jueves, 10 de noviembre de 2022

La paz social

 

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na buena amiga, que en los últimos tiempos se ha convertido en mi más leal lectora, pues no solo lee todos mis artículos sino que, con frecuencia, me brinda algún comentario, me decía a propósito precisamente de una de mis columnas que ella estaba de acuerdo con que no le bajaran los impuestos siempre que le subieran el sueldo “porque esto es un robo a mano armada”. El robo al que se refería no es el que según la derecha española, la liberal y la ultramontana que cada día cuesta más distinguir, comete el Gobierno con su política fiscal, sino el del encarecimiento de la vida, el incremento de los precios y más concretamente el del precio de la luz. Y yo estoy plenamente de acuerdo con ella, “pues sin duda se deben subir los salarios porque si no esta inflación desmesurada que estamos padeciendo la pagamos solo los trabajadores, aunque la patronal no quiere ni oír hablar del tema porque subir los sueldos le parece bolivariano… Pero ese es tema para otro artículo”, le respondí.

Como lo prometido es deuda y más si tu acreedor muestra tanto interés por tus textos, y paciencia con el autor de estas luces de trasnoche, aquí estoy tecleando esta columna a propósito de la demanda sindical de subir los salarios para que las clases trabajadoras puedan paliar los efectos de la inflación y que los costes de la misma se repartan entre asalariados y empresarios. Algo con lo que, ya lo adelantábamos, no está de acuerdo el presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), Antonio Garamendi, quien, de momento, ni siquiera está dispuesto a sentarse a negociar un incremento salarial. De ahí que el lema de los sindicatos convocantes, UGT y CCOO, los mayoritarios en España, haya sido “Salario o conflicto”, lo que viene a constituir una versión a la posmoderna, líquida o débil, de la ya clásica lucha de clases diagnosticada por Marx y que el mismísimo Warren Buffet, el célebre multimillonario estadounidense, reconociera abiertamente cuando, hace ya años, señalara que, en  efecto, hay una lucha de clases y son los ricos los que la van ganando.

Hay que reconocer que Buffet hizo estas declaraciones en un intento de criticar el sistema fiscal pues, para asombro de muchos, al multimillonario Buffet, el muy bolivariano, le parecía enormemente injusto que proporcionalmente él pagara muchos menos impuestos que sus empleados. A mi modo de ver, la lucha de clases podrá permanecer latente, pero mientras la sociedad siga desgarrada por la desigualdad seguirá siendo una realidad. Y en estos días, cuando hemos sabido que el mes de octubre ha sido el mejor en cuanto al descenso del desempleo desde 2008, que se han afiliado a la Seguridad Social 103.499 trabajadores, que el número total de cotizantes sobrepasa los 20 millones y que, sin embargo, según el Instituto Nacional de Estadística, aunque los datos sean relativos a 2021, el 27,8 por ciento de la población española está en riesgo de pobreza y exclusión social, un alarmante 37,8 por ciento en el caso de Canarias, conviene que la lucha de clases se haga patente, porque la paz social no se puede sustentar sobre la base del empobrecimiento de las clases trabajadoras.

jueves, 27 de octubre de 2022

Ricos y pobres

 

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ice Alberto Núñez Feijóo que hablar de ricos y pobres es muy antiguo. Lo dice a propósito del nuevo impuesto que prepara el Gobierno para las grandes fortunas, es decir, para los ricos, o, mejor dicho, los muy ricos. Y es que se trata de un tributo especial que tendrán que pagar las personas que dispongan de una fortuna mayor a los tres millones de euros, han leído bien, ¡tres millones de euros! Un impuesto que ni siquiera afectará a todos los millonarios, es decir, aquellos que disponen de más de un millón de dólares, que es lo que se entiende, en rigor, por millonario y que en España son el tres por ciento de la población adulta. Pero al presidente del Partido Popular, el moderado Feijóo, le preocupa la injusticia que, a su juicio, supone que quienes cuenten con más de tres millones de euros en su haber, unas 23.000 personas, tengan que pagar un nuevo impuesto, aunque sea temporal y en esta coyuntura socioeconómica que estamos atravesando.

Sin duda que sean muchos o pocos los que tengan que pagar este nuevo tributo es lo de menos, pues si se tratara de una injusticia, no digamos si se atentara contra la dignidad humana, si se violaran derechos fundamentales, entonces sería algo gravísimo aunque la víctima fuera un solo individuo. Pero ocurre que la tamaña injusticia que encuentra Feijóo no se ve por ningún lado. Y es que el hecho de que unos pocos, los más favorecidos en lo que al reparto de la riqueza se refiere, hayan de contribuir algo más de lo que ya contribuyen a las arcas públicas para favorecer el bien común, para mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos, se me antoja que es una cuestión de justicia mínima. Lo que el Gobierno plantea es que quienes tengan entre tres y cinco millones paguen el 1,7 por ciento; el 2,1 por ciento, quienes tengan entre cinco y diez millones; y el 3,5 por ciento aquellos cuya fortuna supere los diez millones de euros. Como se ve, a ninguno de ellos este nuevo impuesto le apeará de su condición de millonario.

Sin embargo, en España, casi el 30 por ciento de la población se halla en riesgo de pobreza o exclusión social. Una cifra ya de por sí escandalosa que en Canarias se incrementa hasta alcanzar casi el 40 por ciento. En más de una ocasión he escrito que la sociedad justa, para ser realmente tal, sería aquella en la que se diera una distribución igualitaria de la riqueza y del poder. Ello implicaría, obviamente, la abolición de las clases sociales y que la democracia liberal deviniera en democracia libertaria. Mas el socialismo contemporáneo, democrático, hace ya tiempo que renunció a construir la sociedad sin clases y aspira únicamente a redistribuir mínimamente la riqueza por la vía de los impuestos, para que los millonarios sigan siéndolo, disfrutando de sus privilegios, pero que los demás, sobre todo los más desfavorecidos, tengan garantizado el respeto efectivo de sus derechos sociales, es decir, el acceso a las mínimas condiciones materiales de existencia para llevar a cabo una vida digna. Así que, por más que a Feijóo le parezca antiguo, hablar de ricos y pobres aún es necesario, pues la desigualdad sigue siendo, hoy como ayer, el principal de los problemas sociales.

miércoles, 12 de octubre de 2022

A vueltas con los impuestos

B

ajar impuestos es de derechas o de izquierdas? Pues yo diría que depende. Tradicionalmente se ha entendido que bajar los impuestos es lo que defiende la derecha y que subirlos es lo propio de una política de izquierdas. Esto es lo que, en general, se ha venido sosteniendo, con excepciones como la de José Luis Rodríguez Zapatero, quien allá por el año 2003 señalara que “bajar los impuestos es de izquierdas”. También en la derecha hemos visto cómo, al menos en la práctica, se puede contradecir esta visión tradicional de los impuestos. Tal sería el caso del nunca bien ponderado Mariano Rajoy, quien prometió en la oposición bajar los impuestos pero hizo todo lo contrario en cuanto fue elegido presidente del Gobierno. Mas, zapateradas y marianadas aparte, lo cierto es que hay razones ideológicas para pensar que es la derecha la que, en principio, estaría más a favor de bajar los impuestos, pues para la ortodoxia liberal la propiedad privada es sagrada y el cobro de impuestos destinado a redistribuir la riqueza, que es la finalidad de las políticas públicas, carecería de legitimidad.

En esto ha consistido, en esencia, el discurso liberal sobre los impuestos. Ocurre que, en España, algunos presupuestos de la socialdemocracia han sido asimilados, acaso a regañadientes, incluso por la derecha más ultraliberal, hasta el punto de que a ningún partido político se le ocurriría incluir en su programa el desmantelamiento del Estado de bienestar. A nadie se le esconde que el sostenimiento de dicho Estado de bienestar solo puede hacerse a base de políticas públicas orientadas a la cohesión social, las cuales cuestan dinero y para sufragarlas es necesario que el Estado disponga de ingresos que han de proceder de los impuestos de los contribuyentes. Es por ello que en el discurso liberal más reciente se esconden las razones ideológicas y se disfrazan de razones técnicas: bajar los impuestos, se arguye, es una cuestión de eficacia, pues de ese modo se genera economía y, a la postre, se incrementan los ingresos del Estado, ya que habrá más personas y empresas tributando, lo cual, añadimos nosotros, no se ha podido acreditar empíricamente nunca.

Así las cosas, si queremos mantener el Estado de bienestar, si queremos garantizar los derechos sociales de toda la ciudadanía, no queda otra que pagar impuestos y, desde esta perspectiva, la izquierda debería tener claro que bajar los impuestos es una política que atenta contra el principio de igualdad social que se pretende defender. Ahora bien, si se considera que los impuestos son necesarios como medida para redistribuir la riqueza, no tiene sentido que todos contribuyamos por igual, pues los tributos, en justicia, deben ser progresivos y proporcionales a la riqueza de cada uno. Es por ello que subir los impuestos a las rentas más altas y bajarlos a las más bajas es perfectamente compatible con lo que, a mi juicio, cabría esperar de un gobierno de izquierdas. Como lo es también que se incrementen los impuestos directos y se bajen los indirectos, como el IVA o el IGIC, los impuestos al consumo, pues se trata a todas luces de tributos injustos en la medida en que se cobran a todos por igual, lo mismo a los más ricos que a los pobres de solemnidad. ¿Bajar los impuestos es de derechas o de izquierdas? Pues depende de qué impuestos se bajen y a quién. 

miércoles, 5 de octubre de 2022

Impuestos y derechos humanos

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n el debate filosófico sobre los derechos humanos, los más ultraliberales, los defensores del Estado mínimo, como fueran en su día Robert Nozick, Milton Friedman o Friedrich von Hayek, afirman que los únicos derechos que pueden ser considerados derechos humanos son los denominados derechos de la primera generación, los derechos negativos, los derechos de libertad, es decir, los derechos civiles y políticos, pero que los derechos de la segunda generación, los derechos positivos, inspirados en la igualdad, a saber, los económicos, sociales y culturales, no pueden ser considerados derechos universales y, por ende, no pueden formar parte de los derechos humanos. Es por ello que desde esta corriente del pensamiento que, en suma, es la que inspira a la derecha liberal en Occidente, se miran los impuestos con recelo, pues estos son, para ellos, poco menos que un robo, sobre todo si están dirigidos a redistribuir mínimamente la riqueza y a paliar las desigualdades sociales.

    Frente al liberalismo conservador, ultraliberal o, para emplear una expresión más al uso, el neoliberalismo, se halla el liberalismo igualitario defendido por Johh Rawls o Ronald Dworkin, cuyos postulados son similares a los de la socialdemocracia europea. En esta línea, Ernst Tugendhat ha señalado que la propiedad privada que tanto preocupa a los teóricos del Estado mínimo es en realidad una institución social que viene respaldada por el propio Estado, sin el cual no podría existir. Y que tal Estado, que es el que garantiza la propiedad privada, para ser legítimo ante los no propietarios, debe hacerse cargo de una mínima redistribución de la riqueza que permita a todos acceder a unas condiciones materiales de vida dignas.  La función principal de los derechos humanos es proteger la dignidad de las personas, y puesto que esta sufre tanto si se viola la libertad del individuo como si se atenta contra la igualdad, entonces resulta obvio que los derechos económicos, sociales y culturales son derechos humanos del mismo rango que los derechos civiles y políticos. Y tales derechos solo se pueden garantizar mediante el cobro de impuestos que habrán de ser progresivos y proporcionales a la riqueza de cada uno.

    La propuesta de Tugendhat en torno al Estado legítimo, aun siendo más plausible que las diatribas neoliberales, adolece de un problema, ya que el Estado, en rigor, jamás será una institución legítima, pues la única relación que el individuo puede mantener con el Estado, para decirlo con Javier Muguerza, es la que mantiene el siervo con el señor. Mas si dejamos este matiz libertario para otro momento, ahora que en España el tema de los impuestos vuelve a estar en el centro de la contienda política, creo que conviene analizar las diferentes posiciones a la luz del debate en torno a los derechos humanos. Y es que el impuesto de patrimonio, el impuesto a las grandes fortunas, los impuestos a la banca y a las grandes compañías energéticas que defienden el Gobierno y los partidos de izquierdas son coherentes con una concepción de España como un Estado social y democrático de derecho, que es como se establece en la Constitución, mientras que estar en contra de estos impuestos, como hacen el Partido Popular y Ciudadanos, es más propio de quienes preferirían que España se definiera como un simple Estado liberal, si es que no un Estado democrático pero iliberal, como parece ser la propuesta de Vox. 

viernes, 16 de septiembre de 2022

No son leyes naturales

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ay que ver el  revuelo mediático, social y político que se ha armado a raíz de la última propuesta de Yolanda Díaz, vicepresidenta segunda y ministra Trabajo y de Economía Social, para abaratar los costes de los alimentos. A decir verdad, no queda muy claro qué es lo que propone la vicepresidenta, pues si en un principio parecía  que  se trataba de fijar un tope al precio de los alimentos indispensables, posteriormente se dio a entender que lo que se pretende no es tanto poner un límite sino invitar a las grandes distribuidoras de alimentos a que ofrezcan a los consumidores una cesta  de la compra con productos básicos a un precio económico para, de ese modo, ayudar a las familias a sortear la inflación que anda en torno al 10 por ciento en general, pero, en lo que a la compra del supermercado se refiere, alcanza ya el 30 por ciento. ¡Ahí es nada!

Que la propuesta de la ministra no sea del todo clara no es algo que deba extrañarnos demasiado, pues, aunque no siempre, la falta de claridad es una de las características de la que, según dicen, es la ministra mejor valorada. Y es que Yolanda Díaz forma parte del Gobierno por la cuota de Unidas Podemos, pero ella misma no se cansa de repetir que ni es de Podemos ni de Izquierda Unida, aunque tenga el carnet del Partido Comunista de España, que es la principal fuerza política de cuantas conforman Izquierda Unida. Yo, francamente, no consigo entenderlo, porque es como ser y no ser al mismo tiempo, lo cual atenta contra los más elementales principios de la lógica, como son el principio de no contradicción  y el principio del tercero excluido. Y por si su relación con Podemos e Izquierda Unida no fuera lo suficientemente confusa, ahí está la ministra liderando ese proyecto sin líderes llamado Sumar, al margen de los partidos, que se supone que nace de la ciudadanía, aunque se diría que lo está alumbrando la propia Yolanda Díaz.

Si traigo a colación estos ejemplos no es sino para mostrar que, en efecto, la figura de la ministra de Trabajo y Economía Social es deliberadamente ambigua. Mas dicha ambigüedad no ha impedido  que la vicepresidenta haya sido capaz en varias ocasiones de poner de acuerdo a agentes sociales tan antagónicos como los sindicatos y las organizaciones empresariales. De ahí que, pese a su falta de claridad, podamos ser moderadamente optimistas con respecto a que la ministra logre fraguar un consenso sobre la necesidad de implementar un conjunto de medidas, ya veremos cómo se concretan y si hay o no acuerdo, que consigan abaratar el precio de la compra, que, sobre todo para las familias más vulnerables, ha alcanzado unos niveles inasumibles. Y ello a pesar de que las derechas mediáticas, sociales y políticas insistan en la imposibilidad de  llevar a cabo la propuesta de  Yolanda Díaz. Tampoco se podía poner un tope al precio del gas ni bajar el IVA al consumo de energía eléctrica y finalmente se hizo. Y es que las leyes que regulan la economía no son leyes naturales y, por lo tanto, se pueden modificar. 

sábado, 11 de junio de 2022

Una anomalía democrática

 

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a visita del rey emérito ha hecho que el debate en torno a la monarquía se haya vuelto a abrir, algo que, en los últimos tiempos, ocurre con cierta periodicidad. La figura de Juan Carlos I, que otrora contaba con el reconocimiento social y político, si no unánimemente al menos sí mayoritariamente, se ha vuelto polémica, si es que no directamente molesta. Y es que el viejo monarca molesta si se queda en Abu Dabi, pero también molesta si viene a España, de manera que nos pasa con Juan Carlos algo similar a lo que a aquel sufrido amante, que a ritmo de bolero se lamentaba diciendo aquello de “ni contigo ni sin ti…”. A monárquicos y juancarlistas les incomoda la figura de aquel al que tanto admiraron y piden, ahora, que si viene a España lo haga con decoro y, sobre todo, que dé explicaciones. Pero, ¿explicaciones de qué?, para decirlo al modo regio. No pretenderán que alguien que ha hecho lo que ha hecho amparado en la inviolabilidad que le reconoce nuestra Constitución, la ley de leyes, dé una rueda de prensa explicando el modus operandi de sus trapacerías.

La derecha, que para seguir con nuestras contradicciones patrias en España se declara liberal y monárquica, acusa al Gobierno de atacar a la Jefatura del Estado, el moderado Feijóo dixit, mientras que la izquierda, la izquierda del SOE que es una suerte de derecha moderada, cierra filas en torno al rey Felipe VI y aduce que el emérito debe dar explicaciones precisamente para proteger la dignidad de la Corona, ahí es nada. ¿Se imaginan ustedes lo bien parada que saldría la monarquía si Juan Carlos nos explicara sus cuitas? Algo así deben pensar en los partidos políticos situados a la izquierda del PSOE cuando insisten también en la necesidad de que el emérito dé explicaciones. El debate, como decíamos, está abierto, tanto que se debate incluso sobre lo que se debe debatir, pues mientras algunos políticos y analistas consideran que lo que está en juego es la monarquía como institución, otros aseguran que, precisamente para proteger a la Corona el debate se ciñe a la figura de Juan Carlos; y hay también quien afirma que la Jefatura del Estado no debería formar parte del debate político y acusa a los partidos de politizar la monarquía.

A mi modo de ver, claro que en una democracia se puede discutir sobre el modelo de Estado que se quiere y es bueno que los distintos partidos se pronuncien al respecto. Del mismo modo que, por más que se pretenda separar la controversia en torno a la figura de Juan Carlos I de la monarquía como institución, resulta evidente que son inseparables, toda vez que los actos fraudulentos cometidos por el monarca emérito solo pudo llevarlos a cabo en su condición de rey y al amparo de la inviolabilidad que le concede la ley. Así que, más que discutir cómo debería comportarse el rey emérito, un nada venerable anciano, deberíamos plantearnos si reformamos la Constitución para que la inviolabilidad del Jefe del Estado no se extienda a sus actos privados y para decidir si España sigue siendo una monarquía parlamentaria, lo que no deja de ser una anomalía democrática toda vez que atenta contra uno de los principios elementales de la democracia como es el de la igualdad ante la ley.

El deterioro de la democracia

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uando el siempre polémico Pablo Iglesias, hace ya algo más de un año, señaló que “en España no hay plena normalidad democrática”, no fueron pocos los que se rasgaron las vestiduras y corrieron a defender la plenitud de la democracia española. Entonces, uno de los argumentos de los demócratas ofendidos, entre los que se encontraban varias ministras de la parte socialista del gobierno de coalición, fue que España formaba parte del restringido grupo de democracias plenas reconocidas por la prestigiosa revista The Economist. Ahora, y desde hace ya varios meses, España no se encuentra en la lista de marras y ha pasado a figurar, según la misma revista, cuyo prestigio sigue, suponemos, intacto, entre el no tan selecto grupo de democracias defectuosas. Y es que, según The Economist, la incapacidad demostrada para renovar el Consejo General del Poder Judicial impide que España pueda seguir siendo considerada una democracia plena; mas esta degradación de nuestra democracia, incomprensiblemente, no parece que preocupe demasiado a nadie, ni tan siquiera a aquellos a quienes tanto ofendieron las declaraciones de Iglesias en su momento.

El informe de The Economist indicaba también que, en general, todas las democracias se han deteriorado como consecuencia de la lucha contra la pandemia de Covid-19, lo cual resulta ciertamente preocupante, pues se diría que la democracia, cuya razón de ser es la protección de la libertad individual y la igualdad, resulta menos eficaz a la hora de proteger la salud de los ciudadanos que otros regímenes menos preocupados por garantizar los derechos humanos. Una vez más, en el viejo y falso debate entre libertad y seguridad, parece que los Estados volvieron a seguir la senda de Hobbes. Y es que el Estado, por muy social y democrático de derecho que se defina, es antes que nada Estado, una estructura de dominio que históricamente se ha revelado como el mayor enemigo de la libertad del individuo. En España, la degradación de la democracia con el pretexto de salvaguardar la salud se tradujo en la suspensión de derechos fundamentales, lo que nunca debió ocurrir, pues una cosa es limitar dichos derechos y otra bien distinta lo que hizo el Gobierno, que por más que insistiera en que se trataba de una simple restricción se empleó a fondo en su suspensión, como ha acreditado el Tribunal Constitucional.

En las últimas semanas hemos sabido que el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) se ha dedicado a espiar a un buen número de independentistas catalanes. Lo supimos gracias a la revista The New Yorker, que anunció que España había espiado mediante el ya célebre programa Pegasus a más de 60 personas. A raíz de la información de la prestigiosa revista que, sorprendentemente, la ministra de Defensa, Margarita Robles, dice no conocer, el CNI ha reconocido que se espió a 18 independentistas con autorización judicial, según ha salido publicado en la prensa. La legalidad de la medida, así como la destitución de Paz Esteban, la jefa de los espías, son los argumentos con los que el Gobierno ha pretendido zanjar la crisis. Sin embargo, tengo para mí que el problema sigue ahí, pues nada se sabe de los 40 independentistas espiados, siempre siguiendo a The New Yorker, cuya credibilidad se me antoja de bastante mayor solvencia que la del Gobierno de España que anda más bien de capa caída. Se trataría de una flagrante violación de los derechos humanos que contribuye a incrementar el deterioro de la democracia española que, como todas las democracias modernas, ya presenta bastantes problemas de legitimidad sin necesidad de la intervención de las cloacas del Estado. 

¿Un ser inteligente?

 

E

s el ser humano un ser inteligente? Quizás alguien piense que se trata de una pregunta retórica, pero créanme si les digo que no lo es, al menos, no lo es en su totalidad. Y es que ciertamente hay razones por las que podemos plantearnos si el ser humano es realmente un ser inteligente. Por supuesto que hay argumentos de sobra que avalarían la afirmación según la cual el hombre es un animal inteligente, hasta el punto de que sería precisamente su inteligencia la característica definitoria del ser humano que, no en vano, ha sido definido como el animal racional. Pero aun si identificáramos sin más la razón con la inteligencia, ocurre que no está del todo claro qué es lo que podemos entender por razón, qué comprende el término de inteligencia, pues uno y otro concepto se pueden entender en sentidos más o menos amplios o restringidos. Y es que la razón es una, pero, parafraseando a Aristóteles, se dice de muchas maneras.

            Sin duda, lo que nos permitiría definirnos a nosotros mismos como seres inteligentes es precisamente el hecho de que seamos seres dotados de razón. Una razón que está íntimamente vinculada al lenguaje, tal como señala Ernst Tugendhat, uno de los grandes filósofos de la actualidad, quien afirma que es el lenguaje el que nos permite deliberar, es decir, preguntarnos por las razones por las que deberíamos tener por verdaderas determinadas creencias acerca de la realidad o creer que deberíamos actuar de este u otro modo.  Así pues, la razón nos permite alcanzar un conocimiento teórico del mundo, pero también posibilita diseñar estrategias para alcanzar nuestros fines e incluso, aunque de un modo bastante más discutible, decidir cuáles de esos fines son preferibles desde un punto de vista moral. Todo lo cual nos lleva a considerar que la inteligencia puede ser comprendida como esa capacidad para aprender y llevar a cabo razonamientos lógicos y abstractos, así como para resolver problemas, lo que habría de permitir una mayor capacidad de adaptación al entorno y, en un nivel aún más elevado, distinguir el bien del mal, la justicia de la injusticia.

Ocurre que la razón y la inteligencia así entendidas parecerían no tener nada que ver con los sentimientos y las emociones. Sin embargo, tengo para mí que los sentimientos humanos están íntimamente vinculados a la inteligencia pues solo un ser inteligente, dotado de razón, puede sentir al modo en que lo hacemos los humanos, que es lo que, a mi juicio, trató de expresar María Zambrano cuando resaltó esa otra dimensión de la racionalidad humana que es la que ella dio en llamar la razón poética. De ahí que la inteligencia deba incluir también la capacidad para gestionar las propias emociones, como desde la psicología ha señalado Daniel Goleman. Y desde esta comprensión amplia de la razón y la inteligencia, cobra sentido la pregunta de si se puede considerar inteligente un ser al que tanto le cuesta ser feliz, un ser que ha logrado unas cotas tan altas en lo que al progreso científico-técnico se refiere, pero que se revela incapaz de avanzar al mismo ritmo en la lucha contra la injusticia, y que, en última instancia, parece estar empeñado en autodestruirse por la vía rápida del holocausto nuclear o por la más lenta pero inexorable del cambio climático.