domingo, 23 de octubre de 2016

Admiración y asombro

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ice Aristóteles en su imponente Metafísica que la admiración y el reconocimiento de la propia ignorancia es lo que mueve a los seres humanos a filosofar, pues el hombre siente por naturaleza afán de saber. Una idea la de Aristóteles que retoma Kant cuando, en el Colofón de su Crítica de la razón práctica, señala la creciente admiración que le produce la reflexión sobre dos cosas: “el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”. Y ya en el siglo XX sería el propio Wittgenstein quien evocara este pensamiento al señalar, en su Conferencia sobre ética, el asombro que le produce la existencia del mundo.
El asombro del que habla Wittgenstein bien puede ser entendido como admiración, mas no siempre estos dos términos significan exactamente lo mismo, ya que pudiera darse el caso de que algo nos produjera asombro pero ninguna admiración. Es lo que ocurre con el asombro que nos produce algo inesperado, no digamos ya si aquello que nos causa el asombro nos lo infunde precisamente porque, de tan ridículo, genera sorpresa el que haya sucedido. Tal asombro es el que siente la intelectualidad más sofisticada que no alcanza a comprender cómo es posible que haya más de un millón de personas que pasan cada tarde delante del televisor viendo Sálvame, o el asombro que sienten todos aquellos a los que no les gusta el fútbol, para quienes resulta incomprensible que cada fin de semana millones de personas estén pendientes, como si les fuera la vida en ello, de lo que hacen unos tipos corriendo en pantalón corto detrás de una pelota. Se trataría en ambos casos, desde su punto de vista, de algo asombroso pero nada admirable.
Y un asombro de esta clase es el que, me imagino, habrán experimentado los biempensantes del mundo de las letras al enterarse de que Bob Dylan, un cantautor, haya sido galardonado nada menos que con el premio Nobel de Literatura. Asombro, que no admiración, que llevó a Jesús Badenes, director general de Planeta, en la presentación del célebre premio del mismo nombre, a afirmar hace unos días que el galardón de la Academia Sueca está “desvirtuado” y que, por eso mismo, les corresponde a ellos, los de Planeta, “liderar los premios literarios”. Mas a mí me resulta digno de admiración y asombro, en el sentido en que emplean los términos Aristóteles, Kant y Wittgenstein, que se le haya otorgado el Nobel a Bob Dylan, reconociendo así la condición de poeta al autor de letras de canciones tan emblemáticas como Blowin’ in the Wind o The Times They Are a’Changin. Y por ello mismo no salgo de mi asombro, que no admiración, ante las declaraciones de quienes se proclaman veladores de las esencias de la gran literatura y no saben, o no quieren, reconocer a una figura literaria de primer nivel. 

sábado, 8 de octubre de 2016

Los referendos los carga el diablo

Dicen algunos de nuestros demócratas de toda la vida que los referendos los carga el diablo. Lo dicen después de que en los últimos meses hayamos podido asistir a la celebración de distintos plebiscitos cuyo resultado no ha sido el esperado. Es lo que ha sucedido recientemente en Colombia, donde la ciudadanía ha rechazado el acuerdo de paz entre el Gobierno y las FARC, o lo que ocurrió el pasado mes de junio en Gran Bretaña, cuando los ciudadanos decidieron que el Reino Unido deje de formar parte de la Unión Europea. El hecho de que la ciudadanía se haya atrevido a contrariar a las élites ha llevado a líderes políticos y analistas de todo pelaje a arremeter contra el referéndum como procedimiento democrático para la toma de decisiones públicas sobre asuntos de gran trascendencia, lo cual es a todas luces más preocupante que los propios resultados de los referendos de marras, por más desacertados que éstos pudieran ser.
Y es que la democracia es el autogobierno de los ciudadanos y encuentra su fundamento último, que no absoluto, en los valores de la libertad y la igualdad. Lo que vendría pues a distinguir a las sociedades democráticas de otras formas de organización social es que sólo las primeras estarían constituidas por individuos libres e iguales, quienes, en su condición de ciudadanos y no súbditos, habrían de tener derecho a participar en la elaboración, o cuando menos en la aprobación, de las normas que luego se verán obligados a cumplir y, en general, en la toma de decisiones públicas que les afecten. De lo que se desprende que las sociedades serán más democráticas cuanto más participativas, deliberativas y directas sean sus democracias. Y hasta ahora creía yo que esto formaba parte de nuestro más profundo acervo, de suerte que si las democracias modernas optaban por el modelo representativo no es porque, desde el punto de vista de lo que se considera democrático, la democracia representativa sea preferible a la democracia directa, sino porque la primera sería la única factible en sociedades de masas como las nuestras.
Sin embargo, en estos días, como ya ocurriera tras el triunfo del Brexit, hemos podido comprobar la endeblez de las convicciones democráticas de nuestros líderes y de buena parte de nuestros conciudadanos, a juzgar por lo que se ha podido leer y escuchar en los distintos medios de comunicación y en las redes sociales. Y es que el argumento a favor de la democracia representativa sobre la democracia directa ha pivotado de la factibilidad a la conveniencia de que sean los expertos en política los que decidan sobre las cuestiones trascendentes, liberando así a los ciudadanos, por naturaleza ignorantes, de la responsabilidad de decidir por sí mismos. Quienes así opinan no sólo confunden una democracia con la paternalista república propuesta por Platón, para quien sólo los filósofos estaban llamados a dirigir la polis, sino que olvidan que si la democracia es preferible a otras formas de organización política es porque cuenta con mayor legitimidad, toda vez que protege mejor que ningún otro sistema las exigencias de libertad y de igualdad de los individuos modernos, y no porque garantice que las decisiones tomadas por la ciudadanía en su conjunto hayan de ser siempre las correctas. Y es que los referendos los carga el diablo, pero los apreciamos los demócratas. 

sábado, 1 de octubre de 2016

El culebrón de la rosa


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ntre las distintas citas célebres que se le atribuyen a Winston Churchill, acaso la más recordada sea la pronunciada en su primer discurso como primer ministro ante la Cámara de los Comunes: “No tengo más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, espetó el político conservador entonces, al tiempo que anunciaba la entrada de Gran Bretaña en la Segunda Guerra Mundial. Algo similar podría decirles Pedro Sánchez a los que todavía le siguen en el PSOE, aunque sin duda la anécdota de Churchill que mejor viene para entender lo que está sucediendo en el partido de la rosa es aquella otra en la que el viejo político le aclaraba a un joven diputado que los adversarios se encontraban en la bancada de enfrente, mientras que los enemigos, si quería encontrarlos, había de mirar en su propio partido. Si esta anécdota tuvo realmente lugar o no es algo que desconozco, pero de lo que estoy seguro, como seguro estará Pedro Sánchez, es que lo que dice es cierto.
            En efecto, a nadie se le esconde que el todavía secretario general del PSOE ha tenido que ir sorteando cuchillos desde el mismo momento en que accedió al cargo, pero lo sucedido en estos días, que algunos han calificado de golpe de estado, es algo que ni los más descreídos y suspicaces podrían haber imaginado. Que 17 miembros de la ejecutiva federal del PSOE hayan dimitido con la única intención de impedir que su secretario general intente formar un gobierno alternativo resulta más kafkiano que los avatares de Josef K. Tanto es así que la maniobra llevada a cabo por los halcones SOEcialistas, con el inestimable apoyo de Felipe González que antes de que se celebraran las elecciones de diciembre ya venía abogando por la gran coalición, ha conseguido que en los círculos izquierdistas en los que no se tenía ninguna simpatía por Pedro Sánchez, éste haya empezado a caer hasta casi bien, por más que su empeño en no dejar gobernar al PP tenga seguramente más que ver con salvarse a sí mismo que con salvar sus pretendidos principios.
           Y es que tiene gracia que quien se presumía el menos izquierdista de los que en su día optaron a la secretaría general haya venido a erigirse en el velador de las esencias socialistas del partido. Sea como fuere, lo que el último capítulo del culebrón de la rosa ha dejado claro, una vez más, es que el PSOE hace ya tiempo que dejó de ser un partido de izquierdas y representa más bien, como ya he dicho en anteriores ocasiones, a la derecha moderada, aunque, eso sí, con algunas mañas más propias de la izquierda estalinista, como hemos podido ver, que de ninguna suerte de liberalismo. Habrá pues que dar la razón a quienes hablan del PPSOE para identificar a las derechas si finalmente los de la rosa optan por abrir las puertas del Gobierno al PP antes de intentar un acuerdo con Podemos, cuya sola mención evoca en algunos despachos de Ferraz el olor del azufre.

sábado, 26 de diciembre de 2015

La gran coalición

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ntre los exégetas de la voluntad popular y de la opinión pública, está de moda señalar que los ciudadanos están cansados de mayorías absolutas y prefieren gobiernos en los que participen diversas fuerzas políticas, pues es la única forma de garantizar que la política del rodillo es sustituida por la política de los pactos. Prueba de ello serían los resultados electorales, a juicio de nuestros intérpretes, que, como se sabe, no sólo no otorgan la mayoría absoluta a ningún partido sino que han generado tal reparto de escaños que conformar un gobierno mínimamente estable se ha convertido en una tarea ciertamente ardua. Mas a pesar de la indudable complejidad de la situación política española tras el 20-D, tengo para mí que ello no prueba en ningún caso que la ciudadanía prefiera un gobierno sostenido en un pacto entre partidos. Y es que resulta difícil imaginar a un votante del PP, el PSOE, Podemos o Ciudadanos que al depositar su papeleta en la urna lo haga pensando que ojalá gane su opción pero no con los votos suficientes como para alcanzar mayoría absoluta en el Congreso.
            Más allá de las interpretaciones de los deseos ciudadanos, siempre etéreas y fútiles, lo cierto es que los resultados son los que son y el que finalmente gobierne tendrá que llegar a acuerdos con otras fuerzas políticas. Le corresponde al PP tomar la iniciativa, pues es el partido más votado aunque su victoria, en esta ocasión, sea más bien pírrica: una alianza con Ciudadanos no le daría para formar gobierno y su pésima relación con el resto de los partidos hace imposible a priori que ninguno de ellos esté dispuesto a facilitar la investidura de Mariano Rajoy como presidente. Salvo que a los soecialistas les entre un ataque de sentido de Estado y se avengan a pactar la gran coalición bendecida en su momento por el ínclito Felipe González, ex presidente del Gobierno y cienmileurista, tan aficionado a sentarse en consejos de administración de grandes empresas, como a marcharse de ellos si se aburre.
          Así las cosas, la pelota está en el tejado del PSOE, y será Pedro Sánchez quien tenga que tomar la decisión de intentar un pacto a múltiples bandas o llegar a un acuerdo con el PP. El pacto de las izquierdas es complicado, sobre todo por la exigencia de Podemos de celebrar un referéndum en Cataluña sobre la independencia. Si el PSC no hubiese renunciado al derecho a decidir, los dirigentes del PSOE se lo habrían tenido que pensar habida cuenta de la importancia que los votos catalanes tienen para el soecialismo. Pero el compromiso abanderado de Pedro Sánchez con la unidad de España, ya se sabe que en el PSOE hace tiempo que son más españoles que socialistas y obreros, impide que se pueda dar un pacto progresista. Y aunque de momento los gerifaltes soecialistas afirman que votarán siempre en contra de la investidura de Rajoy, el asunto catalán bien puede servirles de pretexto para fraguar un pacto a la alemana. Quizás entonces los exégetas de turno afirmen que la gran coalición sea la más clara expresión de la voluntad popular.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Apropiaciones indebidas

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uienes se hallan instalados en el poder, ya sea el político, el económico o el poder de cualquier índole, tienen por costumbre apropiarse de aquellas palabras o expresiones que cuentan con el respaldo social mayoritario, sobre todo si éstas han llegado a ser comúnmente aceptadas tras años de demandas ciudadanas. Así, los dirigentes empresariales no dudan en incorporar a su léxico publicitario términos como ecologismo o desarrollo sostenible, a sabiendas del incremento de la sensibilidad de la ciudadanía hacia la preservación del medio ambiente experimentado en las últimas décadas. Y aunque en ocasiones es posible que las élites económicas alberguen cierto sentimiento ecologista, detrás de la apropiación de expresiones de esta guisa suelen esconderse los meros intereses empresariales y la simple búsqueda de beneficios económicos. Un afán de lucro que puede ser ciertamente espurio, como ha quedado patente en el caso de la estafa perpetrada por la marca Volkswagen.
            Una práctica similar es la que suelen llevar a cabo las élites políticas (siempre de la mano de las económicas hasta tal punto que no es posible distinguir la una de la otra con nitidez), las cuales también gustan de apropiarse de expresiones biensonantes. En efecto, entre la clase política es un lugar común incluir unos toques verdes en sus discursos y programas, por más que algunos no duden en tildar de fundamentalismo ecologista a todo movimiento ciudadano que se oponga a sus proyectos por disparatados que éstos puedan llegar a ser. Mas la palma en lo que se refiere a expresiones que la clase política pretende apropiarse se la llevan el Estado de bienestar y la democracia. Y es que en la actualidad, el Estado de bienestar ya no es patrimonio de la socialdemocracia, pues todas las fuerzas políticas, hasta las más ultraliberales, dicen defenderlo aunque sea a base de recortar en sanidad, educación, derechos laborales y, en definitiva, todos aquellos elementos que se supone que constituyen los pilares del tan manido como maltrecho Estado de bienestar.
           Lo mismo ocurre con el término democracia: no es sólo que todos los partidos políticos la reconozcan como la mejor de las formas de organizar políticamente la sociedad, lo cual puede resultar muy loable, sino que se da una tendencia a identificar la democracia con los propios intereses, de suerte que cada partido pretende hacer de lo democrático su patrimonio exclusivo. Buen ejemplo de ello nos lo han venido brindando los contendientes en el conflicto catalán: tanto españolistas como independentistas, cuando defienden sus posturas, obviamente contrapuestas, dicen hablar en defensa de la democracia. Se trata sin duda de apropiaciones indebidas que no deberíamos aceptar sin más, pues si la democracia es el autogobierno de los ciudadanos, habrá de ser entonces patrimonio de todos y no sólo de unos pocos. Por lo demás, tan antidemocrática resulta la negación del derecho a decidir de los catalanes por parte del Gobierno de España como avanzar hacia la independencia de Cataluña sin contar claramente con el apoyo explícito de la mayoría de la ciudadanía catalana. A resultas de lo cual sólo podemos concluir, digámoslo una vez más sin ánimo de incurrir en ninguna apropiación indebida, que la celebración de un referéndum constituye la única solución democrática al conflicto de marras.

viernes, 23 de octubre de 2015

El suicidio del viejo escritor

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l viejo escritor se sentó a su mesa de trabajo y encendió el ordenador, dispuesto a poner en práctica el plan que había estado pergeñando desde hacía algún tiempo. A decir verdad, no estaba seguro de que su plan funcionara, pero era lo único que podía hacer, cansado ya como estaba de esperar a que la muerte viniera a buscarle. Y es que hacía tiempo ya que había perdido las ganas de vivir. Desde que el alzhéimer se llevara a su esposa ya no le quedaba ninguna razón para seguir en el mundo. Cuando ella murió, lo sintió muchísimo, se le quebró el alma, pero pensó que quizás entonces podría encontrar un nuevo sentido a su existencia, pues llevaba ya varios años en los que el cuidado de su esposa enferma había ocupado el centro de su vida. Incluso los familiares y amigos íntimos trataron de animarle diciéndole que la muerte de su mujer era lo mejor que podía haberles pasado a los dos, que ella estaba ya muy deteriorada y que ahora había llegado por fin el momento de descansar. Y él, hundido como estaba, les daba la razón, convencido de que era sólo cuestión de tiempo reponerse y afrontar de nuevo la vida, con nuevas ilusiones aún por aflorar. Pero el tiempo pasó y a la zozobra causada por la pérdida la fue sustituyendo una sensación de desánimo imposible de soportar. Sencillamente, los últimos años de su vida los había consagrado a cuidar a su esposa enferma y se había olvidado de vivir. Al menos eso es lo que pensó en un principio, pero más tarde reconoció su error: no es que no supiera vivir sin tener que cuidar a su esposa; es que no sabía vivir sin su esposa, enferma o sana. Cuando cobró conciencia de ello abandonó la búsqueda de nuevas emociones, nuevos proyectos que le dieran sentido a su vida y se dedicó rutinariamente a esperar su muerte. Pero la muerte no llegaba, así que comenzó seriamente a pensar en suicidarse. Por su cabeza habían pasado todas las formas de suicidio posibles, pero no se atrevió con ninguna. Deseaba morir, mas no tenía el coraje suficiente para quitarse la vida. Y es que, él lo sabía muy bien, para matarse había que tener un valor inmenso, por mucho que los biempensantes de turno se empeñaran en repetir que el suicidio es propio de cobardes, que sólo los valientes tenían los arrestos suficientes para afrontar la vida. ¡Menuda estupidez!, pensaba cada vez que desechaba quitarse la vida de un modo u otro, ya fuera por el pánico que le producía el morir con dolor, ya fuera simplemente por el terror que la muerte le inspiraba a pesar de que la deseara profundamente. Tan contradictorio como el ser humano mismo. Querer morir y no atreverse a dar el paso.
            Había transcurrido algo más de un año cuando tomó conciencia de que deseaba morirse, de que ya no podría ocurrir nada en el mundo que le hiciera tomarle el pulso a la vida. Y eso que había ido recuperando poco a poco las actividades habituales de cuando su esposa aún no había caído enferma. Se despertaba involuntariamente, cosas de la edad, sobre las seis de la mañana, pero permanecía en la cama un par de horas escuchando la radio. Sobre las ocho, desayunaba en el bar de enfrente de su casa leyendo el periódico y después salía a pasear por Las Canteras. Tras el paseo matutino, que duraba alrededor de una hora u hora y media, se daba una buena ducha y luego se sentaba a escribir. Después de almorzar, se echaba una cabezadita antes de ponerse a leer. Las tardes las pasaba leyendo y al anochecer, antes de cenar, algunos días salía a dar otro paseo, otras veces, cuando había fútbol, se quedaba en el bar. Por las noches solía escribir otro rato antes de meterse en la cama con sus viejos compañeros de siempre: la radio y sus libros.
            Era de noche y el viejo escritor se puso delante del ordenador como de costumbre. Estaba enfrascado en un relato propio del género negro en el que un tipo debía matar a otro por encargo. Pasada la media noche, el asesino se plantó delante de la puerta del domicilio de su víctima y forzó la cerradura tan suavemente que se diría que había abierto con una copia de la llave. Sin duda era un profesional, estaba tecleando el viejo escritor en el ordenador en el mismo momento en que oyó cómo alguien abría la puerta de su propio domicilio. Aunque se le cortó el aliento al constatar que su descerebrado plan estaba funcionando, no se inmutó y siguió escribiendo, frenético, consciente de que la realidad brotaba de su escritura. El piso estaba totalmente a oscuras salvo por una tenue luz que provenía de la habitación situada al fondo del pasillo. En el silencio de la noche, mientras se deslizaba por el corredor hacia la estancia del fondo sin hacer el menor ruido, podía oír el chasquido de las teclas del ordenador en el que el viejo escritor escribía sin parar. Cruzó el umbral de la puerta y lo vio allí, de espaldas, sentado en el escritorio situado debajo de la ventana, escribiendo.
            - Le esperaba- dijo el viejo escritor sin parar de escribir.
            - Tengo un encargo para usted, viejo.
            - Haga lo que tenga que hacer sin demorarse. No tenemos toda la noche- contestó sin volverse mientras seguía escribiendo compulsivamente.
            Entonces, sin mediar más palabras, el asesino cumplió su encargo y acabó con la vida de su víctima de un único disparo letal. El viejo escritor cayó muerto sobre el escritorio. Sólo entonces paró de escribir y en ese mismo instante el asesino se esfumó.
          A la semana siguiente la policía irrumpió en el domicilio del viejo escritor alertada por un vecino, quien, extrañado por no verlo salir a dar sus habituales paseos, tocó insistentemente a su puerta sin recibir respuesta y ante el hedor que salía de su casa se temió lo peor. No estaba equivocado. Los agentes lo encontraron con las manos y el rostro empotrados sobre el teclado del ordenador aún encendido con un tiro en la nuca. Desde luego era un caso de lo más extraño. La cerradura no parecía haber sido forzada y tampoco había nada que indicara que hubiese sufrido un robo. Pero lo más raro de todo era aquel dichoso cuento en el que se encontraba trabajando el viejo escritor cuando lo asesinaron y que aún permanecía en la pantalla del ordenador en el momento en que la policía lo encontró: “El viejo escritor se sentó a su mesa de trabajo y encendió el ordenador, dispuesto a poner en práctica el plan que había estado pergeñando desde hacía algún tiempo”, comenzaba el que parecía ser el relato de su propia muerte.

jueves, 15 de octubre de 2015

Celebración y crítica de la Hispanidad

E
l pasado lunes se celebró, como cada 12 de octubre, el Día de la Hispanidad. Desde la conmemoración del V centenario del descubrimiento, o encubrimiento, según se mire, de América, el debate en torno a si se debe celebrar la conquista y colonización del Nuevo Mundo se repite y este año, como ha quedado patente en las redes sociales, no ha sido una excepción: mientras algunos afirman sentirse orgullosos de la historia de España y evocan tan exaltados como nostálgicos aquel tiempo en que en España no se ponía el sol, otros, en cambio, recuerdan que ese tiempo de gloria patria fue en realidad un tiempo de sangre, espada y fuego, de matanzas y torturas, de imposición de la cruz y de genocidio y devastación cultural, con lo que, dicen, no hay nada que celebrar sino, antes al contrario, mucho que lamentar.
            En efecto, el 12 de octubre es el día elegido para celebrar la Hispanidad porque fue ese mismo día de 1492 cuando Cristóbal Colón llegó a América. Ello daría lugar al nacimiento del mayor imperio conocido hasta entonces, lo que para muchos ha sido motivo de orgullo nacional y sigue siéndolo hasta hoy. Mas en el siglo XXI, tras la experiencia de la barbarie del fascismo y de las guerras del siglo XX, después de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, cuando aspiramos a que se consolide una cultura de la paz y a que la defensa de la dignidad humana prime por encima de cualesquiera otros intereses, no parece plausible que se celebre el sometimiento y la humillación de miles de seres humanos a lo largo y ancho de América y, no lo olvidemos, de Canarias, cuya conquista supuso el laboratorio de pruebas de la barbarie americana.   
         Quienes aspiramos a que este siglo sea definitivamente el de la consolidación de la era de los derechos humanos, el de la realización efectiva, y no sólo el reconocimiento formal,  de las exigencias morales de libertad, igualdad y dignidad de los individuos, no podemos celebrar el nacimiento de ningún imperio, se trate del español o de cualquier otro. Y quienes lo celebran harían bien en recordar que cuando en España no se ponía el sol, no sólo los pueblos sometidos sufrieron, pues también la inmensa mayoría de los españoles de entonces padecieron en sus carnes la gloria del imperio: la falta de libertad, la Inquisición, la miseria, el hambre… Mas a pesar de todo lo dicho hasta ahora, a pesar de que la injusticia no puede ser nunca motivo de celebración, tengo para mí que el Día de la Hispanidad bien pudiera entenderse de otro modo, como ese día en el que millones de americanos, españoles, canarios y demás hispanohablantes podemos celebrar, legítimamente, el hecho de formar parte de una gran comunidad de personas que comparten la misma lengua y, en buena medida, la misma cultura, lo cual es algo de lo que, sin sentirnos mejores ni peores que ninguna otra comunidad cultural, podemos estar orgullosos.

domingo, 4 de octubre de 2015

Referéndum

L
os resultados de las elecciones suelen ser hasta cierto punto imprevisibles, de ahí que analistas y políticos acostumbren a decir que la única encuesta fiable sea la que sale de las urnas. Sin embargo, en lo que se refiere a las recientes elecciones catalanas, hemos de reconocer que las encuestas acertaron de pleno, pues tal como se había anunciado, las fuerzas políticas independentistas obtuvieron una mayoría de escaños en el Parlament, aunque no consiguieron recabar el apoyo de la mayoría de los votantes. Es por ello que desde los partidos políticos españolistas, llamémoslos así, se han apresurado a señalar que con menos de la mitad de los votos a favor de las fuerzas independentistas no procede proclamar la prometida Declaración Unilateral de Independencia. Algo en lo que, miren ustedes por dónde, han venido a coincidir con los independentistas de izquierdas de la CUP.
            La cosa tiene su gracia porque al señalar esto los españolistas reconocen, siquiera sea implícitamente, el carácter plebiscitario de las elecciones catalanas, lo cual habían venido negando sistemáticamente durante la campaña electoral, si bien es cierto que de una forma ciertamente contradictoria, toda vez que para captar votos lo mejor que se les ocurrió fue insistir en el apocalipsis que asolaría a Cataluña al día siguiente de proclamarse la independencia. Ahora, con los resultados a su favor, los independentistas, al menos los aglutinados en torno a Junts pel Sí,  afirman que seguirán con su programa ya que cuentan con la legitimidad que les otorga la mayoría parlamentaria, aunque para ello necesitarán el apoyo de la CUP que, de momento, no lo tienen. Es lo que tienen los resultados electorales: se puede ser objetivo a la hora de sumar votos o escaños, pero en lo que se refiere a la interpretación de los mismos cada uno tira de su propia hermenéutica.
              A mi juicio, se debe ser cauteloso a la hora de valorar la legitimidad de las mayorías parlamentarias, pues si la democracia es el autogobierno de los ciudadanos, no queda nada claro que los representantes, por más que dispongan de mayoría absoluta, tengan legitimidad para gobernar sin tener en cuenta la voluntad de los representados, máxime si la mayoría parlamentaria de marras se obtiene sin el apoyo real de la mayoría de los ciudadanos. Esto es lo que ocurre con la mayoría absoluta del PP en el Congreso y lo que sucede con la mayoría absoluta de las fuerzas independentistas en Cataluña. Así las cosas, parece claro que, como ha reconocido la CUP, la Declaración Unilateral de Independencia habrá de esperar. Mas tengo para mí que aun si los independentistas hubieran obtenido mayoría de votos no habría sido legítimo proclamar la independencia, pues ése es un asunto que deben decidir los catalanes directamente y no a través de sus representantes. Es por ello que hoy, cuando las fuerzas políticas a favor de la independencia de Cataluña cuentan con mayoría absoluta en el Parlament y tras haber obtenido casi el 48 por ciento de los votos, no se puede seguir consintiendo que el Gobierno de España continúe negando a la ciudadanía catalana el derecho a decidir. Y es que sólo mediante un referéndum directo y vinculante sobre la independencia podremos saber si Cataluña quiere o no seguir formando parte de España.