ningún individuo está obligado a cumplir ninguna ley a la que previamente no haya dado su consentimiento; el principio de igualdad jurídica, que señala que la ley ha de ser la misma para todos y ha de obligar a todos por igual; y el principio de separación de poderes, legislativo, ejecutivo y judicial, de suerte que se constituya un sistema de contrapesos que impida los abusos de poder por parte del Estado.
          Estos principios democráticos derivan de esas exigencias morales de libertad, igualdad y dignidad que son los derechos humanos, para decirlo con Javier Muguerza, razón por la cual habrían de incorporar la igualdad social, si no queremos que la democracia quede reducida a un mero procedimiento formal. Y parece evidente que estos principios básicos no se cumplen ni en las instituciones públicas ni en los partidos políticos que las sustentan. España es un buen ejemplo de ello: la nula separación de poderes de facto, la connivencia entre el poder político y el poder económico, la oposición de los partidos a la participación ciudadana en los procesos de toma de decisiones públicas, el ataque al parlamentarismo y presumiblemente a la voluntad de la mayoría que supone el acuerdo, gran coalición o no, entre PP, Ciudadanos y PSOE con la insignificante pero inestimable ayuda de Coalición Canaria, la podredumbre que corroe a todos los poderes del Estado incluyendo el judicial, como ha puesto de manifiesto el culebrón de las grabaciones a la isleña protagonizado, de momento, por jueces y empresarios, son razones más que suficientes, entre otras, para estar en contra de la democracia real precisamente por atentar contra lo que habría de ser una democracia.

domingo, 23 de octubre de 2016

Admiración y asombro

D
ice Aristóteles en su imponente Metafísica que la admiración y el reconocimiento de la propia ignorancia es lo que mueve a los seres humanos a filosofar, pues el hombre siente por naturaleza afán de saber. Una idea la de Aristóteles que retoma Kant cuando, en el Colofón de su Crítica de la razón práctica, señala la creciente admiración que le produce la reflexión sobre dos cosas: “el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”. Y ya en el siglo XX sería el propio Wittgenstein quien evocara este pensamiento al señalar, en su Conferencia sobre ética, el asombro que le produce la existencia del mundo.
El asombro del que habla Wittgenstein bien puede ser entendido como admiración, mas no siempre estos dos términos significan exactamente lo mismo, ya que pudiera darse el caso de que algo nos produjera asombro pero ninguna admiración. Es lo que ocurre con el asombro que nos produce algo inesperado, no digamos ya si aquello que nos causa el asombro nos lo infunde precisamente porque, de tan ridículo, genera sorpresa el que haya sucedido. Tal asombro es el que siente la intelectualidad más sofisticada que no alcanza a comprender cómo es posible que haya más de un millón de personas que pasan cada tarde delante del televisor viendo Sálvame, o el asombro que sienten todos aquellos a los que no les gusta el fútbol, para quienes resulta incomprensible que cada fin de semana millones de personas estén pendientes, como si les fuera la vida en ello, de lo que hacen unos tipos corriendo en pantalón corto detrás de una pelota. Se trataría en ambos casos, desde su punto de vista, de algo asombroso pero nada admirable.
Y un asombro de esta clase es el que, me imagino, habrán experimentado los biempensantes del mundo de las letras al enterarse de que Bob Dylan, un cantautor, haya sido galardonado nada menos que con el premio Nobel de Literatura. Asombro, que no admiración, que llevó a Jesús Badenes, director general de Planeta, en la presentación del célebre premio del mismo nombre, a afirmar hace unos días que el galardón de la Academia Sueca está “desvirtuado” y que, por eso mismo, les corresponde a ellos, los de Planeta, “liderar los premios literarios”. Mas a mí me resulta digno de admiración y asombro, en el sentido en que emplean los términos Aristóteles, Kant y Wittgenstein, que se le haya otorgado el Nobel a Bob Dylan, reconociendo así la condición de poeta al autor de letras de canciones tan emblemáticas como Blowin’ in the Wind o The Times They Are a’Changin. Y por ello mismo no salgo de mi asombro, que no admiración, ante las declaraciones de quienes se proclaman veladores de las esencias de la gran literatura y no saben, o no quieren, reconocer a una figura literaria de primer nivel. 

sábado, 8 de octubre de 2016

Los referendos los carga el diablo

Dicen algunos de nuestros demócratas de toda la vida que los referendos los carga el diablo. Lo dicen después de que en los últimos meses hayamos podido asistir a la celebración de distintos plebiscitos cuyo resultado no ha sido el esperado. Es lo que ha sucedido recientemente en Colombia, donde la ciudadanía ha rechazado el acuerdo de paz entre el Gobierno y las FARC, o lo que ocurrió el pasado mes de junio en Gran Bretaña, cuando los ciudadanos decidieron que el Reino Unido deje de formar parte de la Unión Europea. El hecho de que la ciudadanía se haya atrevido a contrariar a las élites ha llevado a líderes políticos y analistas de todo pelaje a arremeter contra el referéndum como procedimiento democrático para la toma de decisiones públicas sobre asuntos de gran trascendencia, lo cual es a todas luces más preocupante que los propios resultados de los referendos de marras, por más desacertados que éstos pudieran ser.
Y es que la democracia es el autogobierno de los ciudadanos y encuentra su fundamento último, que no absoluto, en los valores de la libertad y la igualdad. Lo que vendría pues a distinguir a las sociedades democráticas de otras formas de organización social es que sólo las primeras estarían constituidas por individuos libres e iguales, quienes, en su condición de ciudadanos y no súbditos, habrían de tener derecho a participar en la elaboración, o cuando menos en la aprobación, de las normas que luego se verán obligados a cumplir y, en general, en la toma de decisiones públicas que les afecten. De lo que se desprende que las sociedades serán más democráticas cuanto más participativas, deliberativas y directas sean sus democracias. Y hasta ahora creía yo que esto formaba parte de nuestro más profundo acervo, de suerte que si las democracias modernas optaban por el modelo representativo no es porque, desde el punto de vista de lo que se considera democrático, la democracia representativa sea preferible a la democracia directa, sino porque la primera sería la única factible en sociedades de masas como las nuestras.
Sin embargo, en estos días, como ya ocurriera tras el triunfo del Brexit, hemos podido comprobar la endeblez de las convicciones democráticas de nuestros líderes y de buena parte de nuestros conciudadanos, a juzgar por lo que se ha podido leer y escuchar en los distintos medios de comunicación y en las redes sociales. Y es que el argumento a favor de la democracia representativa sobre la democracia directa ha pivotado de la factibilidad a la conveniencia de que sean los expertos en política los que decidan sobre las cuestiones trascendentes, liberando así a los ciudadanos, por naturaleza ignorantes, de la responsabilidad de decidir por sí mismos. Quienes así opinan no sólo confunden una democracia con la paternalista república propuesta por Platón, para quien sólo los filósofos estaban llamados a dirigir la polis, sino que olvidan que si la democracia es preferible a otras formas de organización política es porque cuenta con mayor legitimidad, toda vez que protege mejor que ningún otro sistema las exigencias de libertad y de igualdad de los individuos modernos, y no porque garantice que las decisiones tomadas por la ciudadanía en su conjunto hayan de ser siempre las correctas. Y es que los referendos los carga el diablo, pero los apreciamos los demócratas. 

sábado, 1 de octubre de 2016

El culebrón de la rosa


E
ntre las distintas citas célebres que se le atribuyen a Winston Churchill, acaso la más recordada sea la pronunciada en su primer discurso como primer ministro ante la Cámara de los Comunes: “No tengo más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, espetó el político conservador entonces, al tiempo que anunciaba la entrada de Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial. Algo similar podría decirles Pedro Sánchez a los que todavía le siguen en el PSOE, aunque sin duda la anécdota de Churchill que mejor viene para entender lo que está sucediendo en el partido de la rosa es aquella otra en la que el viejo político le aclaraba a un joven diputado que los adversarios se encontraban en la bancada de enfrente, mientras que los enemigos, si quería encontrarlos, había de mirar en su propio partido. Si esta anécdota tuvo realmente lugar o no es algo que desconozco, pero de lo que estoy seguro, como seguro estará Pedro Sánchez, es que lo que dice es cierto.
            En efecto, a nadie se le esconde que el todavía secretario general del PSOE ha tenido que ir sorteando cuchillos desde el mismo momento en que accedió al cargo, pero lo sucedido en estos días, que algunos han calificado de golpe de estado, es algo que ni los más descreídos y suspicaces podrían haber imaginado. Que 17 miembros de la ejecutiva federal del PSOE hayan dimitido con la única intención de impedir que su secretario general intente formar un gobierno alternativo resulta más kafkiano que los avatares de Josef K. Tanto es así que la maniobra llevada a cabo por los halcones SOEcialistas, con el inestimable apoyo de Felipe González que antes de que se celebraran las elecciones de diciembre ya venía abogando por la gran coalición, ha conseguido que en los círculos izquierdistas en los que no se tenía ninguna simpatía por Pedro Sánchez, éste haya empezado a caer hasta casi bien, por más que su empeño en no dejar gobernar al PP tenga seguramente más que ver con salvarse a sí mismo que con salvar sus pretendidos principios.
           Y es que tiene gracia que quien se presumía el menos izquierdista de los que en su día optaron a la secretaría general haya venido a erigirse en el velador de las esencias socialistas del partido. Sea como fuere, lo que el último capítulo del culebrón de la rosa ha dejado claro, una vez más, es que el PSOE hace ya tiempo que dejó de ser un partido de izquierdas y representa más bien, como ya he dicho en anteriores ocasiones, a la derecha moderada, aunque, eso sí, con algunas mañas más propias de la izquierda estalinista, como hemos podido ver, que de ninguna suerte de liberalismo. Habrá pues que dar la razón a quienes hablan del PPSOE para identificar a las derechas si finalmente los de la rosa optan por abrir las puertas del Gobierno al PP antes de intentar un acuerdo con Podemos, cuya sola mención evoca en algunos despachos de Ferraz el olor del azufre.

sábado, 26 de diciembre de 2015

La gran coalición

E
ntre los exégetas de la voluntad popular y de la opinión pública, está de moda señalar que los ciudadanos están cansados de mayorías absolutas y prefieren gobiernos en los que participen diversas fuerzas políticas, pues es la única forma de garantizar que la política del rodillo es sustituida por la política de los pactos. Prueba de ello serían los resultados electorales, a juicio de nuestros intérpretes, que, como se sabe, no sólo no otorgan la mayoría absoluta a ningún partido sino que han generado tal reparto de escaños que conformar un gobierno mínimamente estable se ha convertido en una tarea ciertamente ardua. Mas a pesar de la indudable complejidad de la situación política española tras el 20-D, tengo para mí que ello no prueba en ningún caso que la ciudadanía prefiera un gobierno sostenido en un pacto entre partidos. Y es que resulta difícil imaginar a un votante del PP, el PSOE, Podemos o Ciudadanos que al depositar su papeleta en la urna lo haga pensando que ojalá gane su opción pero no con los votos suficientes como para alcanzar mayoría absoluta en el Congreso.
            Más allá de las interpretaciones de los deseos ciudadanos, siempre etéreas y fútiles, lo cierto es que los resultados son los que son y el que finalmente gobierne tendrá que llegar a acuerdos con otras fuerzas políticas. Le corresponde al PP tomar la iniciativa, pues es el partido más votado aunque su victoria, en esta ocasión, sea más bien pírrica: una alianza con Ciudadanos no le daría para formar gobierno y su pésima relación con el resto de los partidos hace imposible a priori que ninguno de ellos esté dispuesto a facilitar la investidura de Mariano Rajoy como presidente. Salvo que a los soecialistas les entre un ataque de sentido de Estado y se avengan a pactar la gran coalición bendecida en su momento por el ínclito Felipe González, ex presidente del Gobierno y cienmileurista, tan aficionado a sentarse en consejos de administración de grandes empresas, como a marcharse de ellos si se aburre.
          Así las cosas, la pelota está en el tejado del PSOE, y será Pedro Sánchez quien tenga que tomar la decisión de intentar un pacto a múltiples bandas o llegar a un acuerdo con el PP. El pacto de las izquierdas es complicado, sobre todo por la exigencia de Podemos de celebrar un referéndum en Cataluña sobre la independencia. Si el PSC no hubiese renunciado al derecho a decidir, los dirigentes del PSOE se lo habrían tenido que pensar habida cuenta de la importancia que los votos catalanes tienen para el soecialismo. Pero el compromiso abanderado de Pedro Sánchez con la unidad de España, ya se sabe que en el PSOE hace tiempo que son más españoles que socialistas y obreros, impide que se pueda dar un pacto progresista. Y aunque de momento los gerifaltes soecialistas afirman que votarán siempre en contra de la investidura de Rajoy, el asunto catalán bien puede servirles de pretexto para fraguar un pacto a la alemana. Quizás entonces los exégetas de turno afirmen que la gran coalición sea la más clara expresión de la voluntad popular.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Apropiaciones indebidas

Q
uienes se hallan instalados en el poder, ya sea el político, el económico o el poder de cualquier índole, tienen por costumbre apropiarse de aquellas palabras o expresiones que cuentan con el respaldo social mayoritario, sobre todo si éstas han llegado a ser comúnmente aceptadas tras años de demandas ciudadanas. Así, los dirigentes empresariales no dudan en incorporar a su léxico publicitario términos como ecologismo o desarrollo sostenible, a sabiendas del incremento de la sensibilidad de la ciudadanía hacia la preservación del medio ambiente experimentado en las últimas décadas. Y aunque en ocasiones es posible que las élites económicas alberguen cierto sentimiento ecologista, detrás de la apropiación de expresiones de esta guisa suelen esconderse los meros intereses empresariales y la simple búsqueda de beneficios económicos. Un afán de lucro que puede ser ciertamente espurio, como ha quedado patente en el caso de la estafa perpetrada por la marca Volkswagen.
            Una práctica similar es la que suelen llevar a cabo las élites políticas (siempre de la mano de las económicas hasta tal punto que no es posible distinguir la una de la otra con nitidez), las cuales también gustan de apropiarse de expresiones biensonantes. En efecto, entre la clase política es un lugar común incluir unos toques verdes en sus discursos y programas, por más que algunos no duden en tildar de fundamentalismo ecologista a todo movimiento ciudadano que se oponga a sus proyectos por disparatados que éstos puedan llegar a ser. Mas la palma en lo que se refiere a expresiones que la clase política pretende apropiarse se la llevan el Estado de bienestar y la democracia. Y es que en la actualidad, el Estado de bienestar ya no es patrimonio de la socialdemocracia, pues todas las fuerzas políticas, hasta las más ultraliberales, dicen defenderlo aunque sea a base de recortar en sanidad, educación, derechos laborales y, en definitiva, todos aquellos elementos que se supone que constituyen los pilares del tan manido como maltrecho Estado de bienestar.
           Lo mismo ocurre con el término democracia: no es sólo que todos los partidos políticos la reconozcan como la mejor de las formas de organizar políticamente la sociedad, lo cual puede resultar muy loable, sino que se da una tendencia a identificar la democracia con los propios intereses, de suerte que cada partido pretende hacer de lo democrático su patrimonio exclusivo. Buen ejemplo de ello nos lo han venido brindando los contendientes en el conflicto catalán: tanto españolistas como independentistas, cuando defienden sus posturas, obviamente contrapuestas, dicen hablar en defensa de la democracia. Se trata sin duda de apropiaciones indebidas que no deberíamos aceptar sin más, pues si la democracia es el autogobierno de los ciudadanos, habrá de ser entonces patrimonio de todos y no sólo de unos pocos. Por lo demás, tan antidemocrática resulta la negación del derecho a decidir de los catalanes por parte del Gobierno de España como avanzar hacia la independencia de Cataluña sin contar claramente con el apoyo explícito de la mayoría de la ciudadanía catalana. A resultas de lo cual sólo podemos concluir, digámoslo una vez más sin ánimo de incurrir en ninguna apropiación indebida, que la celebración de un referéndum constituye la única solución democrática al conflicto de marras.

viernes, 23 de octubre de 2015

El suicidio del viejo escritor

E
l viejo escritor se sentó a su mesa de trabajo y encendió el ordenador, dispuesto a poner en práctica el plan que había estado pergeñando desde hacía algún tiempo. A decir verdad, no estaba seguro de que su plan funcionara, pero era lo único que podía hacer, cansado ya como estaba de esperar a que la muerte viniera a buscarle. Y es que hacía tiempo ya que había perdido las ganas de vivir. Desde que el alzhéimer se llevara a su esposa ya no le quedaba ninguna razón para seguir en el mundo. Cuando ella murió, lo sintió muchísimo, se le quebró el alma, pero pensó que quizás entonces podría encontrar un nuevo sentido a su existencia, pues llevaba ya varios años en los que el cuidado de su esposa enferma había ocupado el centro de su vida. Incluso los familiares y amigos íntimos trataron de animarle diciéndole que la muerte de su mujer era lo mejor que podía haberles pasado a los dos, que ella estaba ya muy deteriorada y que ahora había llegado por fin el momento de descansar. Y él, hundido como estaba, les daba la razón, convencido de que era sólo cuestión de tiempo reponerse y afrontar de nuevo la vida, con nuevas ilusiones aún por aflorar. Pero el tiempo pasó y a la zozobra causada por la pérdida la fue sustituyendo una sensación de desánimo imposible de soportar. Sencillamente, los últimos años de su vida los había consagrado a cuidar a su esposa enferma y se había olvidado de vivir. Al menos eso es lo que pensó en un principio, pero más tarde reconoció su error: no es que no supiera vivir sin tener que cuidar a su esposa; es que no sabía vivir sin su esposa, enferma o sana. Cuando cobró conciencia de ello abandonó la búsqueda de nuevas emociones, nuevos proyectos que le dieran sentido a su vida y se dedicó rutinariamente a esperar su muerte. Pero la muerte no llegaba, así que comenzó seriamente a pensar en suicidarse. Por su cabeza habían pasado todas las formas de suicidio posibles, pero no se atrevió con ninguna. Deseaba morir, mas no tenía el coraje suficiente para quitarse la vida. Y es que, él lo sabía muy bien, para matarse había que tener un valor inmenso, por mucho que los biempensantes de turno se empeñaran en repetir que el suicidio es propio de cobardes, que sólo los valientes tenían los arrestos suficientes para afrontar la vida. ¡Menuda estupidez!, pensaba cada vez que desechaba quitarse la vida de un modo u otro, ya fuera por el pánico que le producía el morir con dolor, ya fuera simplemente por el terror que la muerte le inspiraba a pesar de que la deseara profundamente. Tan contradictorio como el ser humano mismo. Querer morir y no atreverse a dar el paso.
            Había transcurrido algo más de un año cuando tomó conciencia de que deseaba morirse, de que ya no podría ocurrir nada en el mundo que le hiciera tomarle el pulso a la vida. Y eso que había ido recuperando poco a poco las actividades habituales de cuando su esposa aún no había caído enferma. Se despertaba involuntariamente, cosas de la edad, sobre las seis de la mañana, pero permanecía en la cama un par de horas escuchando la radio. Sobre las ocho, desayunaba en el bar de enfrente de su casa leyendo el periódico y después salía a pasear por Las Canteras. Tras el paseo matutino, que duraba alrededor de una hora u hora y media, se daba una buena ducha y luego se sentaba a escribir. Después de almorzar, se echaba una cabezadita antes de ponerse a leer. Las tardes las pasaba leyendo y al anochecer, antes de cenar, algunos días salía a dar otro paseo, otras veces, cuando había fútbol, se quedaba en el bar. Por las noches solía escribir otro rato antes de meterse en la cama con sus viejos compañeros de siempre: la radio y sus libros.
            Era de noche y el viejo escritor se puso delante del ordenador como de costumbre. Estaba enfrascado en un relato propio del género negro en el que un tipo debía matar a otro por encargo. Pasada la media noche, el asesino se plantó delante de la puerta del domicilio de su víctima y forzó la cerradura tan suavemente que se diría que había abierto con una copia de la llave. Sin duda era un profesional, estaba tecleando el viejo escritor en el ordenador en el mismo momento en que oyó cómo alguien abría la puerta de su propio domicilio. Aunque se le cortó el aliento al constatar que su descerebrado plan estaba funcionando, no se inmutó y siguió escribiendo, frenético, consciente de que la realidad brotaba de su escritura. El piso estaba totalmente a oscuras salvo por una tenue luz que provenía de la habitación situada al fondo del pasillo. En el silencio de la noche, mientras se deslizaba por el corredor hacia la estancia del fondo sin hacer el menor ruido, podía oír el chasquido de las teclas del ordenador en el que el viejo escritor escribía sin parar. Cruzó el umbral de la puerta y lo vio allí, de espaldas, sentado en el escritorio situado debajo de la ventana, escribiendo.
            - Le esperaba- dijo el viejo escritor sin parar de escribir.
            - Tengo un encargo para usted, viejo.
            - Haga lo que tenga que hacer sin demorarse. No tenemos toda la noche- contestó sin volverse mientras seguía escribiendo compulsivamente.
            Entonces, sin mediar más palabras, el asesino cumplió su encargo y acabó con la vida de su víctima de un único disparo letal. El viejo escritor cayó muerto sobre el escritorio. Sólo entonces paró de escribir y en ese mismo instante el asesino se esfumó.
          A la semana siguiente la policía irrumpió en el domicilio del viejo escritor alertada por un vecino, quien, extrañado por no verlo salir a dar sus habituales paseos, tocó insistentemente a su puerta sin recibir respuesta y ante el hedor que salía de su casa se temió lo peor. No estaba equivocado. Los agentes lo encontraron con las manos y el rostro empotrados sobre el teclado del ordenador aún encendido con un tiro en la nuca. Desde luego era un caso de lo más extraño. La cerradura no parecía haber sido forzada y tampoco había nada que indicara que hubiese sufrido un robo. Pero lo más raro de todo era aquel dichoso cuento en el que se encontraba trabajando el viejo escritor cuando lo asesinaron y que aún permanecía en la pantalla del ordenador en el momento en que la policía lo encontró: “El viejo escritor se sentó a su mesa de trabajo y encendió el ordenador, dispuesto a poner en práctica el plan que había estado pergeñando desde hacía algún tiempo”, comenzaba el que parecía ser el relato de su propia muerte.

jueves, 15 de octubre de 2015

Celebración y crítica de la Hispanidad

E
l pasado lunes se celebró, como cada 12 de octubre, el Día de la Hispanidad. Desde la conmemoración del V centenario del descubrimiento, o encubrimiento, según se mire, de América, el debate en torno a si se debe celebrar la conquista y colonización del Nuevo Mundo se repite y este año, como ha quedado patente en las redes sociales, no ha sido una excepción: mientras algunos afirman sentirse orgullosos de la historia de España y evocan tan exaltados como nostálgicos aquel tiempo en que en España no se ponía el sol, otros, en cambio, recuerdan que ese tiempo de gloria patria fue en realidad un tiempo de sangre, espada y fuego, de matanzas y torturas, de imposición de la cruz y de genocidio y devastación cultural, con lo que, dicen, no hay nada que celebrar sino, antes al contrario, mucho que lamentar.
            En efecto, el 12 de octubre es el día elegido para celebrar la Hispanidad porque fue ese mismo día de 1492 cuando Cristóbal Colón llegó a América. Ello daría lugar al nacimiento del mayor imperio conocido hasta entonces, lo que para muchos ha sido motivo de orgullo nacional y sigue siéndolo hasta hoy. Mas en el siglo XXI, tras la experiencia de la barbarie del fascismo y de las guerras del siglo XX, después de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, cuando aspiramos a que se consolide una cultura de la paz y a que la defensa de la dignidad humana prime por encima de cualesquiera otros intereses, no parece plausible que se celebre el sometimiento y la humillación de miles de seres humanos a lo largo y ancho de América y, no lo olvidemos, de Canarias, cuya conquista supuso el laboratorio de pruebas de la barbarie americana.   
         Quienes aspiramos a que este siglo sea definitivamente el de la consolidación de la era de los derechos humanos, el de la realización efectiva, y no sólo el reconocimiento formal,  de las exigencias morales de libertad, igualdad y dignidad de los individuos, no podemos celebrar el nacimiento de ningún imperio, se trate del español o de cualquier otro. Y quienes lo celebran harían bien en recordar que cuando en España no se ponía el sol, no sólo los pueblos sometidos sufrieron, pues también la inmensa mayoría de los españoles de entonces padecieron en sus carnes la gloria del imperio: la falta de libertad, la Inquisición, la miseria, el hambre… Mas a pesar de todo lo dicho hasta ahora, a pesar de que la injusticia no puede ser nunca motivo de celebración, tengo para mí que el Día de la Hispanidad bien pudiera entenderse de otro modo, como ese día en el que millones de americanos, españoles, canarios y demás hispanohablantes podemos celebrar, legítimamente, el hecho de formar parte de una gran comunidad de personas que comparten la misma lengua y, en buena medida, la misma cultura, lo cual es algo de lo que, sin sentirnos mejores ni peores que ninguna otra comunidad cultural, podemos estar orgullosos.

domingo, 4 de octubre de 2015

Referéndum

L
os resultados de las elecciones suelen ser hasta cierto punto imprevisibles, de ahí que analistas y políticos acostumbren a decir que la única encuesta fiable sea la que sale de las urnas. Sin embargo, en lo que se refiere a las recientes elecciones catalanas, hemos de reconocer que las encuestas acertaron de pleno, pues tal como se había anunciado, las fuerzas políticas independentistas obtuvieron una mayoría de escaños en el Parlament, aunque no consiguieron recabar el apoyo de la mayoría de los votantes. Es por ello que desde los partidos políticos españolistas, llamémoslos así, se han apresurado a señalar que con menos de la mitad de los votos a favor de las fuerzas independentistas no procede proclamar la prometida Declaración Unilateral de Independencia. Algo en lo que, miren ustedes por dónde, han venido a coincidir con los independentistas de izquierdas de la CUP.
            La cosa tiene su gracia porque al señalar esto los españolistas reconocen, siquiera sea implícitamente, el carácter plebiscitario de las elecciones catalanas, lo cual habían venido negando sistemáticamente durante la campaña electoral, si bien es cierto que de una forma ciertamente contradictoria, toda vez que para captar votos lo mejor que se les ocurrió fue insistir en el apocalipsis que asolaría a Cataluña al día siguiente de proclamarse la independencia. Ahora, con los resultados a su favor, los independentistas, al menos los aglutinados en torno a Junts pel Sí,  afirman que seguirán con su programa ya que cuentan con la legitimidad que les otorga la mayoría parlamentaria, aunque para ello necesitarán el apoyo de la CUP que, de momento, no lo tienen. Es lo que tienen los resultados electorales: se puede ser objetivo a la hora de sumar votos o escaños, pero en lo que se refiere a la interpretación de los mismos cada uno tira de su propia hermenéutica.
              A mi juicio, se debe ser cauteloso a la hora de valorar la legitimidad de las mayorías parlamentarias, pues si la democracia es el autogobierno de los ciudadanos, no queda nada claro que los representantes, por más que dispongan de mayoría absoluta, tengan legitimidad para gobernar sin tener en cuenta la voluntad de los representados, máxime si la mayoría parlamentaria de marras se obtiene sin el apoyo real de la mayoría de los ciudadanos. Esto es lo que ocurre con la mayoría absoluta del PP en el Congreso y lo que sucede con la mayoría absoluta de las fuerzas independentistas en Cataluña. Así las cosas, parece claro que, como ha reconocido la CUP, la Declaración Unilateral de Independencia habrá de esperar. Mas tengo para mí que aun si los independentistas hubieran obtenido mayoría de votos no habría sido legítimo proclamar la independencia, pues ése es un asunto que deben decidir los catalanes directamente y no a través de sus representantes. Es por ello que hoy, cuando las fuerzas políticas a favor de la independencia de Cataluña cuentan con mayoría absoluta en el Parlament y tras haber obtenido casi el 48 por ciento de los votos, no se puede seguir consintiendo que el Gobierno de España continúe negando a la ciudadanía catalana el derecho a decidir. Y es que sólo mediante un referéndum directo y vinculante sobre la independencia podremos saber si Cataluña quiere o no seguir formando parte de España.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Universos paralelos

H
ace un par de semanas el físico teórico Stephen Hawking volvió a dar la vuelta al mundo mediático con sus nuevas afirmaciones acerca de los agujeros negros. Hasta ahora pensábamos (en realidad pensaban los científicos y los demás asentíamos) que un agujero negro es un cuerpo con una masa de tal magnitud que genera una gravedad tan brutal que atrae y atrapa sin remedio a cualquier cuerpo, incluidas las partículas de la luz. Sin embargo, Hawking dice ahora que, en realidad, los agujeros negros no son como creíamos, es decir, como creían, sino que funcionan más bien como pasarelas de nuestro universo a otros paralelos. Vamos, que si algo cae en un agujero negro no quedaría allí atrapado sino que desaparecería y aparecería en un universo paralelo. ¡Ahí es nada!
            Desde luego no seré yo quien contradiga al celebérrimo científico. Bueno, ni quien lo contradiga ni quien le dé la razón, porque, qué quieren que les diga, mis estudios de física no superaron el límite de lo que hace ya algunos años era segundo de BUP y desde que pasé a tercero y la física dejó de ser asignatura obligatoria no la volví a ver ni de lejos. Sin embargo, la nueva tesis de Hawking me ha hecho pensar. Y es que si es posible que un objeto desaparezca de nuestro universo y aparezca en otro paralelo, en buena lógica habría de ser igualmente posible que en nuestro universo hubiese seres que en realidad no fueran de aquí, sino que procedieran de uno de esos universos paralelos y tras caer, o ser empujados, vayan ustedes a saber, en un agujero negro de ésos, aparecieran en éste. De ser esto así se explicarían muchas cosas, como la existencia de tipos que no parecen de este mundo. Seguro que ya tienen en mente a más de uno.
           Concebir los agujeros negros como pasarelas a universos paralelos tiene además otras aplicaciones heurísticas. Serviría, por ejemplo, para hacer comprensible la continua desaparición de ingentes cantidades de dinero público o para comprender cómo funciona la tesorería del Partido Popular. El dinero, cómo no se nos había ocurrido antes, desaparece al caer en un agujero negro y se halla en algún universo paralelo de esos que hay por ahí. Universos paralelos como Suiza, Andorra y demás paraísos fiscales en donde el dinero una vez que llega ya no puede volver. Y es que Hawking dice que los agujeros negros sirven como pasarelas de un universo a otro, pero señala también que lo que viaja a un universo paralelo a través de un agujero negro ya no puede retornar. De ahí que las perras no vuelvan nunca. Se trata, ¡ay!, de una cuestión física, aunque a muchos de nosotros nos suene más bien a metafísica.

sábado, 5 de septiembre de 2015

La dignidad en juego

E
l maltrato a los exiliados sirios por parte de las instituciones europeas nos lleva a reflexionar, una vez más, sobre la pretensión de validez universal de los derechos humanos. Una de las críticas más radicales que se han hecho a los derechos humanos es la que consiste en señalar que se trata en realidad de un producto cultural de Occidente que se pretende imponer al resto del mundo, de manera que quienes abogan por la universalidad de tales derechos vendrían a practicar, consciente o inconscientemente, una suerte de etnocentrismo soterrado con el pretexto de reivindicar el valor supremo de la dignidad humana. Tal afirmación ha tenido buena acogida entre relativistas y postmodernos, siempre prestos a negar la existencia de valores de validez universal, quienes no dudan en defender el derecho del otro a mantener sus diferencias culturales, incluso el derecho no ya a ser reconocido como un igual sino precisamente como otro.
           El éxito de semejante crítica en determinados círculos no se debe tanto a su sofisticada argumentación sino más bien a los abusos de las potencias occidentales sobre los pueblos del otrora llamado Tercer Mundo. La negación de todo lo occidental, incluyendo el valor de la democracia y de los derechos humanos, vendría a ser la reacción a décadas, y hasta siglos, de explotación, pues desde el colonialismo clásico hasta el neocolonialismo y, en los últimos años, la globalización, Occidente se ha relacionado con el resto de la humanidad más al modo en que lo hacen el amo y el esclavo que como habrían de hacerlo seres humanos libres e iguales. Mas todo ello no restaría validez a los derechos humanos toda vez que cuando se reivindica el derecho a la diferencia se apela al derecho a vivir según el propio proyecto vital, es decir, a elegir libremente cómo se quiere vivir, que es precisamente lo que tratan de proteger los derechos humanos, cuya razón de ser no es otra que dar cobertura jurídica a las exigencias morales de libertad, igualdad y, en definitiva, dignidad.
              Los derechos humanos y los valores que los inspiran, ciertamente, tienen su origen en la Ilustración, un fenómeno cultural claramente occidental, mas ello, como se ha visto, no les resta un ápice de validez. Mucho más pertinente resulta pues otra crítica, la que apunta al hecho de que en la práctica los derechos humanos no se aplican, por más que esta segunda objeción no diga nada en contra de la validez de estos derechos fundamentales sino que se dirige más bien a las instituciones que debieran garantizar el respeto a los mismos. Y es que no basta con el reconocimiento formal de los derechos humanos: es necesaria su aplicación efectiva. Es por ello que las instituciones europeas han de estar a la altura ante el éxodo de los sirios que llegan a Europa huyendo de la guerra. Porque el derecho al asilo es uno de esos derechos fundamentales, debemos dar refugio a esos seres humanos que tratan de escapar de la barbarie. Porque lo que está en juego es la dignidad: la de ellos y la nuestra.