lunes, 23 de julio de 2012

Las conquistas sociales no son irreversibles


E
ntre los sentimientos que pasan por la cabeza, en el combate, cuéntanse el miedo, primero, y luego el ardor y la locura. Calan después en el ánimo del soldado el cansancio, la resignación y la indiferencia. Mas si sobrevive, y si está hecho de la buena simiente con que germinan ciertos hombres, queda también el punto de honor del deber cumplido. Y no hablo a vuestras mercedes del deber del soldado para con Dios o con el rey, ni del esguízaro con pundonor que cobra su paga; ni siquiera de la obligación para con los amigos y camaradas. Me refiero a otra cosa que aprendí junto al capitán Alatriste: el deber de pelear cuando hay que hacerlo, al margen de la nación y la bandera; que, al cabo, en cualquier nacido no suelen ser una y otra sino puro azar. Hablo de empuñar el acero, afirmar los pies y ajustar el precio de la propia piel a cuchilladas en vez de entregarla como oveja en matadero. Hablo de conocer, y aprovechar, que raras veces la vida ofrece ocasión de perderla con dignidad y honra”.
            De esa forma tan contundente se expresa Íñigo Balboa en la tercera entrega de la serie de novelas protagonizadas por el capitán Alatriste y escritas por Arturo Pérez-Reverte. Por fortuna para la mayoría de nosotros, no vivimos en el siglo XVII y en este siglo nuestro que, como asegura Eric Hobsbawm, comenzó sus andaduras en 1989, con la caída del Muro de Berlín, las condiciones sociales de vida son infinitamente mejores que las sufridas por los hombres y mujeres del Siglo de Oro español: un siglo de oro para las letras, por el esplendor que alcanzaron los escritos de entonces, y de oro contante y sonante para la monarquía, la aristocracia, el clero y algún que otro espabilado carente de escrúpulos, pero de miseria y podredumbre para la mayor parte de los españoles, no digamos ya para los isleños y los indígenas de las colonias de América.
            Mas por mucho que el siglo XXI sea bien distinto al XVII, se me antoja que lo esencial de las reflexiones de Íñigo Balboa sigue teniendo validez en nuestro tiempo. Y es que también hoy “el honor del deber cumplido” es de la máxima importancia, pues tal honor no es otra cosa que la dignidad. Dignidad que, según dijera Kant, es lo propio de los seres humanos en tanto que seres dotados de racionalidad y, por ende, de autonomía. Dignidad que hay que saber defender cuando ésta es atacada. Y por más que en nuestro siglo ya no sea cuestión de “empuñar el acero” ni, obviamente, ningún otro tipo de armas, lo cierto es que las agresiones de los mercados y los gobiernos a la ciudadanía bien merecen una respuesta contundente, que no por pacífica ha de ser menos firme. Y es que las conquistas sociales no son en absoluto irreversibles y hay que estar dispuestos a luchar para mantenerlas, si es que no queremos retornar a un mundo sin derechos. 

lunes, 16 de julio de 2012

Otro viernes negro


E
l Consejo de Ministros presidido por Mariano Rajoy nos regaló la semana pasada otro viernes negro: un nuevo machetazo a los derechos de la ciudadanía que, una vez más, se ceba en los más débiles. El paquete de (des)medidas para combatir la crisis nos muestra de nuevo la afición del presidente del Gobierno para hacer lo contrario de lo que dijo que haría en la campaña electoral, hace menos de un año. Y es que Rajoy habla poco, pero cuando lo hace es generalmente para desdecirse a sí mismo, de suerte que parece haber entrado en una especie de bucle irresoluble de desmentido tras desmentido. Tanto es así que el secretario de organización soecialista, Óscar López,  ha acusado al Gobierno de “mentiroso y ocultista”, porque, según dice, para saber en qué consisten las acciones gubernamentales hay que acudir al BOE.
            Digan lo que digan los soecialistas, que desde luego tampoco son el paradigma de la transparencia, hay que reconocer que en algo no han mentido los imPoPulares: nos dijeron en primavera que nos fuéramos preparando porque en verano habría más ajustes y, ¡joder!, haberlos, los ha habido. Lo que aún no nos han dicho es si tales recortes serán los últimos o aún quedan más acometidas; pero si tal como ha señalado la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, hasta finales de año restan por aprobar unas veinte leyes, mucho me temo que tendremos que sufrir una veintena de machetazos más. De momento, con el pretexto de la crisis, le han metido una nueva tajada al sueldo de los empleados públicos y a las prestaciones por desempleo, lo cual, junto a la subida del IVA, es a la crisis como la gasolina al fuego.
            Rajoy, que cada día que pasa se parece más al ZúperPresidente que desbancó del Gobierno, explicó que hace lo que hace -cuando hace algo, habría que añadir-, no porque le guste sino porque es su deber. ¡Qué kantiano nos ha salido el presidente! ¡Ni que machacar a la mayor parte de la población fuera el quid del imperativo categórico! Y en similares términos se expresó el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, quien en un alarde más de elusión de responsabilidades señaló a las exigencias de la Comisión Europea en relación con el déficit público como la causa del machetazo del último viernes. Pero la que verdaderamente se lleva la palma con sus declaraciones es Soraya Sáenz de Santamaría, que sin ruborizarse lo más mínimo aseguró que las (des)medidas de marras adoptadas por el Gobierno no sólo son “necesarias e inaplazables” sino que además responden a criterios de “justicia y equidad”. Y lleva razón la vicepresidenta, porque al mismo tiempo que sustrae la extra de Navidad a los empleados públicos o recorta la prestación a los parados que aún la cobran, el Gobierno, para ser justo y equitativo, ha rebajado el sueldo a sus propios ministros, quienes verán cómo su mísero salario de casi 70.000 euros anuales disminuirá un 7.5 por ciento. 

jueves, 5 de julio de 2012

Fútbol, educación y éxitos


L
a selección española empezó y terminó la Eurocopa enfrentándose a Italia. Mas si en el primer partido que jugaron y que les sirvió a ambas para iniciarse en el campeonato ninguna de las dos fue mejor que la otra, en la final el equipo español fue manifiestamente superior. En efecto, el conjunto dirigido por Del Bosque volvió a desplegar sobre el césped su tiqui-taca más agresivo, el que le ha valido para despertar la admiración de todos los aficionados al fútbol del mundo y gracias al cual ha cosechado éxitos jamás soñados por los futboleros patrios. Y todo ello sin que el marqués haya perdido la compostura y sin renunciar al dichoso doble pivote que para algunos, entre los cuales me encuentro, significa un obstáculo para la fluidez del juego y la rápida circulación de la pelota.
            Resulta irónico a la par que ilustrativo que los mayores éxitos futbolísticos conseguidos por la selección hayan venido precisamente en un tiempo en que, según los agoreros de la derecha, España ha estado a punto de romperse por mor de la conspiración socialista y sus concesiones a los nacionalismos ibéricos, que no isleños, desde luego. Y aunque en alguna otra ocasión ya he mencionado que con izquierdas como las del PSOE poca falta hacen las derechas, lo cierto es que en el fútbol ocurre lo mismo que en prácticamente todas las esferas de la vida: por más que los salvapatrias de siempre se llenen la boca con la palabra España, la verdad es que nunca el país ha ido mejor que en los años en los que ha habido democracia.
            Esto es especialmente cierto en el ámbito educativo, en el que los logros alcanzados en las últimas décadas representan un auténtico gran salto adelante con respecto a los años grises que algunos parecen añorar. En efecto, la formación de los españoles está hoy al nivel de la de las principales potencias europeas, como muestra el hecho de que desde la tan admirada como odiada Alemania se demanden profesionales formados en nuestras universidades. Otra cosa es que el tejido empresarial y productivo, en manos precisamente de quienes fueron educados en la escuela predemocrática, siga sin estar a la altura. Resulta así difícil comprender las críticas nada constructivas a nuestro sistema educativo, por más que éste sea manifiestamente mejorable, como la realizada por Eduardo Jordá en su artículo “Sutileza contra españolía”, publicado el pasado martes en el periódico La Provincia / Diario de Las Palmas, donde el autor muestra su asombro ante el hecho de que esta generación de futbolistas haya logrado alcanzar tantos triunfos aun habiendo padecido la educación impuesta por la Logse. Y es que la realidad, terca como es, obliga a pensar que nuestros éxitos de los últimos años, futbolísticos o no, han sido más gracias a nuestro sistema educativo que a pesar de él.       

miércoles, 13 de junio de 2012

España, menuda potencia


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spaña ha comenzado la Eurocopa con un empate frente a Italia, pero, francamente, creo que no es algo que deba preocuparnos. Y no porque, al fin y al cabo, Italia haya sido cuatro veces campeona del mundo, ni tampoco porque en el Mundial de Sudáfrica la selección española comenzara perdiendo contra Suiza y terminara proclamándose campeona, sino porque ahora ya sabemos que España es una potencia europea en los asuntos relevantes, nada de deportes ni de cultura, sino en lo que verdaderamente importa: la economía. Y así las cosas, qué más dará el fútbol, que siempre ha sido el consuelo de los pobres. ¡Que tiemblen los europeos porque los tenemos cogidos por donde más les duele! ¿Cómo si no se iba a entender que Europa estuviera dispuesta a prestarnos nada menos que 100.000 millones de euros?     
            Mariano Rajoy, que aunque no lo parezca es el presidente del Gobierno, fue muy claro el pasado domingo cuando señaló que gracias a su presión los europeos han tenido que concedernos esa línea de crédito, que no rescate. Dice el presidente, tan gallardo él que parece haber salido de una de las novelas protagonizadas por el capitán Alatriste, que el dinero prestado a los bancos españoles tendrán que devolverlo los propios bancos, con lo que los ciudadanos de a pie podemos estar tranquilos, ya que la operación de saneamiento de la banca española no nos va a costar ni un euro. Claro que, en realidad, es el Estado el que responde ante Europa, así que, de momento, somos ustedes y yo los que hemos adquirido la deuda de 100.000 millones, por más que las entidades financieras estén, en principio, obligadas a devolver ese dinero al Estado. ¿Podrá el Gobierno obligar a los banqueros a que reingresen a las arcas públicas el dinero prestado?
            Si Mariano Rajoy, al grito de “Aguanta. Somos la cuarta potencia europea. España no es Uganda”, que viene a ser algo así como la versión contemporánea del castizo ¡Santiago y cierra España!, ha sido capaz de doblegar a los malditos herejes, que diría Íñigo Balboa, incluyendo a los reticentes holandeses, que no perdonan a los españoles que les vencieran en la final de hace dos años, no hay razón alguna para pensar que no podrá hacer lo propio con los banqueros patrios, salvo por el hecho de que éstos también nacieron al sur de los Pirineos y, puestos a hacer presión, presionan como el que más: de momento han conseguido que se les conceda un crédito en unas condiciones muy ventajosas, según el presidente, del que, en principio, responde el Estado y no ellos, que no es poco. Así las cosas, y ante la muy razonable pregunta que algún mordaz periodista realizó y que aún sigue sin respuesta, a saber, por qué si esta operación es tan beneficiosa se ha tardado tanto en solicitarla, acaso sería conveniente recordar cómo terminó lo de Flandes y esperar que a España le vaya mejor en los partidos que restan para acabar la Eurocopa.  

lunes, 4 de junio de 2012

Kubanda


El 15 de abril se conmemora el día de la independencia de Kubanda. Yo nací ese mismo día en el año en que se cumplió el décimo aniversario de la constitución de mi país como Estado soberano, de ahí que mi madre decidiera llamarme igual que a la patria, algo de lo que cuando era niña me sentía orgullosa porque mi padre había sido uno de los hombres que hicieron posible la liberación de mi pueblo, o al menos eso es lo que yo siempre creí. Ella a menudo decía que quien me había engendrado formaba parte de ese grupo de grandes hombres a quienes les debíamos la libertad de nuestra gente, y yo me acostaba todas las noches pensando en las grandes cosas que mi padre había realizado antes de que sacrificara su vida por liberar a la patria del yugo de los europeos. Fueron años bonitos los de mi niñez, años de ilusiones y esperanzas, aunque también de disciplina y rigor, porque yo, Kubanda, llevaba el mismo nombre de mi país, por el que tanta gente había inmolado su vida, y si deshonraba a mi persona deshonraba a la patria, y eso era el peor crimen que alguien podía cometer, aunque se tratara de una niña.
Hoy, desde la relativa objetividad que proporciona la distancia, creo que mi padre no fue lo que mi madre siempre me contó, o al menos estoy segura de que no era ninguno de los grandes héroes de la patria, porque de ser así, mi madre no habría ejercido toda la vida de sirvienta en una de las mansiones coloniales que una vez finalizada la guerra de la independencia correspondieron a los auténticos próceres nacionales. Probablemente haya algo de cierto en lo que mi madre me contaba, mi padre seguramente participó en la sublevación, quizás fuera un pobre soldado anónimo o tal vez incluso llegara a ostentar algún rango militar... Esto último seguramente fue lo que ocurrió, y así es como mi madre debió de conseguir su empleo, porque no era fácil en aquellos años, recién instaurada la república, entrar a servir en la casa de uno de los héroes de la patria.
Lo cierto es que gracias al trabajo de mi madre yo pude viajar a Europa. Pero no me malinterpreten, no vine a París en plan turista, ni mucho menos, ni llegué para estudiar en La Sorbona, como hicieron a la sazón los libertadores de la patria y hoy hacen sus hijos; tampoco clandestinamente como sucede en la actualidad con muchos compatriotas y personas del África negra que se juegan la vida para llegar al paraíso en busca de una vida decente, huyendo del hambre y de la guerra. No, ése no es mi caso, aunque, según se mire, tampoco es menos dramático.
Cuando apenas tenía doce años, el embajador de Kubanda en París falleció a causa de un infarto, no se sabe si debido a los excesos o cuál fue la causa que desencadenó el trágico incidente, porque en realidad era un hombre bastante joven, pero ésa es otra historia, que ya les contaré en otro momento si es que llego a enterarme de qué fue lo que sucedió en realidad. Lo importante para el asunto que nos concierne ahora mismo es que, al morir el embajador, el Gobierno de Kubanda designó a uno de los líderes del movimiento independentista para ocupar su lugar: se trataba de un señor de edad bastante avanzada -yo diría que por aquel entonces sobrepasaba los sesenta- que, por lo que pude saber al cabo de algunos años, comenzaba a perturbar los intereses de la segunda generación de dirigentes del país, así que se decidió darle el carpetazo enviándolo de embajador a París. Hay que reconocer que se trataba de una solución inteligente, porque el viejo mantenía todavía buenas relaciones y seguía ejerciendo su influencia en sectores muy poderosos, amén de su gran carisma y del gran apoyo popular con que contaba. Es por ello que se consideró que para quitárselo de en medio lo mejor era darle una salida digna, y qué mejor que ofrecerle la plaza de embajador en la antigua metrópoli. El amo para el que trabajaba mi madre era amigo del viejo prócer y en agradecimiento por tantos años de servicio intervino para que éste me llevara consigo a París.
A mí no me hacía ninguna gracia separarme de mi madre para ir a vivir a ese país de blancos y, además, no podía comprender cómo después de tantos años de lucha por la liberación, Kubanda mantenía relaciones diplomáticas con los que se suponía habían sido los causantes de todo nuestro sufrimiento. Pero mi madre opinaba de una manera bien distinta y me animaba diciéndome que iba a conocer mundo, que París había sido durante siglos la capital cultural del planeta, que viviendo en Europa tendría la oportunidad de adquirir una buena educación, casi como la de los dirigentes nacionales, y que, en definitiva, para ejercer de sirvienta en Kubanda era mejor hacerlo en París, en donde la gente es mucho más civilizada y a los criados se les da un trato más humano y digno. A mis doce años no entendía por qué si los franceses eran tan humanitarios nos habíamos empeñado en echarlos de Kubanda y me confundía enormemente que mi madre pensara que en Francia podría adquirir una mejor educación que en mi propio país, cuando tantas veces la había oído disertar sobre el valor de nuestra cultura tradicional. Pensarán ustedes que esos planteamientos eran tal vez demasiado maduros para una niña de mi edad y que los razonamientos de mi madre eran más propios de una universitaria que de una sirvienta, pero en Kubanda las cosas no son como en Europa y en aquellos años de glorificación de la patria los argumentos de mi madre eran el credo nacional y mis elucubraciones eran las propias de una chiquilla que no entiende las cosas de los mayores, pero en aquel contexto de grandes euforias y contradicciones nacionales.
Lo primero que me llamó la atención al llegar a París fue el frío y el mal olor del ambiente. No entendía cómo aquellos franceses tan refinados podían respirar aquel aire tan fétido, y pensé de veras que quizás fuera ése el motivo de que pareciera que siempre estaban asqueados, con el rostro arrugado y la boca comprimida al hablar. Yo me imaginaba que la casa del embajador iba a ser distinta de aquella en la que me había criado en mi país natal, pero cual fue mi sorpresa al comprobar que el edificio que estaba a punto de convertirse en mi residencia en París era prácticamente una réplica del hogar de mi niñez, y, en general, de todas las mansiones de los próceres nacionales de mi país. Claro, yo, pobre ingenua, pensaba que aquellas construcciones eran algo de lo más auténtico de Kubanda, porque había asociado los palacetes coloniales con los discursos patrióticos de los libertadores: no se me podía ocurrir que en realidad aquellas impresionantes viviendas habían llegado a África junto con los bárbaros europeos y que eran las propias de las clases dirigentes de Francia.
Aquella impresionante mansión, ya les digo, contaba ya antes de mi llegada con una legión de sirvientes, por lo que consideré que en realidad el embajador había consentido que yo me uniera al servicio como un mero favor personal hacia el amo de mi madre, ya que, era evidente, a mí allí no me necesitaban para nada. Por ese motivo quedé encantada y me sentí profundamente agradecida por la oportunidad que se me estaba brindando, y desde el instante en que comprendí esto, empecé también a entender las palabras de mi madre. Poco podía sospechar entonces que mis servicios en aquella casa iban a ser considerados por el embajador de la máxima importancia.
Como todavía era una niña, y además era la única de la casa, el viejo prócer en el exilio, bueno, casi en el exilio, decidió que debía compartir mis tareas domésticas con los estudios. Por ello, y dado que no era políticamente correcto que asistiera a los colegios franceses, ni tampoco que acudiera a las escuelas donde iban los niños de origen kubandés, pues allí sólo iban los hijos de los grandes hombres de la patria, ni mucho menos que me integrara en uno de esos planes de inserción social diseñados por el gobierno francés no se sabe bien si para integrar a los inmigrantes o para terminar de segregarlos, se me asignó un profesor tutor que me daba clases por las tardes. El profesor en cuestión no era de Kubanda, ya que no había profesores de Kubanda en Francia, así que hubo que contratar a un profesor nativo de París, un hombre blanco de unos treinta años que debía de ser hijo de algún amigo del embajador o algo así, algún licenciado en una de esas carreras humanísticas que ya en aquellos incipientes años ochenta garantizaban a los que las cursaban un largo futuro en el paro, y que empezaba a revelarse como uno de los principales problemas de Francia y de otras potencias de Europa. Ojalá todos los problemas de Kubanda fueran como ése... Lo cierto es que aquello motivó ciertos recelos en el resto de los sirvientes, pues consideraban que era una privilegiada y la favorita del amo, y no les faltaba razón porque la verdad es que el embajador sentía debilidad por mí, algo de lo que yo, con la inocencia propia de mi edad, me aprovechaba, pues esto me daba la oportunidad de dejar un poco de lado mis obligaciones en la casa y, lo que era aún mejor, me permitía extorsionar a mis compañeros que no dudaban de mi capacidad para poner al amo en su contra e incluso para convencerle de que los retornara a Kubanda, lo que significaba el regreso a la miseria y al subdesarrollo, a la poca comida y la carencia de agua potable, al calor tropical continuo, ineludible, que parece recordar la inalterabilidad de la existencia en Kubanda.
La vida no me fue mal en París durante los primeros años de mi estancia en la casa del embajador, incluso tenía la suerte de poder hablar con mi madre de vez en cuando por teléfono, a quien llamaba una vez cada mes a la casa donde ella aún servía y yo había pasado mi primera infancia. Por lo demás, seguía prosperando académicamente con mi tutor personal hasta el punto de que una vez acabados los estudios primarios comencé a estudiar el bachillerato. Como mi tutor no podía impartir todas las asignaturas que se exigían en enseñanzas medias, el embajador contrató a nuevos profesores para que se hicieran cargo de mi educación en aquellas materias en las que Pierre, que así se llamaba mi querido tutor, no tenía los conocimientos necesarios: matemáticas, física, química... y, en definitiva, todas aquellas que tienen un carácter científico. El embajador parecía empeñado en que alcanzara el más alto grado de formación posible y yo comenzaba a entender la importancia que aquello podría tener para mí, y, aunque nunca dije nada, se lo agradecía profundamente todas las noches mentalmente al tiempo que me preguntaba por qué había tenido ese trato diferencial conmigo, por qué me había concedido el privilegio de estudiar.
El día en que cumplí quince años se hizo una gran fiesta en la casa del embajador, por su puesto no para celebrar mi cumpleaños sino para conmemorar el XXV aniversario de la independencia de Kubanda. A la celebración asistió la flor y nata de París: grandes empresarios, diplomáticos de todo el mundo, artistas, intelectuales, expertos africanistas... Bien entrada la noche, la fiesta fue decayendo y los criados nos pudimos retirar después de que los últimos invitados se marcharan, al fin, tambaleándose por el exceso de alcohol y todo tipo de drogas. Antes de acostarme me di una buena ducha y cuál fue mi sorpresa cuando, al salir del baño del que disponía en mi propia habitación, tal era el grado de privilegio del que gozaba, encontré al embajador sentado al borde de mi cama. “Ven, Kubanda, acércate, quiero contarte algo”, me ordenó amablemente. Yo sentía por el viejo mucho aprecio aunque también me infundía un gran respeto. Por eso me aproximé despacio, temerosa, desconfiada, ya que nunca antes el embajador había entrado en mi habitación, menos aún a esas horas de la noche.
Cuando me senté a su lado el albornoz que llevaba puesto se me abrió un poco, lo cual me produjo cierto pudor, pues aunque apenas se me podía entrever la parte baja de mis muslos, justo por encima de las rodillas, se intuían líneas sinuosas de carnes prietas y jóvenes que empezaban a sentir el fuego del deseo. Mi primera reacción fue tratar de volver a cerrar el albornoz, mas, sin embargo, no lo hice, en parte porque no quería que el embajador sospechara que yo pensaba mal de él, en parte porque algo dentro de mí disfrutaba con aquella situación, ya que desde hacía tiempo me había percatado de la admiración que mi cuerpo esbelto causaba en el viejo, y no perdía ocasión de lucirme delante de él porque ello me proporcionaba cierto placer morboso.
El embajador había bebido bastante pero tenía la suficiente lucidez como para hablarme sin que se le trabaran las palabras. “Ha sido una gran fiesta”, me dijo, “hoy celebramos el XXV aniversario de la independencia de Kubanda. Sí... Kubanda. Muchos hombres dieron su vida por liberar a Kubanda de los europeos y ahora, ya ves, aquí hemos estado todos bebiendo, europeos y africanos, para conmemorar la independencia de la patria. ¿No te parece gracioso? Con lo que nos costó echar a los franceses, el sacrificio de tanta gente, para que ahora llegue el Gobierno, la sangre nueva, y se la venda a los americanos; y a los que como yo fundamos el país nos mandan al exilio. Con todos los honores, eso sí, como si yo fuera estúpido. ¡Kubanda me pertenece!, ¡es mía!”. Y al decir esto se echó sobre mí y comenzó a besarme y a lamerme por todo el cuerpo y de vez en cuando susurraba: “Eres mía, Kubanda, mía”. Yo no podía sentir placer con aquel hombre de carnes fláccidas, pero tampoco me resistí, en parte porque me sentía acongojada pero también porque me sentía obligada a complacer a aquel viejo por el que en ese momento más que asco sentía una gran pena. Él continuó lamiéndome y apretándome; estaba como enajenado, fuera de sí; me colocó de espaldas, la cabeza contra la almohada y la grupa levantada, y me tomó por detrás como un poseso; parecía que al hacerme suya se adueñara a la vez de toda Kubanda, como si al poseerme a mí poseyera también al país; mientras recibía sus empellones él no dejaba de gritar: “¡Eres mía, Kubanda, mía!”. Al mismo tiempo, en la lejana Kubanda un grupo de militares al servicio del embajador y con el apoyo de los servicios secretos franceses se levantaron en armas y dieron un golpe de Estado; mientras el viejo embajador cabalgaba sobre mí las calles kubandesas eran tomadas por los insurrectos a golpes de fusil y de machete. Él continuaba con sus violentos empellones a la vez que en la distancia los militares disparaban y ejecutaban al compás de los movimientos impúdicos del viejo. Como si de un extraño ritual se tratara, la violencia se adueñó de las calles de Kubanda hasta que el nuevo tirano se derrumbó sobre mi espalda tras un estruendoso orgasmo con el que puso fin a la primera de las muchas noches en las que anduvo entre mis sábanas[1].


[1] Accésit en el II Certamen de Relatos Cortos de Mujer, Ayuntamiento de Telde, 2004. Mención de Honor en el IV Certamen de Relato Breve “Melpómene”, Ayuntamiento de Ingenio, 2004.

jueves, 24 de mayo de 2012

Si esto es una democracia


L
os derechos humanos son esas exigencias morales básicas que puede reivindicar cualquier individuo para que se le reconozca como persona, es decir, para que se le reconozca como un ser que -para decirlo con Kant-, dotado como está de razón, tiene autonomía y por ello mismo ha de ser tratado siempre como un fin en sí mismo y nunca sólo como un medio, lo que significa que tiene dignidad y no precio y que, por tanto, es merecedor del máximo respeto y consideración. El reconocimiento por parte del Estado de los derechos humanos dio lugar al Estado de derecho, que, como se sabe, es aquel Estado en el que rige lo que los filósofos del derecho han dado en llamar el imperio de la ley, es decir, en el que todos los individuos, grupos de individuos, entidades supraindividuales, incluso el propio Estado están sometidos, e igualmente sometidos, a la misma ley; y en el que, además, el Estado no sólo respeta los derechos individuales, sino que tiene como principal función garantizar dichos derechos.
            Puesto que los primeros derechos fundamentales reconocidos fueron los derechos civiles y políticos, los inspirados en el valor moral básico de la libertad, tal reconocimiento trajo consigo no sólo el Estado de derecho, sino también la democracia moderna, que es esa forma de organizar políticamente la sociedad en la que se reconoce el derecho de los individuos a participar en la toma de decisiones públicas que les afectan. Y como tras el reconocimiento de los derechos humanos de la primera generación llegó el reconocimiento de los derechos económicos, sociales y culturales, inspirados en el valor moral básico de la igualdad, pues se entiende que sólo si todos los ciudadanos tienen garantizadas unas mínimas condiciones materiales de vida podrán todos disfrutar de los derechos humanos de la primera generación, entonces la concepción del Estado democrático de derecho debió ampliarse, y éste pasó de ser meramente liberal a ser también social.
            La democracia, pues, deriva del reconocimiento de los derechos fundamentales, cuyo sentido no es otro que proteger la dignidad de las personas, y, por ende, es antes una elección ética que propiamente política, toda vez que su validez no viene dada ni por su eficacia ni por su eficiencia, sino por ser el único sistema que se levanta sobre el principio moral de reconocer a todas las personas como sujetos de iguales derechos. De ahí que la democracia deba ser sustantiva además de procedimental, pues no puede limitarse a establecer los procedimientos adecuados para la toma de decisiones colectivas, ya que en una democracia han de estar garantizados los derechos fundamentales de los individuos. Y si esto es así, entonces se comprende con facilidad que la regla de la mayoría no puede servir para legitimar decisiones que atenten contra la dignidad de ningún ser humano, pues la validez de dicha regla descansa precisamente en que constituye el mejor modo de proteger la dignidad de los individuos. Todo lo cual debiera llevar a preguntarnos, ante los ataques a la dignidad a que están siendo sometidos los ciudadanos por parte de los gobiernos de turno, si esto es una democracia.

domingo, 6 de mayo de 2012

El machetazo semanal


L
a concepción que Marx tenía del trabajo, según la cual éste constituye el único modo que tenemos las personas de realizarnos, se proyecta sobre la exaltación del mismo que tradicionalmente han llevado a cabo los partidos de izquierdas y los sindicatos de clase, la cual ha venido expresándose en consignas del tipo “El trabajo dignifica” y otras por el estilo. Y aunque tal concepción del trabajo haya sido asumida por algunos sociólogos, filósofos y gentes de similar reputación, tengo para mí que es bien distinta de la que tienen la mayor parte de los trabajadores, para quienes la tradición judeocristiana, “¡te ganarás el pan con el sudor de tu frente!”, tiene mucho más peso que las ideas de Marx a este respecto.
            En efecto, el trabajo no goza de muy buena prensa entre los currantes, por más que éstos se puedan sentir orgullosos del modo en que se ganan la vida. Esta visión peyorativa del trabajo se refleja en la aspiración que tiene la mayor parte de la gente, declarada o no, a vivir bien sin pegar golpe, a dedicarse a la buena vida, que no es exactamente lo mismo que la vida buena de la que en su día hablara Aristóteles. Y es esta concepción negativa del trabajo la que explica que el viernes sea el día más celebrado de la semana entre los trabajadores, para quienes el trabajo no es precisamente un regalo del cielo, sino, antes al contrario, una suerte de maldición divina. Mas a pesar de que el viernes sea desde hace ya tiempo el día de los currantes por antonomasia, al menos entre los que libran los sábados y los domingos, pues no en vano constituye la antesala del fin de semana, el gobierno de Mariano Rajoy ha conseguido en tan sólo unos meses que no sólo los trabajadores sino los ciudadanos en general lleguen a los días de asueto con auténtico pavor.
            Y es que el viernes ya no es ese día en el que comienza el tiempo semanal de descanso, sino que se ha convertido en el día en que tras la reunión del sanedrín de los moderados, el Consejo de Ministros, se anuncien nuevos recortes sobre los recortes y recorto porque me toca. En efecto, semana tras semana, viernes tras viernes, el Gobierno anuncia nuevas medidas para, dice, combatir la crisis. Y si, tal como señala el propio Rajoy, las reformas emprendidas no son fruto de la improvisación sino que responden a una estrategia y se van a seguir anunciando cada  viernes hasta que llegue el verano, uno no puede sino preguntarse por qué razón no nos dicen de una vez cuáles son esas reformas que los moderados van a emprender para salvarnos a todos y nos libran así de esta tortura del machetazo semanal. ¿Será que no contentos con habernos chafado los viernes pretenden también que le tengamos pánico al período estival?

jueves, 3 de mayo de 2012

Añoranza


Llegó a Madrid una tarde de otoño, a finales de septiembre o principios de octubre. Traía consigo una mochila en la que había metido toda la ropa de abrigo que había podido conseguir en Las Palmas y algunos libros -novelas y poesía fundamentalmente- con los que junto a las dos o tres casetes de autores canarios pensaba que iba a poder combatir la añoranza. No sabía ella todavía que la añoranza de las islas no se puede combatir con nada, sino que simplemente se siente y se sufre y se llega a soportar aunque nunca se consiga superar del todo. Por otra parte, tampoco había decidido  irse a estudiar a Madrid pensando en que iba a echar mucho de menos su tierra, antes bien, todo lo contrario. Estaba harta de Las Palmas: a sus veinte años la isla se le hacía chica; el mar, sin dejar de ser estimulante, la estaba ahogando; la sangre le fluía por todo el cuerpo y le pedía salir de allí, buscar nuevas experiencias, nuevos horizontes y, sobre todo, nuevas gentes. Sentía simplemente, con la inocencia y la pasión propias de la juventud, ansias de libertad.
Así que cuando aquella tarde otoñal llegó a Madrid, lo hizo con el talante de quien cree estar en disposición de comerse el mundo. En cuanto se instaló en la residencia de estudiantes salió a la calle y estuvo horas y horas deambulando sin rumbo fijo, contemplando los escaparates, las librerías, los cafés, las tiendas de discos... todo era tan nuevo para ella. Incluso el triste color gris propio de la contaminación y de la época del año que rezumaba el ambiente le resultaba fantástico; los árboles lánguidos, sin hojas, que recordaban más a la muerte que a la vida, también se le antojaban maravillosos, tal era el estado de ánimo en que se encontraba.
         Supongo que fue esa jovialidad lo que me atrajo de ella. Cuando la miraba era como si me enfrentara a un espejo que reflejara mi pasado. Doce años atrás yo también había llegado a Madrid un día del color del plomo, el mismo que empiezan a tener mis cabellos, impaciente por conocerlo todo, por beberme la vida en un instante. Recuerdo que a mí también me agobiaba la isla y que tampoco podía imaginar entonces cuanto echaría de menos Canarias. Nunca renegué de mis orígenes isleños pero ansiaba hasta la exasperación llegar a espacios más abiertos. Con el tiempo, después de muchas tardes de frío y lluvia sobrellevadas a fuerza de beber café y lágrimas, sin más compañía que un gato y mis libros, comprendí que la tragedia del ser canario consiste en que mientras estamos en las islas nos vamos sintiendo paulatinamente atrapados y desesperamos por partir, pero al poco tiempo de vivir fuera somos víctimas de la añoranza de la tierra, del sol y del mar, y sobre todo, de la gente. 
         Aún recuerdo perfectamente el día que la conocí. Yo estaba pasando lista en clase, lo habitual en los primeros días del curso, cuando identifiqué su nombre como algo cercano. “Guacimara Robayna”, leí en voz alta y ella al responder me dirigió una mirada cómplice de canariedad compartida. Ahí estaba, sin haber perdido aún el moreno característico de su piel, desafiante, irradiando aquella falsa seguridad con la que trataba de disimular su natural timidez. 
          Supongo que ella también se sintió atraída por mí porque era la única persona que le resultaba familiar en aquella ciudad tan nueva y desconocida, y porque, al fin y al cabo, yo también representaba, en cierta medida, la imagen de lo que Guacimara creía en ese momento que quería llegar a ser: acababa de cumplir treinta años y además de dar clases de literatura contemporánea en la universidad tenía dos novelas publicadas, aunque sin demasiado éxito, una de las cuales fue editada cuando yo aún era estudiante. Ella, aspirante a escritora como tantas otras, me admiraba. Debo reconocer que aproveché esta situación, aunque no de una manera intencionada, ni siquiera del todo consciente, para seducirla. 
        Lo cierto es que desde los primeros días del curso se estableció entre ella y yo una relación de empatía, que con el tiempo se transformó en amistad, y posteriormente en auténtico amor, al menos por mi parte. No le reprocho nada porque tengo la certeza de que aunque en el fondo nunca me amó, se había convencido de que estaba locamente enamorada de mí, cuando lo que realmente le fascinaba era mi obra, incluso mi vida, pero no yo. Hoy, desde la objetividad que proporciona la distancia, reconozco que siempre lo sospeché pero nunca quise reconocerlo, porque a quién no le gusta que le admiren. Cuando en clase disertaba sobre alguno de los autores de los que luego, en la intimidad de mi casa, compartíamos apasionadas lecturas, notaba cómo se esforzaba en disimular la admiración que me profesaba.
           Recuerdo qué cortas se nos hacían las largas noches del invierno de Madrid. Yo le leía fragmentos de novelas, también de poemas de mis autores preferidos y ella no se cansaba de leerme páginas de mis propios libros. En alguna que otra ocasión nos sorprendimos evocando imágenes de nuestras islas, entonando canciones de autores canarios, incluso de temas folclóricos. Aquellas veladas literarias solíamos terminarlas haciendo el amor. Aún tengo impregnado el sabor de su boca, la frescura de sus besos, el olor de su cuerpo. Después de amarnos intensamente yacíamos durante varias horas en la cama y yo me dormía jugando a enredar los caprichosos rizos de su pubis entre mis dedos.
         Una de aquellas noches en las que habíamos quedado para compartir amor y literatura ella trajo consigo el manuscrito de la novela que había estado escribiendo desde antes de que nos conociéramos. Yo ya sabía algo de su proyecto literario porque me lo había comentado, mas hasta ese momento no había consentido en dejármelo leer. Decía que nadie lo leería hasta que no estuviera terminado, pero que en cuanto lo concluyera yo sería la primera persona en leerlo. Y así fue, aquella noche se presentó en mi casa tan excitada que apenas tuve tiempo de hablar con ella: me entregó el manuscrito y me pidió por favor que lo leyera despacio, con frialdad, y que cuando terminara emitiera un juicio objetivo, que no me dejara influir por mis sentimientos hacia ella. Después me besó, dio media vuelta y se marchó.  
         Invertí toda la noche en leer su novela y justo cuando empezaba a clarear acabé de leerla. Un bodrio. La historia que contaba no era del todo mala, aunque a mí, francamente, no me atraía en absoluto. Por lo demás estaba muy mal escrita, con un estilo pésimo y un lenguaje muy poco fluido. La verdad es que no entendía cómo una criatura tan apasionada, fresca y espontánea podía haber escrito algo así, de un aburrimiento tal que si no llego a saber quién era su autora jamás habría finalizado su lectura. Durante el resto de la semana no supe nada de ella, ni siquiera apareció por clase para darme tiempo a elaborar mi crítica. Yo era plenamente consciente de lo importante que era para Guacimara mi opinión, con lo que me encontraba ante un gran dilema moral. Finalmente se presentó en mi casa por sorpresa y yo me vi en la obligación de decirle lo que de verdad pensaba de su obra, aunque casi me doliera más a mí que a ella. Le dije que no tenía el talento necesario para ser escritora pero que eso no debía preocuparla demasiado, que había muchísimas maneras de disfrutar de la literatura, incluso de dedicarse a ella profesionalmente, sin escribir. No fui nada convincente, ella se fue deshecha y yo la perdí para siempre.
           Aunque a nivel personal considero que fue un acierto mostrarle mi sincera opinión, no cabe duda de que ése ha sido el mayor error de toda mi carrera. Ella es hoy Guacimara Robayna, la joven escritora que está de moda en los círculos literarios y editoriales gracias a su recién publicada novela Un paseo por Madrid, y yo sigo siendo una lúgubre profesora de literatura en la universidad, dedicada a la crítica literaria por no haber sabido conquistar al público con sus novelas y poemarios. Las noches han vuelto a ser extremadamente frías y largas y ya nadie me brinda su calor a cambio de mis lecturas. Tan sólo mi viejo gato se duerme sobre mis pies y es a él a quien, de vez en cuando, leo poemas que yo misma escribo, y siempre me responde con un cálido ronroneo que mitiga la ausencia de los otrora abundantes susurros de amor al oído[1].


[1] Publicado por primera vez en la revista Anarda, nº 40, Las Palmas de Gran Canaria, Canarias Siglo XXI, 2002.
  . 








viernes, 27 de abril de 2012

Beteta, el trabajo y la vida



D
ecía el viejo Aristóteles que todo lo que forma parte de la realidad tiende por  su propia naturaleza a la realización de su telos, su fin último, de ahí que el Estagirita afirmara que lo que define a los seres, sean cuales fueren, es la actividad que llevan a cabo y la función que desempeñan, de lo que se desprende que las personas son antes lo que hacen que cualquier otra cosa, pues también los hombres quedarían definidos por su actividad. Por su parte, Marx, veintiún siglos más tarde, insistió en que el trabajo es lo que verdaderamente define al ser humano, ya que a su juicio lo que realmente distingue al hombre del resto de los animales no es la conciencia ni ninguna otra facultad, sino el hecho de que tiene que producir él mismo sus bienes de subsistencia. El trabajo es pues para Marx algo inherente a la naturaleza humana hasta el punto de que éste considera que los hombres son, en realidad, lo que producen y, por supuesto, el modo cómo lo producen.
            Supongo que no hace falta llegar tan lejos, pues ciertamente hay vida más allá del trabajo, o al menos debería haberla, para reconocer que el trabajo desempeña un papel fundamental en nuestras vidas. Algo que, parece ser, no lo tiene en cuenta uno de los integrantes del gobierno de los moderados, Antonio Beteta, secretario de Estado de Administraciones Públicas, quien apenas hace unas semanas señalaba: “Debemos trabajar como chinos para vivir como españoles”. Y es que lo que distingue a los trabajadores españoles de los chinos no es, Beteta dixit, que los chinos no dispongan de los mismos derechos laborales que los españoles, sino su cuasi infinitamente mayor eficiencia. De ahí que el flamante secretario de Estado de Administraciones Públicas abogue por que los trabajadores españoles abandonen esa fea costumbre de leer el periódico, no vaya a ser que se informen más de la cuenta, y tomarse el cafelito en mitad de la jornada laboral. ¡Como si en España los trabajadores se pasaran las ocho o diez horas de trabajo diario tomando café y leyendo la prensa!
            No sé si el moderado de marras ha leído alguna vez a Marx, pero supongo que, en cualquier caso, las obras del más relevante de los pensadores socialistas del siglo XIX no se encuentran entre sus preferidas. Mas haría bien Beteta en prestar atención a las advertencias de Marx, pues marxistas o no, creo que todos debemos reconocer que si los españoles trabajan como chinos, sencillamente, es imposible que vivan como españoles: si se trabaja como un chino se vive como un chino, porque fundamentalmente la vida es, ¡ay!, el trabajo. Y si hacemos caso al filósofo griego con el que comenzábamos este artículo, siquiera sea por esta vez, y concedemos que las cosas son en buena medida la actividad que realizan y la función que desempeñan, entonces debemos preguntarnos qué será exactamente un secretario de Estado de Administraciones Públicas. 

sábado, 31 de marzo de 2012

Piquetes empresariales


T
ranscurrió la jornada de huelga general y, como era de esperar, hay disparidad de opiniones en lo que al porcentaje de trabajadores que la secundaron se refiere: para las organizaciones sindicales el seguimiento fue masivo y para los empresarios y el Gobierno, que en esto van de la mano cual matrimonio bien avenido, la jornada de paro constituye el último fracaso de los sindicatos de clase. Pero si el seguimiento de la huelga es siempre difícil de determinar, lo que parece incontestable, a la luz de las multitudinarias manifestaciones de protesta contra la reforma laboral, es que la ciudadanía no está dispuesta a seguir permitiendo que se recorten sus derechos sin ni siquiera protestar. Y es que, independientemente de la utilidad de la huelga para conseguir que el Gobierno dé marcha atrás, la movilización social bien se puede considerar como un éxito en sí misma, pues lo que no parece de recibo es que asistamos impasibles al recorte de derechos: el 29 de marzo hubo contestación social, y mucha; los trabajadores que fueron a la huelga perdieron su jornal, pero ganaron en dignidad.
            Pero por más que podamos considerar un éxito la jornada de protesta, lo cierto es que algunos trabajadores no acudieron a la convocatoria, y puesto que son sus derechos los que están en juego, debemos preguntarnos por qué un sector de la clase trabajadora decide asistir a su puesto de trabajo cuando hay convocada una huelga general. Las razones seguramente son múltiples y no hay que descartar, por insolidario que ello resulte, que haya quien no esté dispuesto a que se le descuente de su nómina ni un solo euro aunque tenga claro que la reforma laboral supone un claro retroceso social. Tampoco debemos desestimar que quienes tienen unos salarios miserables sencillamente no se hayan podido permitir, la economía, siempre la economía, que les descuenten nada a su ya exiguo sueldo. Y qué decir de los que tienen trabajos temporales, para quienes cada jornada laboral tiene un valor infinito. Incluso es seguro que algunos de los que no se sumaron al paro sencillamente piensan que la reforma es necesaria para crear empleo o, cuando menos, consideran plausibles las razones del Gobierno. Como también habrá quien no haya secundado la huelga por estar en contra de los sindicatos mayoritarios, o de los sindicatos en general.
            Sea como fuere, todas estas razones no explican por sí solas que la convocatoria no fuera más masiva de lo que fue, ni que el seguimiento de la misma sea mayor en el sector público, el que menos se juega, que en el privado, ni que Canarias, con más de un 30 por ciento de desempleo y un 27,5 por ciento de pobreza relativa, sea la comunidad autónoma en la que hubo un menor seguimiento de la huelga. Lo que nos lleva a pensar que acaso la razón de más peso para explicar por qué precisamente los trabajadores más vulnerables son los que menos secundan el paro tenga mucho que ver con la coacción empresarial y el caciquismo aun existente en estas ultraperiféricas islas. Y es que, por más que tan respetable sea el derecho a acudir al trabajo como a ejercer la huelga, lo cierto es que todos sabemos lo que hace el Gobierno para garantizar el derecho a ir a trabajar de los que no secundan el paro, pero seguimos sin saber qué hace para proteger a los que quieren ir a la huelga y no pueden por miedo a los piquetes empresariales, que también existen.

Paranoia


La ciencia no nos ha enseñado aún si la locura es o no lo más sublime de la inteligencia
                                                                                                                                                      E. A. Poe.

I
Hace diez años que ingresé en este hospital psiquiátrico, a pesar de que soy una persona totalmente cuerda, a causa del capricho de unos incompetentes. Fui educado en la creencia de que la justicia siempre prevalece y que, salvo excepcionales casos de corrupción, los jueces son personas honestas y aun cuando no lo son, el propio sistema jurídico, que es siempre superior a los individuos encargados de administrar la justicia, está dotado de los recursos suficientes para restablecer el orden y colocar a cada quien en el lugar que le corresponda, de tal forma que los ciudadanos honrados estaremos siempre al amparo de la justicia. A pesar de la educación recibida, he de decirles que desde hace bastante tiempo he perdido la confianza en la protección que el sistema de derecho brinda al ciudadano, sobre todo a raíz del vejatorio trato recibido por mi persona. Por si fuera poco, esta situación se ha prolongado durante diez años, y lo que es peor aún, no tiene visos de ser solventada. Así, pues, dadas las circunstancias, el único consuelo que me queda es contar mi historia a todos aquellos que quisieran escucharla, ya que los médicos de este centro no parecen mostrar el menor interés, razón por la cual he decidido escribirla para que puedan juzgar ustedes, queridísimos lectores, si soy o no merecedor de este enclaustramiento. Si no lo he hecho antes es porque durante todo este tiempo no se me ha permitido escribir.
            Mi nombre es Jaime del Bosch y soy escritor. Nací hace treinta y dos años en el seno de una familia acomodada. Inicié mi educación en el mejor colegio de la ciudad y posteriormente mis padres me enviaron a Londres a un internado donde cursé los estudios de bachillerato. Siguiendo la tradición familiar, comencé a estudiar Derecho y concluí brillantemente los dos primeros cursos. Pero aquello no era para mí, así que abandoné la carrera para dedicarme a lo que realmente me gustaba hacer. Sí, desde niño me ha fascinado el arte de inventar y contar historias y quizás por ello me gané cierta fama de chico muy imaginativo, demasiado exagerado o incluso de incorregible mentiroso.
            Aquella decisión mía no fue bien recibida en el seno familiar. Mi padre se llevó un serio disgusto y trató de convencerme por todos los medios, cuando no de coaccionarme, de que siguiera con mis estudios y me dejara de pamplinas. Mas mi decisión era firme y estaba convencido de que triunfaría como escritor. Esta situación desembocó en una especie de guerra fría en el interior de mi casa entre mi padre y yo; nos evitábamos mutuamente y no nos dirigíamos la palabra más que lo estrictamente necesario. Para ser franco, debo decirles que en realidad este ambiente tenso no afectaba para nada al resto de la familia, ya que mis hermanos, todos menores que yo, estaban en una edad en la que sus preocupaciones giraban en torno a otro tipo de cuestiones. Tan sólo mi madre estaba realmente preocupada. Ella fue la que desde un principio, quién si no, me brindó todo su apoyo y actuó como intermediaria entre mi padre y yo.
            Durante algunos meses asistí a cursos sobre creación literaria y al cabo de un año comencé a escribir mi primera novela, la cual había ido yo esbozando al tiempo que acudía a los cursos mencionados. A lo largo de seis meses trabajé sin parar en esa novela. Para ese entonces mi padre cobró conciencia de que lo mío no era un capricho y nuestras relaciones volvieron a ser cordiales. Mi madre, por su parte, se dedicó con esmero a colaborar conmigo en todo lo que estuviese dentro de sus posibilidades. Trabajamos muy duro durante aquellos seis meses, pero al fin, la novela quedó terminada. A pesar de la indudable calidad de la obra, debo reconocer que si conseguí que el director de una importante editorial la leyera, fue gracias a las influencias de mi familia. Pero lo cierto es que se quedó entusiasmado y después de realizar las debidas correcciones, mi primera novela salió a la luz. La baraja incompleta, como muchos de ustedes recordarán, fue un rotundo éxito. A ella le siguió una serie de novelas de estilo similar, o sea, de misterio, con las que conseguí consolidarme, por qué no decirlo, como el más destacado escritor nacional del género. Nunca olvidaré aquellos años en los que el éxito me tendió la mano. Acudía continuamente a fiestas en las que me codeaba con los mejores escritores del momento, asistía a tertulias en las que artistas e intelectuales comentaban sus últimos proyectos; en suma, fueron los mejores años de mi vida, a pesar de la infinidad de horas que le dedicaba al trabajo.
            Todo iba de maravilla hasta que comencé a escribir un nuevo relato en el que, sin apartarme del género de suspense que había caracterizado mis anteriores obras, quise incluir algunas dosis de realismo social y de crítica, al tiempo que pretendía darle cierta proyección filosófica. Fermín: Historia de un muchacho de barrio iba a titularse este relato, y digo iba porque nunca logré terminarlo.

II

Fermín era un chico de dieciséis años que se había criado en uno de tantos barrios periféricos de la ciudad. Su madre era limpiadora y no tenía padre, al menos el nunca lo conoció. Era un muchacho delgado, de piel morena y cabello rizado a la altura de las orejas; sus ojos castaños denotaban cierta agilidad mental igual que su rápido andar, pero aquella mirada también expresaba una profunda tristeza.
Fermín había abandonado la escuela a los once años y desde entonces se pasaba el día correteando por las calles del barrio. Ahora, como tantos otros chicos de su edad, fumaba heroína. Por ello bajaba todos los días al centro de la ciudad para apostarse en una de aquellas calles atestadas de tráfico, su calle, e indicarle a los conductores dónde podían estacionar sus vehículos al tiempo que se les ofrecía para limpiarles los cristales o lavarles sus respectivos automóviles. Allí pasaba toda la jornada para al atardecer regresar a su barrio y “fumarse” todo el dinero conseguido, y de esta manera se le iba yendo la vida.
            Una noche que volvía del centro después de haberse pasado todo el día trabajando, porque aquello en realidad era un trabajo, se tropezó con dos tipos del barrio que pretendían robarle su dinero. Fermín no se amedrentó, sacó la navaja que llevaba siempre consigo y se la enterró en el vientre al primero de los asaltantes; el otro, al ver a su compañero muerto en el suelo, salió huyendo.
            - Lo siento mucho Jaime pero me niego a matar a nadie.
            - ¿Cómo dices?
            - Digo que yo nunca llevo navaja, que aunque viva en un barrio periférico yo no consumo heroína, tengo veintitrés años no dieciséis y estudio en la universidad, porque aunque mi madre sea limpiadora he obtenido una beca que me cubre los gastos, y no estoy dispuesto a matar a nadie y arruinar mi vida después de lo que me ha costado llegar a tener esta oportunidad, sólo para que tú vendas una estúpida novela.
            - Tú eres mi creación y harás lo que yo diga. No puedes rebelarte porque careces de voluntad, ni siquiera existes, eres sólo un producto de mi imaginación.
-          Es posible que yo no exista pero, ¿qué te hace pensar que tú sí existes?

      III


No podía creérmelo. Mi propio personaje ya no era como yo lo había creado, se enfrentaba conmigo y encima me insinuaba que tal vez yo no fuera más real de lo que lo era él. Interrumpí mi relato y decidí tomarme un par de días libres para reflexionar. Pensé que tal vez debería darle otro enfoque a la novela. Al cabo de una semana, más calmado, retomé el manuscrito y lo releí con la esperanza de que las últimas frases se refirieran a la pelea entre Fermín y los dos atracadores, pero no, aquel estúpido diálogo entre mi personaje y yo estaba aún allí. Seguramente pensarán que si tanto me angustiaba aquel diálogo lo más fácil hubiera sido suprimirlo sin más, pero aunque parezca increíble, había algo superior a mí, algo que no podría describir, pues ni siquiera yo sabía exactamente qué era, que me lo impedía. Por si no bastara con eso, esa especie de fuerza ajena a mí me empujaba a seguir escribiendo.

IV

 

            - Noto que esta semana de vacaciones no ha servido para calmar tu ansiedad.- dijo Fermín.

            - ¿Y tú cómo sabes eso?

           - Igual que tú lo sabes todo sobre mí yo lo sé todo sobre ti. De hecho he estado hablando con Pedro y me ha contado la sarta de mentiras que has ido diciendo por ahí.
            - ¿Se puede saber quién es ese Pedro?
            - Pedro es precisamente quien tú sospechas. Se puede decir que su relación contigo es más o menos la misma que tú creías tener conmigo. A él le debo el haber podido cambiar la mezquina vida que tú me tenías reservada. Ahora, si me lo permites, voy a narrarles a aquellos que tú llamas tus queridísimos lectores, la realidad de tu mísera existencia.
            Jaime del Bosch nació, ciertamente, en el seno de una familia acomodada. Su padre, Miguel del Bosch, es un importante hombre de negocios mientras que su pobre madre murió en el momento de dar a luz a Jaime. Se llamaba Claudia Borjas y era escritora. El ser huérfano de madre y el hecho de que su padre tuviera que pasar la mayor parte del tiempo fuera de su casa por razones profesionales fueron las razones por las que Jaime estudió en un internado. Nunca tuvo hermanos, pues él era el primogénito y su padre no volvió a casarse.
            Al terminar los estudios de bachillerato ingresó en la Facultad de Derecho, pero no para seguir ninguna tradición familiar, ya que como acabo de contarles, su padre no era abogado sino un hombre de negocios.
            Cuando llevaba cursados los dos primeros años de la carrera sufrió su primera crisis nerviosa, por lo que hubo de estar apartado de los estudios durante un año. Poco después de reincorporarse, aparentemente recuperado, comenzó a alardear delante de sus compañeros de ser escritor y de codearse con los más importantes artistas e intelectuales del país. Fue este hecho lo que motivó que su padre lo instara a que siguiera visitando al psiquiatra que lo había tratado anteriormente y por lo que, finalmente, hubo de ingresar en el hospital psiquiátrico después de casi haber matado a su padre de una paliza, acusándolo de querer acabar con su carrera como escritor.

V


Aquel relato mío no logré terminarlo debido a que fui víctima de una crisis existencial. Debido a esta depresión comencé a visitar al doctor Cifuentes, un prestigioso psiquiatra amigo de la familia. Lo visitaba una vez por semana y en las primeras sesiones nos dedicamos a repasar la historia de mi vida, que por lo demás ya él conocía.
            Tras estas primeras consultas comenzamos a abordar más directamente mi problema. Le comenté que había sido el intentar escribir el relato de Fermín lo que me había conducido a caer en el abismo de la depresión.
            - ¿Por qué piensas que ese relato ha sido el detonante de la crisis?.- me preguntó el doctor Cifuentes al escuchar mi comentario.
            - Verá usted, doctor. En ese relato quise yo plasmar la inseguridad del ser humano ante su propia existencia, reflejar la angustia existencial que todo sujeto sufre alguna vez. Por ello planteé la posibilidad, mientras dialogaba con Fermín, de que yo mismo no fuera más real de lo que lo era él, la posibilidad de que mi ser no existiera sino como producto de la imaginación de otro ser superior a mí.
            - ¿Y bien?
            - Hubo un momento en que llegué a estar convencido de que yo no era yo, sino el personaje de una novela y que el cambio producido en mi personaje no era obra de mi voluntad como escritor, sino que respondía a la voluntad de ese otro ser superior a quien yo debía mi efímera existencia. Es por eso que solicité su ayuda, para recobrar la confianza en mí mismo, en que yo existo.
            Al principio todo iba bien con el doctor; juntos conseguimos que yo me volviera a autoafirmar como persona, pero luego todo cambió. Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, el doctor Cifuentes y mi padre se empeñaron en hacerme creer que yo no era escritor, que La baraja incompleta nunca había existido, ni ninguna de las demás novelas con las que, como ya expuse más arriba, logré consagrarme como el mejor escritor nacional de novelas de misterio.
            No lograba entender por qué el doctor Cifuentes, después de ayudarme a superar mi crisis, tomó la determinación de que, si bien era cierto que mis dudas acerca de la posibilidad de no ser más que el fruto de la imaginación de una conciencia externa habían desaparecido completamente, aún no había quedado del todo resuelto mi problema de identidad.
            Empezaron a decirme que la historia de mi vida no era la que yo creía recordar, sino precisamente la que yo había hecho contar a Fermín en aquel maldito relato, que según ellos tampoco existía.
            Primeramente me sentí confuso, pero luego fui vislumbrando lo que en realidad estaba ocurriendo. A mi padre nunca le hizo gracia que yo me hiciera escritor. Recordarán ustedes que cuando decidí dedicarme a escribir mantuvimos un fuerte enfrentamiento y que fue mi madre, la que ahora ellos se empeñaban en afirmar que murió en el momento de nacer yo, la única de mi familia que me apoyó.
            Al alcanzar la fama él aparentó reconciliarse conmigo y yo le creí. Ése fue mi error. En el fondo de su ser sentía unos celos insoportables de mí debido a mi triunfo. No soportaba que con mi éxito lo hubiese relegado a un segundo plano en el interior de mi familia, y el muy astuto aguardó pacientemente su oportunidad. Cuando sufrí la crisis sobornó al doctor Cifuentes para que trastornara mi personalidad.
            Al comprender lo que había sucedido me enfurecí tanto que fui directamente al despacho de mi padre para exigirle explicaciones. El muy hipócrita no sólo lo negaba todo sino que mantenía una actitud hacia mí como la del que siente lástima al escuchar las incongruencias de un demente. Eso me enfureció aún más y comencé a golpearle hasta dejarlo inconsciente. En ese momento salí corriendo hacia casa en busca de mi madre, pero no la encontré. A las pocas horas vinieron a detenerme y por orden judicial ingresé en el hospital psiquiátrico, gracias a la eficiente labor del doctor Cifuentes.
            Ahora ya conocen ustedes mi historia y por qué me encuentro encerrado tan injustamente. Durante estos diez años no he recibido ni una sola visita, amén de las del fariseo de mi padre, a quien, como ustedes comprenderán, no he consentido en ver. No entiendo cómo es que mi madre no ha venido nunca a verme; supongo que no sería capaz de soportar verme aquí encerrado. La echo muchísimo de menos y, sin embargo, hace tanto tiempo que no la veo, que ni tan siquiera logro recordar su rostro[1].



[1] Publicado por primera vez en la revista Disenso, nº 36, La Laguna, Sociedad de Estudios Canarias Crítica, 2002. 

sábado, 24 de marzo de 2012

Vampiros


“La boca (...) tenía una expresión cruel y los dientes, relucientes de blancura, eran extraordinariamente puntiagudos, avanzando de manera muy prominente sobre los labios (...) color rojo escarlata”
                                                                                                                                                      B. Stoker.

La historia que voy a contarles sucedió una cálida noche en el verano de mil novecientos ochenta y siete. En aquellos años yo era joven y no tenía un trabajo estable, así que dedicaba mi tiempo a elaborar ensayos que casi nunca terminaba, o que, cuando lo hacía, nadie se interesaba en publicar. Pero lo que realmente me gustaba hacer por aquel entonces era salir por las noches con un par de amigos a tomar algunas copas y a discutir, ¡cómo me gustaba discutir! Encontraba yo un placer especial en la discusión, un placer que no sabría describir. Para muchas personas el valor del diálogo se encuentra en las conclusiones comunes, en el consenso al que se puede llegar entre los participantes; en cambio, para mí, la discusión, el debate, alcanzaba un gran valor en sí mismo. De la misma manera que el maestro de ajedrez se deleita mientras va arrinconando a su contrincante hasta conseguir darle el jaque mate, me regocijaba yo argumentando discursivamente contra las tesis de mis contertulios. Aquello, ya les digo, era algo que me fascinaba de tal forma, que el tema sobre el que se discutiera generalmente carecía de importancia para mí; es más, llegaba al culmen del disfrute cuando argüía con éxito en favor de posiciones contrarias a mis propias convicciones. 
Fue así que una noche me encontré envuelto en una discusión en torno a la existencia del alma, y, figúrense ustedes, yo, que soy un materialista convencido, me lancé a defender con todo el énfasis que pude, que no sólo el ser humano está dotado de alma, sino que, ésta, una vez que ha abandonado el cuerpo, puede regresar a nuestro mundo para el tormento de algunos y el goce de otros. En la euforia de mi imaginativa argumentación, llegué a distinguir entre espíritus bondadosos y espíritus malignos, y aseguré que dentro de estos últimos, los más mezquinos de todos son aquellos que toman la forma de vampiros, los cuales se aparecen a sus enemigos terrenales para atormentarlos y condenar sus almas eternamente.
            Posteriormente la conversación siguió por otros derroteros y al cabo de un rato decidí que había llegado el momento de retirarme. Como había tomado algunas copas, pensé que lo mejor sería ir dando un paseo hasta mi casa, y así lo hice. En el trayecto que va desde el café de Augusto hasta mi casa no me crucé con nadie, a excepción de un borracho que dormía en un portal y un travestí al que aún le quedaban varias horas para terminar su jornada.
            Cuando llegué a mi apartamento lo primero que hice fue abrir algunas ventanas para que corriera el aire, porque aunque me encontraba ya totalmente despejado, hacía un calor insoportable. Una vez me hube metido en la cama llevé a la memoria la discusión que había mantenido en el café, y ensimismado en estos pensamientos me quedé dormido.
            Me desperté de madrugada, sobresaltado y empapado en sudor. Al principio atribuí este hecho al calor que hacía aquella noche, pero luego fui tomando conciencia de lo que estaba ocurriendo: estaban allí, en mi habitación, podía sentir su malévola presencia. Traté de ignorarlos con la frívola idea de que si no los tomaba en cuenta podría volver a conciliar el sueño. Fue inútil. Aunque en la oscuridad nocturna todavía no podía verlos, oía el ruido infernal que producían sus alas mientras revoloteaban en derredor mío, notaba con las yemas de mis dedos las marcas que sus mordeduras habían dejado en todo mi cuerpo. Encendí la luz y pude observarlos. Estaban posados en el techo, mirándome, hinchados a costa de mi sangre, eran realmente espantosos. Me abalancé sobre ellos embravecido por la furia, pero tenía la certeza de que aquella era una batalla perdida. Estaba desesperado, sabía que si lograba resistir hasta el amanecer ellos se marcharían y yo podría descansar, pero aún faltaban por lo menos cuatro horas para que saliera el Sol. Entonces recordé que en uno de los armarios de la cocina, junto a los productos de limpieza, guardaba un arma infalible con la que ellos no contaban. Fui corriendo a por ella; cerré la ventana y la puerta de mi habitación y la rocié con el insecticida que acababa de traer. Los malditos vampiros no volverían a perturbar mi sueño aquella noche[1].



[1] Este relato fue publicado por primera vez en la revista Anarda, nº 31, Las Palmas de Gran Canaria, Canarias Siglo XXI, 2002.

martes, 17 de enero de 2012

Más allá del Estado de bienestar



Q
uienes militan a favor de la causa del pensamiento liberal conservador, o sencillamente neoconservador, han encontrado en la crisis el mejor argumento para atacar al Estado de bienestar, pues ahora más que nunca éste se muestra inviable, dicen, por no ser económicamente sostenible. Esta corriente del liberalismo se halla representada políticamente en España en las filas del Partido Popular, donde, como se sabe, también tienen cabida otros conservadores que nada tienen de liberales. Pese a todo, y aunque la derecha nunca vio con buenos ojos la concepción social del Estado, esas son cosas de socialdemócratas cuando no de comunistas disfrazados, lo cierto es que siquiera sea por motivos electoralistas, es lo que tiene la democracia, la reivindicación del Estado de bienestar está incrustada en el discurso de prácticamente todas los partidos políticos, incluido el PP, instalado en el Gobierno desde el pasado mes de diciembre.
            El tan celebrado y defendido teóricamente como denostado en la práctica Estado de bienestar surgió en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, fruto del pacto llevado a cabo entre liberales y socialdemócratas: mientras los primeros renunciaron al Estado mínimo y reconocieron que el Estado debe garantizar no sólo los derechos civiles y políticos sino también los económicos, sociales y culturales, los segundos renunciaron al marxismo y con ello a llevar a cabo la gran transformación y la construcción de la utopía socialista. El resultado fue la proliferación de una gran clase media que durante años ha servido de colchón amortiguador de los conflictos sociales y por ende de garante de la paz social, así como la consolidación del Estado social y democrático de derecho, el cual constituye la forma más desarrollada de la democracia representativa. Pero a raíz del desmoronamiento del socialismo real, el pacto se ha ido deteriorando progresivamente hasta llegar a nuestros días en los que parece definitivamente roto, a la luz de los ataques del capital, los mercados se dice ahora, a un ya de por sí maltrecho Estado de bienestar que para muchos empieza ya a ser simplemente un Estado de estar, cuando no de malestar.
            Ahora que el Estado de bienestar agoniza, quizás sea el momento de plantearnos si éste representa el modelo de sociedad que queremos. Pues no debemos olvidar que ni tan siquiera en los años de su máximo esplendor, el Estado de bienestar arremetió nunca contra las grandes desigualdades sociales, pues entre sus objetivos no se contaba el de erradicar las diferencias extremas en lo que a la distribución de la riqueza se refiere, sino sólo garantizar el acceso a todos los ciudadanos a una mínimas condiciones materiales de vida y a unos servicios sociales básicos. Así las cosas, se me antoja que si no queremos renunciar a la búsqueda de la justicia, debiéramos reivindicar un tipo de sociedad que vaya más allá del Estado de bienestar, que apunte a la distribución igualitaria de la riqueza y del poder y que, en suma, se oriente hacia la realización del comunismo libertario.